No supe qué responder.
Dante Russo seguía mirando a su hija.
No a mí.
A ella.
Sofía tenía una mano cerrada sobre mi camisa y la mejilla apoyada contra mi pecho.
—Puedo llevarla a su mesa —susurré.
—No.
Levanté la mirada.
Dante tragó saliva.
—Por favor. Déjala dormir.
Aquella palabra me sorprendió.
Por favor.
Tony apareció detrás de él.
—Señor Russo, Emily tiene que terminar su turno.
Así que ese era el momento en que me despedían.
Dante se volvió hacia Tony.
—¿Cuánto gana esta noche?
Tony parpadeó.
—¿Perdón?
—Su salario. Propinas. Todo.
—Dante…
—Pregunté cuánto.
Sentí que debía intervenir.
—No necesito que me pague por sostener a su hija.
Sus ojos grises se clavaron en mí.
—No estaba intentando comprarte.
—Sonó bastante parecido.
Tony casi dejó de respirar.
Al parecer, nadie hablaba así con Dante Russo.
Pero él simplemente me observó.
Luego, para mi sorpresa, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Tienes razón.
Sacó el teléfono.
—Entonces compraré el tiempo de Tony.
—¿Qué?
—El restaurante cerrará una hora antes.
Tony abrió la boca.
Dante añadió:
—Compensaré cada mesa.
Tony la cerró.
Sofía durmió cuarenta y siete minutos.
Dante no hizo ninguna llamada.
No revisó el teléfono.
Solo permaneció sentado frente a nosotras.
—¿Cómo te llamas? —preguntó finalmente.
—Emily Carter.
—¿Tienes hijos?
—No.
—¿Hermanos pequeños?
Negué.
—Entonces ¿cómo hiciste esto?
Miré a Sofía.
—No hice nada.
—Precisamente.
Su expresión se endureció con algo parecido al dolor.
—Tres terapeutas han intentado conseguir que hable. Una niñera que conoce desde que nació no consigue que duerma. Mi hermana pasó dos noches con ella.
Bajó la voz.
—Y tú la sostienes cinco minutos y se duerme.
—Quizá estaba cansada.
—Lleva tres días cansada.
No tenía respuesta.
Entonces Sofía se movió.
Sus ojos se abrieron.
Por un instante pareció confundida.
Después me vio.
Y volvió a esconder el rostro contra mí.
Dante se inclinó.
—Principessa.
Sofía levantó la cabeza.
Él extendió los brazos.
Ella no fue hacia él.
Vi cómo aquello lo destrozaba.
—Sofía —murmuré—, tu papá está aquí.
La niña miró a Dante.
Después susurró:
—No.
Todo el restaurante se quedó inmóvil.
Dante también.
Era la primera palabra que había pronunciado en tres días.
—¿No qué? —preguntó suavemente.
Sofía empezó a temblar.
La abracé.
—Está bien. No tienes que hablar.
Pero entonces dijo otra palabra.
—Mamá.
Dante palideció.
—¿Qué pasa con mamá?
Los pequeños dedos de Sofía se clavaron en mi camisa.
—Mamá… lloraba.
Dante dejó de respirar.
—¿Cuándo?
Sofía cerró los ojos.
—Hombre malo.
El rostro de Dante cambió.
Ya no parecía un padre desesperado.
Parecía el hombre al que todo el restaurante temía.
Pero controló la voz.
—¿Qué hombre, principessa?
Sofía negó desesperadamente.
No la presioné.
—Ya basta.
Dante me miró.
—Necesito saberlo.
—Y ella necesita sentirse segura.
Durante varios segundos pensé que discutiría.
Finalmente retrocedió.
—Tienes razón.
Cuando terminé el turno eran casi las once.
Dante esperaba junto a la puerta.
Sofía estaba de su mano.
—Mi conductor te llevará a casa.
—Puedo tomar el metro.
—Son las once.
—Lo hago todas las noches.
Su expresión dijo claramente que acababa de descubrir algo que no le gustaba.
—¿Todas?
—Tengo dos trabajos.
—¿Por qué?
—Porque Nueva York tiene la desagradable costumbre de cobrar alquiler.
Sofía tiró de mi manga.
Me agaché.
—¿Qué pasa?
—Ven.
—¿Adónde?
Señaló a Dante.
—Casa.
Dante y yo nos miramos.
—Sofía —dijo él—, Emily tiene su propia casa.
Su labio inferior tembló.
—No.
Dante cerró los ojos.
Estaba acabado.
Lo supe inmediatamente.
Aquel hombre podía controlar medio Manhattan, pero una niña de cinco años podía destruirlo con una sílaba.
Me reí.
Él me lanzó una mirada.
—No es gracioso.
—Un poco.
Acepté acompañarlos únicamente hasta que Sofía se durmiera.
Eso me dije.
La casa Russo ocupaba una propiedad enorme al norte de la ciudad.
En la habitación de Sofía había juguetes suficientes para una escuela entera.
Pero la niña ignoró todos.
Se metió en la cama y me sujetó la mano.
Diez minutos después dormía.
Me levanté con cuidado.
Algo cayó de debajo de su almohada.
Una fotografía.
La recogí.
Era Sofía con su madre.
Detrás de ellas aparecía Dante.
Pero alguien más estaba en el borde de la imagen.
Un hombre alto con barba gris.
Dante entró justo cuando yo miraba la foto.
Su rostro se transformó.
—¿Dónde encontraste eso?
—Debajo de la almohada.
Tomó la fotografía.
—¿Quién es?
No respondió inmediatamente.
—Mi hermano.
—¿El tío de Sofía?
—Sí.
—¿Por qué parece que acabas de ver un fantasma?
Dante levantó lentamente los ojos.
—Porque Marco murió hace cuatro años.
Sentí un escalofrío.
Entonces escuchamos movimiento.
Sofía estaba sentada en la cama.
Miraba la fotografía.
Su rostro se llenó de miedo.
Levantó una pequeña mano.
Señaló al hombre que debía estar muerto.
Y dijo con absoluta claridad:
—Él se llevó a mamá.
Dante se quedó completamente inmóvil.
Pero yo vi algo que él todavía no había visto.
En la esquina inferior de la fotografía había una fecha impresa.
No era de hacía cuatro años.
La fotografía había sido tomada seis días antes.
