PARTE 2: QUE LO PAGUE SU MADRE

A la mañana siguiente, Derek apareció en mi puerta con su madre.

No vinieron a disculparse.

Vinieron por los 420.000 yuanes.

La señora Shaw entró sin esperar invitación y dejó su bolso sobre mi sofá.

—Nina, ya eres una mujer adulta. No puedes destruir la reputación de Derek por un capricho.

Derek permaneció detrás de ella.

—Solo transfiere el dinero y terminemos con esto.

Los miré.

—¿Terminar qué?

—El coche —respondió él—. El concesionario lo tiene preparado.

—Perfecto.

Sonreí.

—Entonces págalo.

Su madre golpeó la mesa.

—¡Pero tu madre ya te dio el dinero!

—A mí.

—¡Ustedes van a casarse!

—Ya no.

El silencio fue inmediato.

Derek levantó la cabeza.

—¿Qué dijiste?

Entré en mi habitación y regresé con una pequeña caja.

Dentro estaba el anillo que me había dado seis meses antes.

Lo dejé sobre la mesa.

—Se acabó.

Su madre abrió los ojos.

—¿Vas a cancelar un matrimonio por un coche?

—No.

Miré a Derek.

—Lo cancelo porque ayer descubrí cómo sería mi vida después de casarme.

Derek tomó el anillo.

—Estás exagerando.

—¿Sí?

Saqué mi teléfono.

Durante la noche había revisado nuestras cuentas compartidas.

Lo que encontré había terminado de eliminar cualquier duda.

—¿Recuerdas los ochenta mil yuanes que ahorrábamos para la boda?

Su expresión cambió.

—Claro.

—Faltan cincuenta mil.

Su madre dejó de hablar.

Derek respondió demasiado rápido:

—Los invertí.

—¿Dónde?

—En algo temporal.

—¿Dónde?

Silencio.

Giré la pantalla.

Había encontrado las transferencias.

Tres pagos.

Todos dirigidos a su madre.

—¿Quieres explicarlo?

La señora Shaw se puso de pie.

—Soy su madre. ¿Qué tiene de malo que mi hijo me dé dinero?

—Nada.

—Excepto que treinta y cinco mil de esos cincuenta mil los puse yo.

Derek apretó los dientes.

—Pensaba devolverlos.

—Igual que pensabas devolver los 420.000 después de poner el coche exclusivamente a tu nombre.

No respondió.

Ahí estaba la respuesta.


Mi madre llegó veinte minutos después.

No la había llamado para que me defendiera.

Solo quería devolverle parte del dinero.

Pero cuando vio a Derek y a su madre en mi sala, comprendió inmediatamente que algo había ocurrido.

—¿Qué pasa?

La señora Shaw cambió de expresión.

Sonrió.

—Señora Xu, los jóvenes discutieron por una tontería.

—Derek eligió un coche excelente para ambos, pero Nina se enfadó porque estará registrado a nombre de él.

Mi madre la miró.

Después me miró a mí.

—¿Cuánto cuesta?

—420.000.

Mi madre permaneció callada durante dos segundos.

—Qué coincidencia.

Miró a Derek.

—Exactamente lo que transferí ayer a mi hija.

Derek bajó los ojos.

Mi madre comprendió todo.

—¿Y usted cuánto piensa aportar al coche de mi hija?

La señora Shaw se quedó inmóvil.

—Bueno…

—¿Cien mil?

Silencio.

—¿Cincuenta mil?

Nada.

—¿Un yuan?

La mujer se puso roja.

—Cuando se casen, no hace falta calcular quién aporta qué.

Mi madre sonrió.

—Entonces registre su casa a nombre de Nina.

La señora Shaw casi saltó.

—¡Esa casa pertenece a nuestra familia!

—Ah.

Mi madre asintió.

—Entonces sí saben distinguir perfectamente qué pertenece a quién.

Yo tuve que contener una sonrisa.

Derek intervino:

—No mezclemos cosas.

Mi madre lo miró.

—Tienes razón.

Tomó mi teléfono.

Abrió la transferencia que me había enviado.

—Este dinero pertenece a mi hija.

Después señaló la puerta.

—Y ustedes ya terminaron de hablar con ella.


Derek no aceptó la ruptura.

Durante tres días llamó desde números diferentes.

Primero pidió perdón.

Después prometió poner el coche a nombre de ambos.

Cuando eso no funcionó, se enfadó.

—¿Sabes cuánto dinero perderé?

Respondí por primera vez.

—Veinte mil.

—¡Exactamente!

—Entonces considera que pagaste veinte mil por aprender que no debes comprar cosas con dinero ajeno.

Lo bloqueé.

Pensé que todo había terminado.

Hasta que Leo, el vendedor del concesionario, me llamó.

—Señorita Xu, necesito confirmar algo.

—¿Qué?

—El señor Shaw regresó.

—Eso ya no tiene relación conmigo.

—Precisamente por eso llamo.

Bajó la voz.

—Intentó cambiar los datos de financiación.

Fruncí el ceño.

—¿Qué datos?

—Presentó documentación donde usted aparece como aval.

Me quedé completamente quieta.

—Yo jamás firmé eso.

Hubo silencio.

—Entonces tenemos un problema.


Una hora después estaba en el concesionario.

El gerente colocó frente a mí una solicitud de crédito.

Mi nombre.

Mi identificación.

Mis ingresos.

Incluso una copia de mi contrato laboral.

Y abajo…

una firma.

Parecida a la mía.

Pero falsa.

—¿De dónde sacó estos documentos?

El gerente miró a Leo.

—Los presentó el señor Shaw.

Sentí que el estómago se me endurecía.

Derek había tenido acceso a mis documentos durante años.

Hasta ese momento nunca había pensado que pudiera utilizarlos.

Saqué fotografías de todo.

—No autoricen absolutamente nada relacionado conmigo.

Después llamé a mi madre.

—Mamá.

—¿Qué pasó?

Miré aquella firma falsa.

—Tenías razón en algo.

—¿En qué?

—El coche no era el verdadero problema.

Porque un hombre dispuesto a falsificar mi firma antes del matrimonio no estaba preparándose para convertirse en mi esposo.

Estaba preparándose para convertir mis bienes en los suyos.

Y esta vez ya no iba simplemente a dejarlo.

Iba a averiguar cuántas veces lo había hecho antes.

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