PARTE 2: OCHO DÍAS DESPUÉS RECORDÓ QUE TENÍA ESPOSA… PERO YO YA HABÍA ELEGIDO IRME

Daniel tardó varios segundos en responder.

—¿Qué significa eso?

—Exactamente lo que has oído.

Su voz cambió.

—Ava, deja el drama y vuelve a casa.

Ahí entendí que seguía sin comprender nada.

Para él, aquellos ocho días no habían sido abandono.

Habían sido un castigo.

Uno que yo debía aceptar hasta que él decidiera que había terminado.

—¿Dónde estuviste? —pregunté.

—Con unos amigos.

—Ocho días.

—Necesitaba espacio.

—¿Y yo no?

Silencio.

Después suspiró.

—¿Seguimos con lo del aeropuerto?

Cerré los ojos.

—No, Daniel. Ese es precisamente el problema. Tú crees que esto empezó en el aeropuerto.

Durante siete años yo había organizado nuestra vida alrededor de él.

Recordaba las citas médicas de su madre.

Compraba los regalos para su familia.

Preparaba comida cuando trabajaba hasta tarde.

Reprogramaba mis reuniones cuando necesitaba el coche.

Y cuando algo le molestaba, Daniel desaparecía.

Una noche.

Un fin de semana.

A veces tres días.

Después regresaba y esperaba encontrarme exactamente donde me había dejado.

Aquella noche en el aeropuerto solo había sido la primera vez que pude verlo con claridad.

—Voy a casa —dije—. Pero no por la cena.

Colgué.

Llegué una hora después.

Daniel estaba sentado frente a dos platos de comida ya fría.

Al verme, frunció el ceño.

—¿Por qué llegaste tan tarde?

Dejé las llaves sobre la mesa.

—¿Dónde estabas estos ocho días?

—Ya te dije que con amigos.

—¿Qué amigos?

—¿Ahora vas a interrogarme?

Lo miré.

—No. Solo quería comprobar si todavía ibas a convertir tus decisiones en culpa mía.

Se levantó.

—Te abandoné en el aeropuerto porque me humillaste.

Finalmente.

La razón.

—¿Cómo?

—Te llamé durante tu viaje y dijiste que estabas en una reunión. Luego vi una foto de tu empresa cenando con clientes. Había hombres en la mesa.

Me quedé mirándolo.

—¿Me dejaste sola a las diez de la noche porque cené con clientes?

—Podrías haberme avisado.

—Era un viaje de trabajo.

—Soy tu marido.

—Precisamente.

Me quité el anillo.

Lo puse junto a sus llaves.

Daniel dejó de hablar.

—¿Qué haces?

—Lo que debería haber hecho hace años.

Entonces vio las cajas.

Corrió al dormitorio.

Abrió el armario.

Su lado estaba vacío.

—¿Sacaste mis cosas?

—Están todas ahí. No he tirado nada.

—¿Quieres echarme de mi propia casa?

—El apartamento está alquilado a mi nombre desde antes de casarnos.

Se quedó inmóvil.

Nunca le había importado ese detalle porque siempre había dado por hecho que yo jamás le pediría que se fuera.

—Ava, estás exagerando por una pelea.

—No me estoy divorciando por una pelea.

—¿Divorciando?

La palabra pareció golpearlo.

—Me estoy divorciando porque llevamos años viviendo en un matrimonio donde tú puedes desaparecer cuando te enfadas y yo debo permanecer disponible hasta que decidas regresar.

Su expresión cambió.

Por primera vez apareció miedo.

—Podemos hablar.

Casi sonreí.

—Eso quería hacer aquella noche.

Daniel miró el anillo.

—Solo quería que entendieras que estaba enfadado.

—Lo entendí perfectamente.

—Entonces…

—También entendí que querías castigarme.

No gritó.

Se sentó.

—No pensé que te irías.

Aquella fue probablemente la frase más sincera que me había dicho.

—Lo sé.

No pensaba que pudiera irme.

Ese había sido el verdadero problema.

Dos semanas después presenté la solicitud de divorcio.

Daniel pasó de enfadarse a disculparse.

Después prometió cambiar.

Su madre me llamó.

—Los matrimonios tienen discusiones. ¿Vas a destruir siete años por ocho días?

Respondí:

—No fueron ocho días. Fueron siete años aprendiendo que sus silencios siempre importaban más que los míos.

El traslado internacional que había preguntado por impulso terminó convirtiéndose en una oferta real.

Singapur.

Un proyecto de dieciocho meses.

Antes habría rechazado inmediatamente algo así.

Esta vez acepté.

Daniel se enteró durante una de las reuniones relacionadas con nuestra separación.

—¿Te vas del país?

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

Lo miré durante unos segundos.

—Qué pregunta tan interesante viniendo de ti.

Bajó los ojos.

No volvió a insistir.

Meses después, el divorcio quedó terminado.

El día antes de mi vuelo, Daniel pidió verme una última vez.

Acepté un café.

Parecía cansado.

—He estado pensando en el aeropuerto —dijo.

Esperé.

—Cuando me fui, estaba seguro de que tomarías un taxi, volverías a casa y al día siguiente intentarías arreglar las cosas.

—Lo sé.

—Por eso apagué el teléfono.

Aquello dolió menos de lo que esperaba.

—Quería que te preocuparas —admitió—. Quería que sintieras que podías perderme.

Asentí.

—Funcionó.

Daniel levantó la mirada.

—¿Sí?

—Sí. Solo que descubrí que perderte no era lo que más miedo me daba.

Me levanté.

—Lo que me daba miedo era seguir viviendo así otros siete años.

Al día siguiente subí al avión con una maleta, un contrato nuevo y ningún anillo.

Cuando las puertas se cerraron, recordé aquella noche ocho meses atrás.

Yo sola frente al aeropuerto.

Esperando que un automóvil negro regresara.

No regresó.

Y terminó siendo una suerte.

Daniel me abandonó durante ocho días convencido de que yo estaría esperando cuando decidiera volver.

Lo que nunca imaginó fue que ocho días eran tiempo más que suficiente para que una mujer que llevaba siete años esperándolo descubriera que también sabía caminar en dirección contraria.

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