PARTE 2: ROMPIÓ SUS PROPIAS REGLAS

Pensé que el asunto había terminado.

Me equivoqué.

Aquella misma noche, después de instalarme en la residencia Qin, descubrí que Alexander había preparado para mí un dormitorio enorme justo al lado del suyo.

—¿Habitaciones separadas? —pregunté.

—Pensé que preferirías privacidad.

Asentí, satisfecha.

—Perfecto. Así ninguno interferirá en la vida del otro.

Alexander se quedó mirándome.

—No tienes que parecer tan feliz.

—Solo intento respetar tus condiciones.

Su mandíbula se tensó.

—Buenas noches, Iris.

—Buenas noches, señor Qin.

—Alexander.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Estamos casados. Llámame Alexander.

Fue la primera regla que cambió.

No sería la última.


Durante los meses siguientes fui una esposa ejemplar.

Alexander regresaba tarde.

Yo dormía.

Tenía cenas de negocios.

Yo jamás preguntaba con quién.

Viajaba durante días.

Yo solo decía:

—Buen viaje.

Al principio parecía satisfecho.

Después comenzó a comportarse de manera extraña.

Una noche llegó a las once y me encontró leyendo.

—He vuelto.

Levanté la mirada.

—Bienvenido.

Seguí leyendo.

Cinco minutos después seguía parado allí.

—¿No quieres preguntarme dónde estuve?

—No.

—¿Por qué?

Cerré el libro.

—Primera condición: no interferir en tu vida.

Alexander permaneció en silencio.

—Puedes interferir un poco.

Lo miré sorprendida.

—¿Cuánto?

No respondió.

Se marchó.

Otra noche apareció junto a mí durante el desayuno.

—Esta tarde termino temprano.

—Qué bien.

Esperó.

—A las seis.

—Entendido.

—No tengo compromisos después.

—Perfecto.

Alexander dejó lentamente la taza.

—¿No quieres hacer algo conmigo?

—Pensé que no debía ocupar tu tiempo.

Su expresión se oscureció.

—Iris.

—¿Sí?

—Olvida lo que dije.

Sonreí.

—¿Qué parte?

Pareció arrepentirse inmediatamente de haber hablado.


El verdadero problema era Lucas.

Había regresado decidido a recuperar cinco años perdidos.

Mandó flores.

Las devolví.

Esperó frente a mi trabajo.

Lo ignoré.

Finalmente apareció en una cena benéfica.

Yo había llegado del brazo de Alexander.

Lucas me interceptó junto a la terraza.

—Iris, necesito explicarte por qué me fui.

—Ya no importa.

—Para mí sí.

Sacó del bolsillo una pulsera.

La misma que yo había dejado en casa de los Lu.

—Lucy me dijo que no te la llevaste.

La miré.

—Porque ya no la quiero.

Lucas palideció.

—Yo nunca dejé de amarte.

Antes de que pudiera responder, una mano apareció alrededor de mi cintura.

Alexander.

—Señor Lu.

Su tono era impecablemente educado.

Su mirada no.

Lucas observó su mano sobre mí.

—Esto es entre Iris y yo.

Alexander respondió:

—Iris es mi esposa.

—Un matrimonio concertado.

Sentí cómo los dedos de Alexander se tensaban.

Lucas continuó:

—Todos conocen las condiciones que estableciste. No la amas. Solo necesitabas una señora Qin adecuada.

Alexander guardó silencio.

Y por primera vez aquella noche vi algo peligroso en su mirada.

Pero fui yo quien respondió.

—Lucas, aunque Alexander no me amara, seguiría siendo mi esposo porque yo elegí casarme con él.

Le devolví la pulsera.

—Tú tuviste cinco años.

Me marché con Alexander.

Durante todo el camino de regreso no dijo una palabra.

Hasta que llegamos a casa.

—¿Todavía lo amas?

Me quité los pendientes.

—Esa pregunta parece violar tu primera condición.

—Respóndeme.

Suspiré.

—Fue mi primer amor. Eso no significa que siga esperándolo.

—No pregunté si lo esperas.

Alexander se acercó.

—Pregunté si todavía lo amas.

Lo miré.

—¿Por qué te importa?

Se quedó callado.

Entonces comprendí algo.

Sonreí.

—Señor Qin, ¿estás celoso?

—No.

Respondió demasiado rápido.


Tres días después viajó por negocios.

Antes de marcharse dejó su itinerario completo sobre mi escritorio.

Lo observé confundida.

—No necesito esto.

—Lo sé.

—Entonces ¿para qué me lo das?

—Para que sepas dónde estoy.

—Pero yo nunca pregunto.

Alexander cerró los ojos durante un segundo.

—Ese es precisamente el problema.

Se marchó.

Aquella noche recibí una fotografía enviada por su asistente.

Alexander estaba en una cena empresarial.

Delante tenía una copa.

A su lado había varias personas.

Respondí:

“Gracias.”

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

Esta vez directamente de Alexander.

