Miré la pantalla del teléfono.
La llamada seguía abierta.
—¿Lena?
Respiré con dificultad.
—Sigo aquí.
—Escúchame con atención.
La voz de Vincent no se alteró ni un segundo.
—¿La puerta del baño tiene seguro?
—Sí.
—¿Hay ventana?
Miré a mi alrededor.
Pequeña.
Estrecha.
Daba al callejón trasero.
—Sí.
—No la abras todavía.
Otro golpe sacudió la puerta.
Una grieta atravesó la madera de arriba abajo.
—¡Abre, maldita sea! —gritó Eric—. ¡Nadie viene por ti!
Me llevé la mano a la boca para no llorar.
Vincent seguía escuchando todo.
—Lena.
—Sí.
—Mírame con la voz.
No entendí la frase.
Pero obedecí.
—Aquí estoy.
—¿Puedes respirar?
Asentí sin darme cuenta.
—Sí.
—Bien. Quiero que cuentes conmigo.
—Uno…
Otro golpe.
—Dos…
La cerradura comenzó a ceder.
—Tres…
Sentía que el corazón iba a romperme las costillas.
Vincent habló de nuevo.
—Mis hombres ya salieron.
Abrí los ojos.
—¿De verdad?
—No te mentiría.
Escuché un ruido metálico.
Eric estaba buscando algo.
Un segundo después comprendí qué era.
Había tomado un martillo de la caja de herramientas.
El primer impacto hizo vibrar toda la puerta.
Las astillas salieron disparadas hacia el lavabo.
—¡Abre o la tumbo!
Mi brazo roto tembló involuntariamente.
No podía dejar de llorar.
—Vincent…
Mi voz se quebró.
—Tengo miedo.
Hubo un silencio breve.
Después respondió con una firmeza extraña.
—Lo sé.
Nunca dijo “tranquila”.
Nunca dijo “todo estará bien”.
Solo reconoció exactamente lo que yo sentía.
Y eso, por alguna razón, me dio fuerzas.
El segundo martillazo arrancó parte del marco.
Vi aparecer un agujero por donde entraba la luz del pasillo.
Eric se agachó para mirar.
Su ojo apareció al otro lado.
Sonriendo.
—Te encontré.
Retrocedí arrastrándome hasta la bañera.
—¿Ya entendiste?
Su voz era casi dulce.
—Nadie viene por una camarera.
Otro golpe.
La madera comenzó a partirse.
—Siempre vuelves conmigo.
Miré el reloj del celular.
Habían pasado tres minutos.
Solo tres.
Sentía que llevaba horas encerrada.
Vincent volvió a hablar.
—Lena.
—Sí…
—¿Puedes escuchar algo afuera del edificio?
Agucé el oído.
Solo lluvia.
Sirenas lejanas.
Y los golpes.
—No.
—Perfecto.
Fruncí el ceño.
—¿Perfecto?
—Eso significa que todavía no saben que vamos.
No entendí.
Pero tampoco pregunté.
El cuarto martillazo abrió un hueco lo bastante grande para que Eric metiera medio brazo.
Intentó alcanzar el seguro.
Falló por centímetros.
—¡Sal de ahí!
Respiraba como un animal.
—¡Te juro que ahora sí te voy a enseñar a obedecer!
Cerré los ojos.
Durante cinco años había escuchado promesas parecidas.
Siempre las cumplía.
Hasta esa noche.
De pronto…
Vincent hizo una pregunta inesperada.
—¿Todavía tienes la tarjeta?
La miré.
Seguía sobre el piso, manchada de sangre.
—Sí.
—Léeme lo que está escrito atrás.
Mis labios temblaban.
—”Si alguna vez necesitas ayuda.”
—¿Sabes por qué la escribí?
Negué con la cabeza, olvidando que no podía verme.
—No.
—Porque hace quince años alguien también me pidió ayuda.
Su voz se volvió aún más baja.
—Y llegué demasiado tarde.
El silencio me heló la sangre.
—Esta vez no.
Escuché una puerta de automóvil cerrarse con fuerza al otro lado de la llamada.
Después otra.
Y otra más.
Motores.
Muchos motores.
—Lena.
Su voz recuperó aquella calma peligrosa.
—Ya estamos en tu calle.
Eric levantó nuevamente el martillo.
—¡Se acabó!
Lo estrelló contra la cerradura.
El seguro salió disparado.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Vi sus botas cruzar el umbral.
Sonreía.
Convencido de que había ganado.
Pero en ese mismo instante, desde el exterior del edificio, un estruendo hizo temblar todos los cristales del departamento.

No era una explosión.
Era el sonido de ocho camionetas negras frenando al mismo tiempo frente al edificio.
Y la última voz que escuchó mi esposo antes de girarse hacia la ventana fue la de un hombre que jamás olvidaría.
—Nadie toca a alguien que me pidió ayuda.