A la mañana siguiente entregué mi renuncia.
No se lo conté a Adrian.
Tampoco a Clara.
Durante los siguientes siete días solo debía terminar mis pendientes, preparar mi tratamiento y desaparecer de sus vidas.
Pero Adrian pareció notar algo.
El tercer día me encontró vaciando mi casillero.
—¿Qué estás haciendo?
—Ordenando mis cosas.
Su mirada cayó sobre una caja llena de libros.
—¿Por qué?
Cerré la puerta del casillero.
—Porque ya no los necesito aquí.
Adrian frunció el ceño.
—Miriam, deja de comportarte como si cambiar de grupo fuera el fin del mundo.
Sonreí.
Incluso ahora creía que todo giraba alrededor de él.
—Tranquilo. Pronto dejaré de molestarte.
Intenté pasar.
Él me agarró de la muñeca.
—¿Qué significa eso?
Antes de que pudiera responder, Clara apareció corriendo.
—¡Adrian!
Tenía los ojos rojos.
—El profesor encontró un error en mi informe quirúrgico.
Adrian me soltó inmediatamente.
Exactamente igual que en mi vida anterior.
Lo observé alejarse con ella.
Y esta vez no dolió.
El sexto día ingresé secretamente para comenzar el tratamiento.
Mi nuevo hospital había enviado un especialista para recogerme personalmente.
El doctor Julian Mercer revisó mis análisis y su expresión se endureció.
—Si hubieras esperado unos meses más, quizá no habría podido prometerte nada.
—Entonces tuve suerte.
Julian negó con la cabeza.
—No fue suerte. Elegiste vivir.
Aquellas palabras me hicieron llorar por primera vez desde que regresé.
A la mañana siguiente dejé mi apartamento.
Una maleta.
Una caja.
Quince años de recuerdos que todavía no habían sucedido.
Cuando llegué a la estación, mi teléfono empezó a sonar.
Adrian.
Lo rechacé.
Volvió a llamar.
Después llegó un mensaje.
“¿Dónde estás?”
Luego otro.
“El profesor dice que renunciaste.”
Y finalmente:
“Miriam, contesta.”
Apagué el teléfono.
Julian tomó mi maleta y señaló el tren.
—Es hora.
Di un paso.
Entonces escuché mi nombre detrás de mí.
—¡Miriam!
Me giré.
Adrian corría entre la multitud.
Nunca lo había visto correr hacia mí de aquella manera.
Se detuvo jadeando.
—¿Te vas sin decirme nada?
—Sí.
—¿Por qué?
Lo miré durante varios segundos.
—Porque esta vez quiero vivir.
Su rostro cambió.
—¿Esta vez?
Antes de que pudiera corregirme, alguien chocó contra mi bolso.
Mis documentos médicos cayeron al suelo.
Adrian se inclinó antes que yo.
Recogió una hoja.
Vi cómo desaparecía el color de su rostro al leer el diagnóstico.
—¿Estás enferma?
Intenté arrebatársela.
Él no la soltó.
—¿Desde cuándo lo sabes?
El tren anunció la última llamada.
Julian se acercó.
—Miriam, tenemos que irnos.
Adrian levantó la mirada hacia él.
—¿Quién eres?
Julian tomó mi maleta.
—El médico que va a mantenerla con vida.
Entonces Adrian miró nuevamente mis resultados.
Y sus manos comenzaron a temblar.
Porque al final de la página había una anotación que yo todavía no había visto.
Una observación genética.
Mi enfermedad no había comenzado ahora.
Según aquel informe, llevaba años desarrollándose.
Y Adrian Hale figuraba como la única persona que había solicitado esos mismos análisis sobre mí… seis meses antes.
