PARTE 2: RENATA NO VOLVIÓ POR AMOR

Lucía percibió inmediatamente que aquella mujer no era una visita cualquiera.

Renata caminó por el penthouse como si todavía le perteneciera.

Dejó el bolso sobre el sofá.

—Pensé que estarías más feliz de verme.

Adrián permaneció inmóvil.

—¿Qué haces en México?

—Volví definitivamente.

Entonces Renata reparó en Lucía.

La examinó desde los zapatos gastados hasta el uniforme azul.

—¿Nueva empleada?

—Lucía trabaja conmigo —respondió Adrián.

—Ya veo.

Renata sonrió.

—¿Nos preparas café?

Lucía miró a Adrián.

Él asintió.

—Por supuesto.

Mientras preparaba las tazas, escuchó parte de la conversación.

Renata había sido prometida de Adrián.

Habían estado juntos seis años.

Pero dos semanas antes de la boda, ella desapareció.

Sin explicación.

Sin despedida.

Solo dejó el anillo sobre una mesa y se marchó a Europa.

Aquello había ocurrido diez años atrás.

Ahora estaba de vuelta.

—Cometí un error —dijo Renata.

Adrián no respondió.

—Era joven. Tenía miedo.

—Teníamos treinta años.

—Precisamente.

Renata se acercó.

—He pensado mucho en nosotros.

Lucía dejó las tazas.

—Su café.

Renata tomó la suya.

Bebió.

Inmediatamente hizo una mueca.

—Está demasiado amargo.

Lucía miró la cafetera.

—Baltasar está pasando por una etapa difícil.

Renata frunció el ceño.

—¿Quién?

—La cafetera.

Adrián bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Renata lo vio.

Y su expresión cambió.

Fue apenas un segundo.

Pero Lucía lo entendió.

No le molestaba el café.

Le molestaba que Adrián hubiera sonreído por otra mujer.

Durante las semanas siguientes, Renata empezó a aparecer constantemente.

Flores.

Invitaciones.

Recuerdos.

Fotografías antiguas.

Y cada vez trataba a Lucía como si fuera invisible.

Hasta aquella tarde.

Lucía estaba organizando documentos en el despacho cuando Renata entró.

—Necesito hablar contigo.

—¿Sobre qué?

Renata cerró la puerta.

Después dejó un sobre sobre el escritorio.

Lucía lo abrió.

Había dinero.

Mucho.

—¿Qué significa esto?

—Tu renuncia.

Lucía levantó la mirada.

—No estoy buscando otro empleo.

—No necesitas buscarlo.

Renata empujó el sobre.

—Hay quinientos mil pesos. Te vas hoy y no vuelves a acercarte a Adrián.

Lucía permaneció callada.

Luego cerró el sobre.

Renata sonrió.

—Sabía que serías razonable.

Lucía se lo devolvió.

—Creo que entendió mal.

—¿Qué?

—No estaba contando cuánto había.

—Entonces, ¿qué hacías?

—Comprobaba que pudiera cerrarlo bien antes de devolvérselo.

La sonrisa de Renata desapareció.

—Mujeres como tú siempre dicen que el dinero no importa hasta que aparece suficiente.

Lucía la miró directamente.

—Una vez tuve siete millones delante y no tomé un peso.

Renata soltó una risa.

—¿Esperas que crea eso?

Una voz respondió desde la puerta:

—Deberías.

Adrián estaba allí.

Renata palideció.

—Adrián…

Él había escuchado suficiente.

Tomó el sobre.

—¿Quinientos mil?

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Esa mujer está aprovechándose de ti.

Lucía dio un paso hacia la salida.

—Esto es entre ustedes.

Pero Adrián la detuvo.

—No. Acaba de intentar comprarte. También es asunto tuyo.

Renata perdió la paciencia.

—¡Mírala! Hace unos meses limpiaba pisos y ahora vive prácticamente aquí. ¿De verdad crees que no quiere tu dinero?

Adrián permaneció inexpresivo.

—Lucía encontró siete millones en efectivo en mi habitación.

Renata calló.

—Podía haber tomado suficiente para cambiar su vida.

Adrián dejó el sobre frente a ella.

—No tocó un peso.

Renata apretó la mandíbula.

—Entonces es más inteligente de lo que parece.

Lucía frunció el ceño.

Aquella frase.

No era desprecio.

Era conocimiento.

Adrián también lo percibió.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

Renata tomó su bolso.

Pero al hacerlo cayó una fotografía.

Lucía se agachó para recogerla.

Y se quedó inmóvil.

Era una fotografía antigua.

Adrián aparecía junto a Renata frente a un edificio.

Pero Lucía no estaba mirando sus rostros.

Estaba mirando el letrero del fondo.

HERNÁNDEZ RESTAURACIÓN Y ACABADOS.

El antiguo negocio de su madre.

—¿Dónde consiguió esto?

Renata se la arrebató.

Demasiado rápido.

Adrián se acercó.

—Contesta.

Lucía sintió que le temblaban las manos.

Su madre había perdido aquel negocio doce años atrás después de una deuda que apareció de la nada.

Su familia perdió la casa.

Después llegaron años de trabajos temporales.

Préstamos.

Hospitales.

Hasta que su madre murió dejando cuentas que Lucía todavía estaba pagando.

—¿Conocía a mi mamá?

Renata no respondió.

Adrián tomó la fotografía.

La observó.

Después miró a Renata.

—Ese edificio pertenecía a uno de mis primeros proyectos.

Silencio.

Entonces recordó algo.

—El contrato de restauración desapareció después de una acusación de fraude.

Lucía sintió un vacío en el estómago.

—Mi mamá siempre dijo que la acusaron injustamente.

Renata retrocedió.

—Eso ocurrió hace muchísimo tiempo.

Adrián endureció la mirada.

—¿Cómo tienes esta fotografía?

—Adrián, déjalo.

—¿Cómo la tienes?

Renata perdió finalmente la calma.

—¡Porque fui yo quien consiguió que cancelaran aquel contrato!

Lucía dejó de respirar.

Renata también pareció darse cuenta de lo que acababa de admitir.

—¿Por qué? —susurró Lucía.

Renata cerró los ojos.

—Porque necesitaba que Adrián rompiera con ciertos socios. Tu madre tenía documentos que demostraban que algunas facturas estaban infladas.

Adrián se quedó completamente quieto.

—¿Qué documentos?

Renata no respondió.

Lucía recordó entonces una caja que había permanecido durante años debajo de la cama de su madre.

Facturas viejas.

Contratos.

Papeles que nunca había querido tirar.

Aquella noche Lucía regresó a Iztapalapa y abrió la caja.

En el fondo encontró un sobre sellado.

Su nombre estaba escrito con la letra de su madre.

“Para Lucía, si algún día los Montenegro vuelven a buscarte.”

Sintió que el corazón se detenía.

Abrió el sobre.

Dentro había copias de transferencias, contratos y una carta.

Leyó la primera línea.

Y tuvo que sentarse.

“Lucía: Adrián Montenegro nunca supo lo que hicieron utilizando su empresa.”

Debajo aparecía otro nombre.

El verdadero responsable.

Lucía lo conocía.

Había visto a ese hombre aquella misma mañana entrando al despacho de Adrián.

Era su socio más antiguo.

La persona que llevaba veinte años administrando sus finanzas.

Y de pronto Lucía comprendió que Renata no había regresado simplemente para recuperar a Adrián.

Había regresado porque la nueva señora de la limpieza acababa de entrar, sin saberlo, en la única casa donde podía descubrir la verdad que llevaba doce años enterrada.

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