“¿Eso es todo?”

Escribí:

“Que disfrutes la cena.”

No contestó.

A medianoche llamó.

—¿Estabas dormida?

—Sí.

—Lucas volvió a buscarte.

Abrí los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

Silencio.

—Alexander.

—Tengo seguridad.

Me incorporé.

—¿Me estás vigilando?

—Protegiendo.

—Primera condición.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono.

Por primera vez tuve ganas de reír.

El hombre que había redactado las reglas estaba destruyéndolas una por una.


Dos semanas después fue peor.

La familia Lu organizó una celebración por el regreso de Lucas.

Yo no pensaba asistir.

Pero la señora Lu me llamó llorando y terminé aceptando ir únicamente para despedirme correctamente de quienes me habían criado.

Alexander dijo que tenía una reunión.

Así que fui sola.

Lucas me esperaba.

—Voy a volver a intentarlo —dijo.

—No.

—Iris, él jamás podrá darte lo que yo siento por ti.

—No necesito que lo haga.

Lucas sonrió tristemente.

—Sigues fingiendo que no necesitas amor porque tienes miedo de volver a esperar.

Aquella frase me dejó inmóvil.

Antes de que pudiera responder, alguien anunció:

—El señor Qin ha llegado.

Giré la cabeza.

Alexander estaba entrando.

Había cancelado su reunión.

No me miró a mí primero.

Miró a Lucas.


Esa noche bebió demasiado.

Su asistente prácticamente tuvo que entregármelo en la puerta.

—Señora Qin, el presidente Qin normalmente nunca bebe así.

—¿Qué ocurrió?

El asistente evitó mi mirada.

—El señor Lu anunció delante de varias personas que piensa recuperarla.

Entendí.

Llevé a Alexander hasta su habitación.

Pero cuando intenté marcharme, sujetó mi muñeca.

—No te vayas.

—Tercera condición.

Sus ojos se abrieron.

—¿Qué?

—No debo pedirte amor. Tú tampoco deberías pedirme compañía.

Alexander me soltó.

Durante unos segundos pensé que había recuperado la sobriedad.

Entonces levantó la mano y golpeó suavemente mi frente con los nudillos.

Una vez.

Dos.

Tres.

—¿Qué haces?

—Intento sacarlo de aquí.

—¿A quién?

—Lucas.

Volvió a tocar mi frente.

—Cinco años viviendo aquí sin pagar alquiler.

—Alexander, estás borracho.

—Lo suficiente para decir lo que sobrio llevo meses intentando no decir.

Me quedé inmóvil.

Sus ojos estaban rojos.

—A partir de ahora, en tus ojos, en tu corazón y en tus pensamientos solo puede existir una persona.

Se inclinó hacia mí.

—Yo.

Mi corazón dio un golpe.

—Eso no estaba en el contrato.

Alexander cerró los ojos.

—Entonces cambiaremos el contrato.

—Tú estableciste las condiciones.

—Me equivoqué.

—Dijiste que si cruzaba cualquiera de tus límites, el matrimonio terminaría inmediatamente.

Abrió los ojos.

—Tú no los cruzaste.

Su voz se volvió baja.

—Yo sí.

Guardé silencio.

Alexander tomó aire.

—Interferí en tu vida.

Primer límite.

—Quiero ocupar tu tiempo.

Segundo.

Finalmente me miró como si la última confesión fuera la única que realmente le daba miedo.

—Y quiero algo que te prohibí pedirme.

Tercero.

—¿Qué?

Alexander apretó mi mano.

—Quiero que algún día me ames.

Aquella noche no le respondí.

A la mañana siguiente tampoco.

Porque quería escucharlo sobrio.

Y lo hice.

Durante el desayuno, Alexander dejó frente a mí el antiguo acuerdo matrimonial.

Había tachado personalmente las tres condiciones.

Debajo había escrito una sola frase:

“Las reglas anteriores quedan anuladas.”

Levanté la mirada.

—¿Y cuáles son las nuevas?

Alexander permaneció serio.

—Primera: puedes interferir.

—Segunda: puedes ocupar todo el tiempo que quieras.

Esperé.

Sus orejas comenzaron a ponerse rojas.

—¿Y tercera?

Me sostuvo la mirada.

—La tercera tendré que ganármela.

Sonreí.

—Eso suena más razonable.

Alexander soltó lentamente el aire.

Entonces tomé un bolígrafo y añadí debajo:

“Período de prueba: indefinido.”

Él leyó la frase.

—¿Indefinido?

—Sí.

—¿Y cuándo termina?

Me levanté con mi café.

—Cuando decida que has superado la entrevista, señor Qin.

Por primera vez desde que lo conocía, Alexander Qin se quedó completamente sin palabras.

Y así comenzó nuestro verdadero matrimonio.

No el que nuestras familias habían concertado.

Sino aquel en el que el hombre que me había prohibido pedirle amor terminó pasando cada día intentando convencerme de que podía dárselo.

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