PARTE 2: Seis Horas Después

Mateo tardó exactamente seis horas en comprender lo que significaba mi nota.

A las ocho de la mañana intentó pagar el café de camino al trabajo.

La tarjeta fue rechazada.

Pensó que era un error.

Probó otra vez.

El datáfono volvió a mostrar la misma respuesta.

Llamó al banco.

—Señor Zhao, esa tarjeta era una extensión de la cuenta de la señora Clara Lin. Fue cancelada esta madrugada.

Colgó molesto.

Creyó que yo estaba haciendo una rabieta.

A las nueve y media recibió otra llamada.

Era la farmacia.

—Lo sentimos, señor. El pago automático de los medicamentos de la señora Rosa fue suspendido.

Mi suegra empezó a gritar desde la cocina.

—¡¿Qué hiciste?!

—Nada, mamá.

—¡Seguro fue Clara!

Antes de que pudiera responder, sonó nuevamente el teléfono.

Era la administración del edificio.

—Le recordamos que hoy vence el mantenimiento. Si no se liquida antes de las cinco de la tarde, iniciaremos el proceso de recargos.

Mateo abrió la aplicación bancaria.

Su cuenta tenía apenas cuatro mil ochocientos yuanes.

Exactamente lo que quedaba después de enviar el resto del salario a Valeria.

Respiró hondo.

—Le pediré a Clara que haga la transferencia.

Marcó mi número.

Apagado.

Intentó otra vez.

Apagado.

A las once llegó el cuarto golpe.

La escuela de Sofía.

—Señor Zhao, las clases de inglés, piano y arte fueron suspendidas por falta de pago.

Sofía rompió a llorar.

—¡Papá, hoy tenía ensayo de piano!

Mateo sintió un nudo en el estómago.

Por primera vez en años tuvo que responder una pregunta que nunca antes se había hecho.

—¿Cuánto costaban esas clases?

No lo sabía.

Nunca lo había preguntado.

Al mediodía apareció otro mensaje.

Esta vez de Valeria.

—Mateo, mañana vence la hipoteca. Necesito la transferencia antes de las seis.

Él cerró los ojos.

Durante años aquello había sido automático.

Recibía el sueldo.

Transfería más de veinte mil yuanes.

Y seguía adelante.

Nunca se preguntó de dónde salía el dinero para mantener su propia casa.

A las dos de la tarde regresó al apartamento.

Encontró a su madre revisando cajones.

—Seguro escondió dinero.

No encontraron nada.

Solo una carpeta azul.

Dentro estaban todas las facturas de los últimos cinco años.

Electricidad.

Agua.

Gas.

Internet.

Escuela.

Seguro médico.

Medicamentos.

Impuestos.

Mantenimiento.

Cada recibo estaba pagado exclusivamente desde mi cuenta.

Mateo pasó lentamente las hojas.

No había un solo comprobante con su nombre.

Ni uno.

También encontró una libreta.

En la primera página había una lista escrita con mi letra.

“Salario de Mateo: 25.000.”

“Hipoteca de Valeria: 20.000.”

“Aporte a la casa: 0.”

Página tras página aparecían las mismas cifras.

Cinco años.

Sesenta meses.

Sesenta veces.

Mateo dejó caer la libreta.

Su madre seguía murmurando.

—Exagera. Todo eso lo hacía porque quería.

Entonces llamaron a la puerta.

Era el administrador del edificio acompañado por un abogado.

—¿El señor Mateo Zhao?

—Sí.

—Venimos a entregarle esta notificación.

Mateo abrió el sobre.

Leyó apenas las primeras líneas.

Su rostro perdió el color.

El apartamento no era un bien matrimonial.

Yo lo había comprado tres años antes de casarnos.

La escritura estaba únicamente a mi nombre.

El abogado habló con absoluta tranquilidad.

—La propietaria ha iniciado un procedimiento de desocupación.

Disponen de treinta días para abandonar el inmueble.

Mi suegra dejó caer el vaso que sostenía.

—¡Eso no puede hacerlo!

El abogado levantó otra hoja.

—Legalmente sí puede.

Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

En ese mismo instante recibió un correo electrónico de mi empresa.

“Estimado personal:

Informamos que la señora Clara Lin ha aceptado el cargo de directora regional para Medio Oriente.

Su incorporación será efectiva dentro de cuarenta y ocho horas.”

Abajo aparecía una cifra que nunca había imaginado.

Salario anual: 800.000 dólares estadounidenses.

Mateo permaneció inmóvil.

Durante años creyó que era yo quien dependía de él.

Ahora acababa de descubrir que la mujer a la que llamaba egoísta había sostenido sola a toda la familia mientras él financiaba la vida de otra mujer.

Y cuando volvió a marcar mi número por decimoctava vez, una voz automática respondió con la misma calma que yo había encontrado al marcharme.

—El número al que intenta llamar ya no está disponible.

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