Abracé a Camila inmediatamente.
—No vamos a ir con nadie, mi amor.
La doctora Marcela había escuchado.
No hizo más preguntas delante de ella.
Simplemente llamó a una enfermera y dijo:
—Activen el protocolo.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Rodrigo.
Elena, contéstame.
Después:
No dejes que le hagan estudios innecesarios a Camila.
Me quedé helada.
No le había dicho que estábamos en un hospital.
Mucho menos que iban a hacerle estudios.
Marcela vio mi expresión.
—¿Qué ocurre?
Le mostré la pantalla.
Leyó el mensaje.
Su rostro cambió.
—No le responda todavía.
—¿Cómo sabe dónde estamos?
—¿Comparte ubicación con su esposo?
Negué.
O eso creía.
Entonces llegó otro mensaje.
Sal del hospital. Ahora.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Sabe exactamente dónde estamos.
Marcela llamó a seguridad.
Los siguientes cuarenta minutos fueron los más largos de mi vida.
Un equipo especializado se hizo cargo de Camila.
Me explicaron que no debía interrogarla ni hacer preguntas repetidas que pudieran confundirla o aumentar su angustia.
Yo solo tenía que hacer una cosa.
Creerle.
Protegerla.
Así que cuando Camila me preguntó:
—¿Estás enojada conmigo?
Me arrodillé.
—Jamás.
—¿Aunque hice algo malo?
Se me rompió el corazón.
—Tú no hiciste nada malo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Promesa?
—Promesa.
Dos agentes llegaron al hospital.
Les mostré los mensajes.
Uno pidió que conservara todo.
El otro preguntó si Rodrigo podía rastrear mi teléfono.
Entonces recordé algo.
Meses atrás, Rodrigo había insistido en instalar una aplicación “por seguridad familiar”.
La había configurado él.
El agente revisó mi teléfono.
—Aquí está.
Ubicación compartida permanentemente.
Con Rodrigo.
Desactivamos el acceso.
Pero el daño ya estaba hecho.
Él sabía dónde estábamos.
Y sabía demasiado.
A las once y diecisiete llegó el mensaje que cambió todo.
No permitas que revisen el conejo.
Miré la pantalla.
Después miré a Camila.
Su conejo de peluche estaba sobre la cama.
Sentí frío.
Yo nunca le había dicho a Rodrigo que Camila había llevado aquel juguete al hospital.
Ni siquiera recordaba haberlo mencionado por teléfono.
—Doctora.
Marcela se acercó.
Le mostré el mensaje.
Esta vez no palideció.
Se puso seria.
—No toque el peluche.
Seguridad llamó a los agentes.
El conejo quedó resguardado para que fuera revisado correctamente.
Camila empezó a llorar.
—Es mío.
—Te compraremos otro mientras lo cuidan —le dije.
Pero ella negó.
—No quiero otro.
Se acercó a mi oído.
—Mamá puso algo ahí.
Me quedé inmóvil.
—¿Mamá?
Camila parecía confundida.
—La otra mamá.
No entendí.
—¿Qué otra mamá?
Marcela intervino con suavidad.
—Elena, no sigamos preguntando ahora.
Tenía razón.
Cerca de medianoche apareció una mujer de la Fiscalía acompañada por personal especializado.
Yo esperaba encontrar algo horrible dentro del conejo.
Lo que encontraron fue diferente.
Un pequeño dispositivo electrónico oculto en el relleno.
No me explicaron inmediatamente qué contenía.
Solo que debía analizarse.
—¿Quién le regaló ese peluche? —me preguntaron.
Tardé unos segundos en recordarlo.
—Rodrigo.
Camila lo tenía desde hacía aproximadamente un mes.
La agente anotó la información.
—¿Y quién podría ser “la otra mamá”?
—No tengo idea.
Entonces mi teléfono vibró nuevamente.
Pero no era Rodrigo.
Era un número desconocido.
Si está leyendo esto, por fin llevó a Camila al hospital. No vuelva a su casa.
Sentí que dejaba de respirar.
Llegó otro.
Rodrigo revisa su ubicación. Cambie de teléfono.
Después:
Yo intenté proteger a su hija antes. Fallé.
Escribí con manos temblorosas:
¿QUIÉN ES?
La respuesta tardó casi un minuto.
Lucía Herrera.
No conocía ese nombre.
Pero Marcela sí reaccionó.
—¿Qué pasa?
—Hace unos meses atendimos a una mujer llamada Lucía Herrera.
—¿Por qué?
Marcela vaciló.
—No puedo revelar información médica de otra paciente.
La agente tomó el nombre.
—Nosotros lo verificaremos.
A las dos de la madrugada obtuvimos la primera respuesta.
Lucía Herrera había trabajado para Rodrigo.
No como empleada de su empresa.
Como niñera.
Antes de que yo dejara mi trabajo.
La había contratado durante uno de mis viajes laborales.
Rodrigo nunca me lo contó.
Entonces recordé fotografías antiguas.
Había una mujer joven apareciendo al fondo en dos cumpleaños de Camila.
Yo siempre había supuesto que era amiga de alguna prima.
Era Lucía.
—¿Dónde está ahora? —pregunté.
La agente guardó silencio.
—Está desaparecida desde hace cinco meses.
El mundo volvió a inclinarse.
—¿Desaparecida?
—Su hermana denunció que dejó de comunicarse repentinamente.
Poco antes del amanecer recibimos información preliminar sobre el dispositivo encontrado dentro del conejo.
No era un rastreador.
Era una memoria.
Contenía archivos.
Documentos.
Fotografías de papeles.
Grabaciones de voz.
Y un archivo llamado:
PARA ELENA.
La agente no permitió que lo reprodujéramos hasta preservar una copia.
Cuando finalmente comenzó, escuché una voz femenina.
—Elena, mi nombre es Lucía. Si encontraste esto, significa que Camila consiguió conservar el conejo.
Me tapé la boca.
La voz continuó:
—Rodrigo cree que destruí las pruebas. No sabe que hice una copia.
La grabación tenía seis meses.
Lucía respiró profundamente.
—Hay algo que debe saber antes de escuchar los demás archivos.
Silencio.
—Yo no empecé a trabajar para su esposo como niñera.
Miré a la agente.
—¿Entonces qué hacía?
La grabación respondió.
—Rodrigo me contrató para vigilarla a usted.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Pero Lucía todavía no había terminado.
—Y cuando descubrí por qué estaba recopilando información sobre Elena y Camila, intenté irme.
Su voz comenzó a temblar.
—Por eso, si desaparezco, no crean que abandoné la ciudad voluntariamente.
Entonces escuchamos un golpe en la grabación.
Lucía bajó la voz.
—Tengo que terminar.
Una pausa.
—Elena, revise la fecha del certificado de nacimiento de Camila y después busque el expediente del hospital donde nació.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
La última frase de Lucía hizo que incluso la agente levantara la cabeza.
—Porque Rodrigo no está intentando ocultar únicamente lo que ocurrió estas últimas semanas.
—Está intentando impedir que usted descubra quién registró realmente a Camila como su hija hace seis años.
