—Sí.
La palabra apenas salió de mi boca.
[Sistema 0719.]
[Protocolo definitivo de regreso activado.]
[Tiempo restante: 6 días, 23 horas, 59 minutos.]
Derek soltó una carcajada.
—¿Sí qué?
No respondí.
Miré el teléfono sobre la mesa.
Seguía grabando.
Mason avanzó otro paso.
—Vanessa dijo que necesitabas aprender quién manda en esta familia.
Antes, aquella amenaza me habría asustado.
Ahora solo pensaba en una cosa.
Siete días.
Siete días y jamás volvería a verlos.
Tomé una lámpara de la mesa y la lancé contra la puerta.
El estruendo resonó por toda la planta.
—¡Auxilio!
Derek palideció.
—¡Cállate!
Golpeé otra vez la puerta con lo primero que encontré.
Pasos comenzaron a escucharse en el pasillo.
Mason retrocedió.
Cuando alguien intentó abrir desde fuera, los dos comprendieron que su pequeña “lección” había terminado.
Derek abrió.
Mi madre estaba frente a la puerta.
Detrás de ella venían dos empleados.
—¿Qué ocurre?
Derek respondió inmediatamente:
—Elena perdió el control.
—Intentábamos tranquilizarla.
Miré a mi madre.
—Cerraron la puerta con llave.
Ella frunció el ceño.
—Derek, ¿es verdad?
—Tía, Vanessa estaba preocupada por ella.
Entonces apareció Vanessa.
Lucas venía detrás.
Mi esposo.
Al verlo sentí algo extraño.
Nada.
Ni dolor.
Ni esperanza.
Solo una cuenta regresiva invisible.
6 días, 23 horas, 51 minutos.
Vanessa corrió hacia mí.
—Elena, yo solo les pedí que hablaran contigo.
—No sabía que harían algo así.
Derek la miró sorprendido.
—Pero tú dijiste…
—¡Cállate! —lo interrumpió.
Sonreí.
Perfecto.
Todo había quedado grabado.
Lucas se acercó.
—¿Qué espectáculo estás montando ahora?
Saqué el teléfono.
—Ninguno.
—Entonces deja de comportarte como Sophie.
El pasillo quedó en silencio.
Lo miré.
—¿Cómo Sophie?
Lucas suspiró.
—Siempre llevando las cosas al extremo para conseguir atención.
Aquella tarde Sophie había muerto porque él consideró que su emergencia era una búsqueda de atención.
Y todavía no lo sabía.
No porque nadie se lo hubiera dicho.
Sino porque nunca se había molestado en comprobarlo.
—Entiendo —respondí.
Pasé junto a él.
Lucas me sujetó de la muñeca.
—¿Adónde vas?
Miré su mano.
—Suéltame.
Quizá fue mi tono.
Quizá mi expresión.
Pero lo hizo.
Esa noche preparé tres cosas.
Mi renuncia.
Los documentos de divorcio.
Y una carpeta con todo aquello que quería dejar resuelto antes de desaparecer.
No necesitaba dinero.
Según el sistema, cuando regresara a mi mundo, esta vida terminaría para mí.
Lo único que quería llevarme era la certeza de que no había dejado ninguna cadena atrás.
A la mañana siguiente fui al hospital.
Lucas era jefe de cirugía.
Cuando entré en su despacho, levantó la vista con irritación.
—Tengo pacientes.
Dejé el acuerdo de divorcio sobre su escritorio.
—Firma cuando tengas tiempo.
Su expresión cambió.
—¿Qué tontería es esta?
—Divorcio.
—¿Por lo de ayer?
—No.
Lo miré directamente.
—Por los últimos diez años.
Lucas hojeó las páginas.
Después soltó una risa.
—¿Y adónde vas a ir?
Casi sonreí.
Mucho más lejos de lo que podía imaginar.
—Eso ya no te corresponde.
Me marché.
Mi siguiente parada fue la oficina de Adrian.
Mi hermano estaba revisando informes.
—Si vienes a continuar con la mentira de Sophie, ahórratelo.
Dejé delante de él una pequeña caja.
Dentro estaba el anillo de bodas de Sophie.
Adrian lo reconoció.
Su rostro cambió.
—¿Por qué tienes esto?
—Me lo entregaron antes de la cremación.
La habitación quedó completamente inmóvil.
—¿Qué cremación?
Lo miré durante varios segundos.
—La de tu esposa.
Adrian se levantó.
—Basta.
Saqué una copia nueva del certificado.
También el informe de la operación.
Esta vez no pudo romper la realidad.
Leyó.
Primero rápido.
Después lentamente.
Su mano comenzó a temblar.
—¿Dónde está Sophie?
—Se fue.
—Quiero verla.
—Llegaste tarde.
—¡Te pregunté dónde está!
—Sus cenizas ya fueron esparcidas.
Adrian dejó caer los documentos.
Su rostro se vació.
—No tenías derecho.
Aquello consiguió que me riera.
—Te llamé antes de la operación.
Silencio.
—Te supliqué que fueras.
Adrian abrió la boca.
No salió nada.
—Elegiste el cumpleaños de Vanessa.
Me acerqué a la puerta.
—Sophie te esperó durante años.
—El día que realmente te necesitó, ni siquiera contestaste una segunda llamada.
