PARTE 2: RYAN VOLVIÓ A PERDER LA APUESTA.

Tres días después, Melissa apareció frente a mi apartamento con una carpeta.

No la invité a entrar.

—No vengo a pedirte que me perdones —dijo—. Vengo a entregarte esto.

Dentro había capturas de meses de conversaciones.

Las apuestas tenían fechas, cantidades y nombres.

“Claire tardará menos de una hora en perdonarlo.”

“Dos días después del aeropuerto.”

“Una semana si Ryan menciona matrimonio.”

Y después encontré la última.

“¿Cuántos días tardará Claire en abandonar a Julian y volver con Ryan?”

Ryan había apostado siete días.

Sentí algo extraño.

No dolor.

Vergüenza de haber confundido crueldad con cariño durante tanto tiempo.

—¿Por qué me das esto?

Melissa bajó los ojos.

—Porque yo también participé y ya no quiero fingir que fueron bromas.

Guardé la carpeta.

—Gracias.

—¿Eso significa que me perdonas?

—No.

Cerré la puerta.

Julian estaba en la cocina preparando café.

Nuestro matrimonio todavía resultaba extraño.

Dormíamos en habitaciones diferentes.

No fingíamos estar enamorados.

Él tampoco utilizaba mi vulnerabilidad para acercarse.

Aquella mañana me preguntó:

—¿Quieres anular esto?

Lo miré sorprendida.

—¿Quieres tú?

—No. Pero quiero asegurarme de que sigues aquí porque lo elegiste, no porque tengas miedo de admitir que actuaste impulsivamente.

Por primera vez comprendí por qué Julian había insistido tanto antes de firmar.

No quería ganarle a Ryan.

Quería que yo pudiera elegir.

—Quiero quedarme —respondí—. Pero despacio.

Julian asintió.

—Despacio.

Una semana después apareció Ryan.

Exactamente el día que había elegido en la apuesta.

Traía flores.

—Ya pasó suficiente tiempo —dijo—. Termina esta locura.

—¿Suficiente según quién?

—Claire, ambos sabemos que todavía me amas.

Saqué el teléfono.

Le mostré la captura.

Su propia apuesta.

Siete días.

Ryan quedó inmóvil.

—Melissa te dio eso.

—Sí.

—Solo estábamos jugando.

—Ese es precisamente el problema.

Dejé las flores sobre el pasillo entre nosotros.

—Convertiste mis sentimientos en entretenimiento tantas veces que terminaste creyendo que hasta perderme era otro juego.

Ryan tragó saliva.

—Puedo cambiar.

—Entonces cambia.

Sus ojos se iluminaron.

Añadí:

—Pero hazlo para la próxima persona que confíe en ti.

Cerré la puerta.

Meses después, Julian y yo celebramos una pequeña cena.

Sin apuestas.

Sin bromas crueles.

Sin invitados esperando verme humillada.

Él colocó nuestro certificado sobre la mesa.

—¿Te arrepientes?

Pensé en aquel Registro Civil.

En las carcajadas.

En Ryan diciéndome que si entraba por aquella puerta todo terminaría.

Sonreí.

—Solo de haber esperado tres años para cruzarla.

Ryan había apostado que tardaría siete días en regresar.

Melissa había escrito mi nombre junto a aquella apuesta.

Tiempo después añadió una última palabra:

“PERDIÓ.”

Pero estaba equivocada.

RYAN NO PERDIÓ UNA APUESTA CUANDO YO NO REGRESÉ; ME PERDIÓ A MÍ EL DÍA QUE DECIDIÓ QUE HUMILLARME ERA MÁS DIVERTIDO QUE RESPETARME.

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