PARTE 2: LA NIÑA QUE ÉL ESCONDIÓ

El apellido en la pantalla era Salgado.

Carolina Salgado.

Mi antigua compañera de trabajo.

Y la mujer con la que Andrés juró durante años que “nunca había pasado nada”.

Debajo aparecía:

Valentina Salgado.

Ocho años.

Mariana miró a Andrés.

—¿Quién es esta niña?

—No es lo que parece.

Solté una risa involuntaria.

Cuatro años después, Andrés seguía utilizando exactamente la misma frase.

El abogado abrió el portafolio.

—Mañana usted y Mariana iban a firmar un acuerdo para adquirir conjuntamente una propiedad antes de la boda.

Sacó varios documentos.

—Pero esta mañana recibimos información de que usted podría tener obligaciones económicas que no declaró.

Andrés me miró.

—¿Tú hiciste esto?

—Ni siquiera sabía que estabas comprometido hasta hace diez minutos.

Mariana volvió a mostrarle la fotografía.

—Contesta.

Andrés respiró profundamente.

—Valentina es hija de Carolina.

—Eso ya lo sé.

—¿Y qué tiene que ver contigo?

Silencio.

Entonces comprendí algo.

Ocho años.

Andrés y yo habíamos estado juntos seis.

Hice las cuentas.

La niña había nacido mientras nosotros éramos pareja.

—Andrés…

Él evitó mis ojos.

Y esa reacción respondió antes que cualquier palabra.

Mariana retrocedió.

—Es tu hija.

—Mariana, déjame explicarlo.

Ella se arrancó el anillo de prueba que todavía llevaba en la mano y lo dejó sobre el mostrador.

—¿Llevamos tres años juntos y nunca me dijiste que tienes una hija?

—Carolina y yo llegamos a un acuerdo.

—¿Qué acuerdo?

El abogado respondió por él.

—Uno bastante caro.

Sacó un documento.

Pagos mensuales.

Colegiatura.

Seguro médico.

Transferencias extraordinarias.

Y algo más.

Una deuda importante relacionada con una propiedad registrada a nombre de Carolina.

Mariana leyó la primera página.

—¿Tú estás pagando esta casa?

—Es para Valentina.

—¿Con qué dinero?

Andrés guardó silencio.

La expresión del abogado se endureció.

—Esa es precisamente la razón por la que estoy aquí.

Mariana lo miró.

—¿Qué descubrió?

—Parte del dinero que usted entregó para reservar la hacienda de la boda no fue utilizado para la hacienda.

Andrés palideció.

—Eso es mentira.

—Entonces será fácil demostrarlo.

El abogado colocó sobre el mostrador varias transferencias.

Mariana tomó la primera.

Después la segunda.

En la tercera dejó de respirar.

—Ciento ochenta mil pesos.

Levantó los ojos.

—Yo te transferí esto para apartar proveedores.

—Hubo gastos inesperados.

—¿De Carolina?

No respondió.

Mariana entendió.

La llamada de la joyería no era del trabajo.

Era Carolina.

—¿Qué tienes que “resolver después de la boda”? —preguntó.

Andrés apretó la mandíbula.

—Nada que te afecte.

—¡Voy a casarme contigo! ¡Todo esto me afecta!

Varias personas dentro de la joyería ya estaban mirando.

Andrés bajó la voz.

—Podemos hablar afuera.

—No.

Mariana señaló al abogado.

—Quiero saberlo ahora.

El hombre abrió el último documento.

—Según la información que recibimos, Carolina está exigiendo que Andrés formalice ciertos compromisos económicos pendientes antes de contraer matrimonio.

Mariana soltó lentamente el aire.

—Por eso querías firmar mañana la compra de la casa conmigo.

Andrés no respondió.

—Querías asegurar mi dinero antes de que yo descubriera esto.

—¡No!

Pero Mariana ya había terminado.

Se quitó definitivamente el anillo.

Lo puso en la palma de Andrés.

—Se acabó.

Él se quedó inmóvil.

—Mariana.

—No me importa que tengas una hija.

Su voz temblaba.

—Me importa que la hayas escondido.

—Que hayas mentido sobre tus deudas.

—Y que usaras dinero de nuestra boda sin decírmelo.

Andrés intentó sujetarla.

Ella apartó la mano.

—No vuelvas a tocarme.

Después se marchó con su abogado.

Yo recogí mi reloj.

No quería quedarme ni un minuto más.

Pero Andrés bloqueó mi camino.

—Estás disfrutando esto, ¿verdad?

Lo miré.

—No.

Y era verdad.

No sentía satisfacción.

Solo una especie de alivio atrasado.

—Durante años pensé que yo había sido el problema.

Su rostro cambió.

—Fernanda…

—Me dijiste que eras incapaz de comprometerte porque yo presionaba demasiado.

—Que pedir claridad era controlarte.

—Que querer construir una familia contigo era intentar encerrarte.

Señalé el anillo abandonado.

—Ahora sé que nunca tuviste miedo al compromiso.

—Tenías miedo a que alguien mirara demasiado de cerca tu vida.

Salí de la joyería.

Pensé que aquella sería la última vez que sabría algo de Andrés.

Me equivoqué.

Tres días después recibí una llamada.

Era Mariana.

—Fernanda, perdona que te contacte.

—¿Qué ocurre?

Guardó silencio unos segundos.

—Encontré tu nombre en documentos antiguos de Andrés.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi nombre?

—Sí.

—Hay un contrato de hace cinco años.

—Y aparece tu firma.

Me quedé completamente quieta.

—Yo nunca firmé ningún contrato con Andrés.

Mariana respiró hondo.

—Entonces tenemos un problema.

Porque aquel documento afirmaba que yo había aceptado como aval una deuda de más de dos millones de pesos.

Una deuda que nunca había visto.

Una firma que nunca había puesto.

Y de repente entendí que la niña secreta no era lo único que Andrés llevaba años escondiendo.

Nuestro pasado todavía tenía cuentas abiertas.

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