Salí.
No miré atrás.
Al tercer día, Lucas recibió el informe médico completo.
Regresó a casa de madrugada.
Me encontró haciendo una maleta pequeña.
—Sophie realmente murió.
—Sí.
—¿Por qué no me obligaste a ir?
Me quedé mirándolo.
Era increíble.
Incluso entonces necesitaba convertir su decisión en responsabilidad mía.
—Te dije que estaba muriendo.
Lucas palideció.
—Pensé que exagerabas.
—Lo sé.
—Elena…
—Tú eras una de las dos personas capaces de realizar aquella operación.
Bajó la cabeza.
—Si hubiera sabido…
—Sabías suficiente.
No respondió.
Al cuarto día, Adrian dejó de ir al trabajo.
Al quinto, Vanessa apareció en mi habitación llorando.
—Todo el mundo me culpa.
—Adrian ni siquiera quiere verme.
—Lucas tampoco contesta mis mensajes.
La observé.
Durante años había querido lo que Sophie y yo teníamos.
Nuestra familia.
Nuestros esposos.
Nuestro lugar.
Ahora lo tenía todo.
Y seguía llorando.
—Elena, diles que yo nunca quise que Sophie muriera.
—Díselo tú.
—No me creen.
—Eso tampoco es problema mío.
Su rostro se deformó.
—¿Por qué estás tan tranquila?
Porque faltaban cuarenta y ocho horas.
Pero no se lo dije.
Solo respondí:
—Porque por fin entendí que ninguno de ustedes vendrá conmigo.
Vanessa no comprendió.
Al sexto día entregué a mi abogado el video de Derek y Mason.
También dejé una copia de todos los documentos necesarios para cerrar legalmente mi vida allí.
Lucas todavía no había firmado el divorcio.
Ya no importaba.
Aquella noche se sentó frente a mí.
—No voy a divorciarme.
—Está bien.
Pareció sorprendido.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Ya no quieres irte?
Sonreí.
—Nunca dije eso.
El último día fui sola al mar.
Al mismo lugar donde había despedido a Sophie.
El viento era fuerte.
Me senté sobre una roca y miré el horizonte.
[Sistema 0719.]
[Tiempo restante: 00:03:00.]
Escuché pasos detrás.
Lucas.
Y más lejos, Adrian.
Habían descubierto dónde estaba.
—¡Elena!
No me volví.
Lucas llegó primero.
—He estado buscándote.
Se arrodilló frente a mí.
—Volvamos a casa.
Casa.
Qué palabra tan extraña.
—No tengo casa aquí.
—Podemos empezar de nuevo.
Negué.
—Sophie tampoco puede empezar de nuevo.
Adrian se detuvo detrás de él.
Tenía los ojos enrojecidos.
—Elena…
—¿Qué quiso decir Sophie antes de morir?
Lo miré.
Por primera vez parecía realmente roto.
—Dijo que regresaba a casa.
Adrian no entendió.
Nunca entendería.
[00:01:00.]
Lucas intentó tomarme la mano.
La retiré.
—Elena, dime qué tengo que hacer.
—Nada.
—Puedo cambiar.
—Hazlo.
Lo miré con calma.
—Pero hazlo para la próxima persona que confíe en ti.
[00:00:30.]
Cerré los ojos.
Pensé en Sophie.
En nuestras conversaciones nocturnas.
En todas las veces que habíamos bromeado con regresar.
“Si volvemos, tú pagas la primera cena.”
“Ni hablar. Tú ganas más.”
“Entonces me haré multimillonaria.”
Sonreí.
[00:00:10.]
Lucas pronunció mi nombre.
Adrian también.
Por primera vez no respondí a ninguno.
[Regreso iniciado.]
El ruido del mar desapareció.
Abrí los ojos.
Había un techo blanco sobre mí.
Una habitación que no veía desde hacía diez años.
Y alguien estaba golpeando desesperadamente la puerta.
—¡Elena! ¡Levántate!
Reconocí aquella voz.
Abrí.
Sophie estaba allí.
Viva.
Llorando.
Riéndose.
Me abrazó con tanta fuerza que casi perdimos el equilibrio.
—¡Idiota! —gritó—. ¡Te dije que volvieras rápido!
Yo también empecé a reír.
—¿Y mis diez mil millones?
Sophie se apartó, ofendida.
Sacó el teléfono.
Me mostró una cuenta con tantos ceros que tuve que contar dos veces.
—Te prometí que esta vez yo te mantendría.
La abracé otra vez.
Diez años atrás habíamos abandonado nuestro mundo por amor.
Diez años después regresamos sin los hombres por quienes habíamos decidido quedarnos.
Y mientras Sophie hablaba emocionada sobre casas, viajes y todo lo que pensaba comprar, miré por la ventana.
El sol acababa de salir.
No sabía qué había ocurrido con Lucas después de mi desaparición.
Ni cuánto tiempo Adrian esperaría a una esposa que jamás regresaría.

Y ya no quería saberlo.
Ellos habían elegido a Vanessa cuando todavía podían elegirnos.
Sophie y yo simplemente hicimos lo mismo al final.
Nos elegimos a nosotras.
Y esta vez, cuando regresamos a casa, ninguna volvió a mirar atrás.