—Clara… no quiero que mi padre suba a ese coche.
—No subirá —respondió—. Pero necesito que tú llegues viva a las 2:30.
Inés colgó y activó la grabadora.
Después regresó al camarote y fingió estar peor de lo que realmente estaba.
A las 2:12, Álvaro entró.
—Cariño, ¿cómo estás?
—Mareada.
Él sonrió y le ofreció otro vaso.
—Bebe un poco.
Inés lo acercó a los labios, pero no tragó.
—Necesito aire.
La expresión de Álvaro cambió apenas un instante.
—Claro. Vamos a popa.
Exactamente como había planeado.
Inés dejó que la sostuviera.
Al pasar junto al salón vio a Mercedes y Ramón esperando con copas de champán.
Mercedes levantó la suya.
—Que descanses, hija.
Inés la miró.
—Gracias, mamá.
Mercedes sonrió.
Aquella sería la última vez que Inés la llamaría así.
Eran las 2:27 cuando llegaron a cubierta.
Álvaro miró su reloj.
Tres minutos.
Pero entonces las luces del yate se encendieron por completo.
El capitán apareció acompañado por dos tripulantes.
—Señor Santamaría, debemos regresar inmediatamente a puerto.
Álvaro se tensó.
—¿Por qué?
—Hemos recibido instrucciones relacionadas con una emergencia a bordo.
Mercedes salió detrás.
—¿Qué emergencia?
Inés dejó de fingir.
Se apartó de Álvaro y sostuvo el teléfono negro.
—Yo.
Nadie habló.
—Lo grabé todo.
Ramón palideció.
Álvaro intentó acercarse.
—Inés, estás confundida por los medicamentos.
Ella retrocedió.
—Entonces tendrás oportunidad de explicar por qué hablaste de dejar mi sandalia junto a la barandilla.
Mercedes soltó la copa.
El cristal se rompió.
El yate regresó a puerto, donde la situación quedó en manos de las autoridades correspondientes. Inés recibió atención médica y entregó las grabaciones y aquello que había conservado de lo que Álvaro le daba.
Pero Clara tenía otra noticia.
—Tu padre está bien.
Inés empezó a llorar por primera vez.
—¿El coche?
—Cancelado. Y nadie de su entorno utilizará los vehículos previstos para el jueves hasta que sean revisados.
Después llegó el golpe que Álvaro tampoco esperaba.
Las capitulaciones matrimoniales que tanto había presumido no le daban acceso al patrimonio Valcárcel.
Y el supuesto poder con la firma de Inés tampoco producía automáticamente el control que él imaginaba.
Ahora, además, estaba bajo revisión.
Gabriel llegó a Mallorca aquella misma mañana.
Cuando vio a su hija, no preguntó por el dinero.
La abrazó.
—Te dije que aquel teléfono era para cuando todo fallara.
Inés negó contra su hombro.
—No falló todo, papá.
—¿Qué quedó?
Ella levantó el pequeño móvil.
—Una salida.
Meses después, Inés inició una nueva etapa lejos de Álvaro mientras las investigaciones seguían su curso.
Mercedes intentó hacerle llegar una carta.
Inés nunca la abrió.
No necesitaba saber qué explicación podía ofrecer una mujer que había brindado mientras esperaba que su nuera no regresara del mar.
Álvaro había escogido las 2:30 porque creyó que aquella sería la hora en que Inés Valcárcel desaparecería.

Se equivocó.
A las 2:30 no terminó la vida de Inés.
Terminó la mentira en la que llevaba tres años viviendo.