Celeste respondió doce minutos después.
“¿Qué quieres?”
Escribí:
“Que vengas a mi boda.”
Pasaron varios minutos.
“¿Nathaniel sabe que me invitaste?”
“No.”
Aceptó.
Durante los siguientes diez días no confronté a Nathaniel.
Sonreí durante las pruebas del vestido.
Aprobé las flores.
Escuché sus promesas.
Mientras tanto, mi abogado canceló cualquier autorización financiera o empresarial que hubiera concedido a los Foster durante nuestro compromiso.
También pedí que conservaran los registros relacionados con mi hospitalización.
Había algo que necesitaba entender.
¿Cómo había conseguido Nathaniel introducir a tantas mujeres en mi habitación sin que nadie de mi familia lo supiera?
La respuesta llegó dos días antes de la boda.
No habían sido noventa y ocho amantes.
Los registros de visitantes mostraban algo diferente.
Muchas eran modelos, acompañantes o conocidas de sus amigos.
Habían participado en una apuesta.
Cada día que yo permaneciera inconsciente, Nathaniel debía conseguir que una mujer diferente entrara en mi habitación y fotografiarse con ella.
Una diversión privada mientras yo luchaba por recuperarme.
Celeste era diferente.
Ella sí mantenía una relación con él.
El día de la boda, Nathaniel me esperaba frente a cientos de invitados.
Cuando llegué al altar, sonrió.
—Sabía que vendrías.
—Yo también.
El oficiante comenzó.
Entonces las puertas se abrieron.
Celeste entró.
Nathaniel perdió el color.
—¿Qué haces aquí?
Ella no respondió.
Yo sí.
—La invité.
Un murmullo atravesó el salón.
Nathaniel intentó tomar mi mano.
Retrocedí.
—Leah, podemos hablar en privado.
—Tu accidente falso también ocurrió en privado.
Silencio.
Sus amigos dejaron de sonreír.
No describí rumores ni escenas íntimas.
Simplemente mostré lo que podía demostrar.
Mensajes sobre la preparación del supuesto accidente.
Pagos relacionados con vehículos y participantes.
Conversaciones donde sus amigos bromeaban sobre engañarme para impedir que terminara nuestra relación.
Y los registros del hospital.
El abuelo Foster se levantó lentamente.
—Nathaniel, dime que esto no es cierto.
Nathaniel me miraba únicamente a mí.
—Lo hice porque ibas a dejarme.
—Exactamente.
Me quité el anillo.
—Y acabas de explicar por qué debía hacerlo.
Lo coloqué sobre la mesa.
Celeste habló entonces.
—También me mintió.
La miré.
—Eso ya no es asunto mío.
No la había invitado para convertirla en aliada.
Ni para humillarla.
La había invitado porque Nathaniel había construido durante meses dos realidades diferentes y yo quería que, por una vez, ambas estuvieran en la misma habitación.
Me giré hacia los invitados.
—No habrá boda.
Nathaniel avanzó.
—¡Leah!
Mi madre se interpuso entre nosotros.
Fue suficiente.
Salí del salón caminando por mi cuenta.
Meses después seguía rehabilitándome.
Todavía había días difíciles.
Pero ya no confundía que alguien hubiera arriesgado su vida por mí una vez con darle derecho a controlar el resto de la mía.
Nathaniel me escribió una última carta.
No la abrí.

La devolví.
Porque después de noventa y ocho días luchando por despertar, finalmente comprendí que sobrevivir no significaba simplemente abrir los ojos.
DESPERTÉ DEL COMA EL DÍA 99, PERO TARDÉ MUCHO MÁS EN DESPERTAR DE NATHANIEL.