Adrian no respondió.
Leo fue el primero en romper el silencio.
—¿Este es tu exmarido?
Su tono cambió de inmediato.
Sebastian cerró lentamente la puerta de la habitación.
Kai cruzó los brazos.
—Así que tú eres el famoso doctor.
Adrian ignoró la provocación.
Sus ojos seguían clavados en mí.
—Elena, te pregunté desde cuándo los conoces.
—Y yo no tengo obligación de responderte.
Sebastian dejó una carpeta sobre mi mesa.
—Elena necesita descansar. Si quiere discutir su tratamiento, hágalo conmigo.
Adrian lo miró con frialdad.
—La información médica solo puede darse a familiares autorizados.
—Perfecto.
Sebastian sacó un documento.
—Estoy autorizado.
Adrian tomó la hoja.
Entonces se quedó inmóvil.
Vi cómo sus ojos recorrían una línea dos veces.
—¿Hermano? —murmuró.
Leo soltó una carcajada.
—Finalmente lo entiende.
Adrian levantó la cabeza.
—¿Los tres son tus hermanos?
—No exactamente —respondí.
La puerta volvió a abrirse.
Esta vez entró el director del hospital acompañado por dos administradores.
Su expresión era demasiado seria para una simple visita.
—Señorita Hayes.
Me estrechó la mano respetuosamente.
—Lamentamos profundamente lo ocurrido durante su ingreso.
Adrian frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Sebastian se volvió hacia él.
—Durante tres años creíste que Elena desapareció porque no tenía nada después del divorcio.
Señaló la carpeta.
—La realidad es que regresó con nosotros.
Mi padre había muerto cuando yo tenía seis años.
Mi madre volvió a casarse y perdimos contacto con la familia paterna.
Décadas después, una prueba genética y una investigación privada revelaron algo que jamás había imaginado.
Leo, Sebastian y Kai eran hijos de los tres hermanos de mi padre.
Mis primos.
Y después del divorcio, habían sido ellos quienes me ayudaron a reconstruir mi vida.
Adrian bajó lentamente el expediente.
Por primera vez, su arrogancia había desaparecido.
—Nunca me lo dijiste.
—Nunca preguntaste.
Entonces apareció una mujer en la puerta.
Tacones altos.
Abrigo blanco.
Sophia Lane.
Su sonrisa desapareció cuando vio a los tres hombres alrededor de mi cama.
—Adrian, ¿qué ocurre?
Nadie respondió.
Sophia miró a Sebastian.
Y palideció.
Sebastian también la reconoció.
—Qué interesante.
Sacó su teléfono.
—Elena, hay algo que nunca te contamos porque queríamos comprobarlo primero.
Mi pecho se tensó.
—¿Qué cosa?
Sebastian abrió una fotografía y me entregó el teléfono.
Era Adrian.
Era Sophia.
Y la fecha que aparecía debajo de la imagen era de cuatro años atrás.
Un año antes de nuestro divorcio.
Pero fue el tercer rostro de aquella fotografía el que hizo que se me helara la sangre.
Era mi padre.
El hombre que oficialmente llevaba veintisiete años muerto.
