PARTE 2: OCHO AÑOS TARDE

—Marcus Jiang, se acabó.

Por primera vez en ocho años, lo dije sin esperar que me detuviera.

Marcus miró el pasaporte en mi mano.

—¿A dónde vas?

—Lejos de ti.

Su expresión se endureció.

—Valeria, deja el pasaporte.

—No.

Elena apareció detrás de él.

—Señor Jiang, quizá debería dejarla ir. Está enfadada conmigo.

Marcus la miró.

—Vuelve a tu habitación.

Ella apretó los labios.

—Pero…

—Ahora.

Cuando desapareció, Marcus cerró la puerta.

—Sé buena —dijo, acercándose—. Ya no puedes irte.

Aquellas palabras alguna vez me habrían hecho sentir importante.

Esa noche solo me dieron frío.

—¿Por qué no?

—Porque todo Harbour City sabe que eres mi mujer.

Me reí.

—Excepto el registro civil.

Su rostro cambió.

Tomé mi maleta.

—Durante ocho años esperé que me eligieras públicamente. Hoy entendí que te convenía más tenerme esperando.

Pasé junto a él.

Marcus agarró mi muñeca.

—Dame tiempo.

Miré su mano.

—Te di ocho años.

Me soltó.

Y me fui.


Marcus creyó que regresaría.

A la mañana siguiente ordenó que prepararan mi desayuno.

Por la tarde preguntó si había llamado.

Al tercer día mandó gente a buscarme.

Para entonces yo ya estaba fuera del país.

No me llevé su dinero.

Tampoco el reloj.

Solo mis documentos y una copia de las cuentas de las empresas que yo misma había ayudado a organizar.

Antes de marcharme hice una última cosa.

Renuncié formalmente a todos mis cargos.

Por primera vez, Marcus tendría que administrar su imperio sin la mujer invisible que llevaba años manteniendo sus números en orden.

Duró once días antes de comprender lo que significaba mi ausencia.

Proveedores sin pagar.

Cuentas que nadie sabía conciliar.

Socios preguntando por contratos que solo yo conocía.

Marcus llamó treinta y siete veces.

Nunca contesté.

Entonces llegó un único mensaje:

“Me divorcié.”

Lo miré durante unos segundos.

Después bloqueé el número.

Ya no importaba.


En la cena, ocho años más tarde, descubrí que aquel mensaje había sido cierto.

Marcus se había divorciado de Elena el mismo día que confirmé mi salida del país.

También había devuelto el control de la zona oeste a otros dirigentes y pagado con su propio patrimonio el dinero que había sacado de nuestra cuenta.

Pero nada de eso me hizo sentir lo que él probablemente esperaba.

Porque reparar una puerta después de que alguien se marcha no significa que esa persona deba volver a cruzarla.

—Valeria.

Su voz me devolvió al presente.

Marcus estaba frente a mí.

—¿Podemos hablar?

Todos fingieron no escuchar.

Dejé mi copa.

—Cinco minutos.

Salimos a la terraza.

Harbour City brillaba debajo de nosotros.

Marcus permaneció en silencio unos segundos.

—Has cambiado.

—Era inevitable.

—Te busqué.

—Lo sé.

—Durante ocho años.

Lo miré.

—Yo también esperé ocho.

Eso lo hizo callar.

Sacó algo del bolsillo.

Mi viejo reloj.

El mismo que había dejado sobre la mesa aquella noche.

—Lo conservé.

No extendí la mano.

Marcus tragó saliva.

—Me divorcié el día que te fuiste.

—Me enteré.

Sus ojos se iluminaron apenas.

—Entonces sabes que Elena nunca significó…

—No termines esa frase.

Mi voz fue tranquila.

—Ese fue siempre tu error. Creías que el problema era si la amabas.

Marcus frunció el ceño.

—¿No lo era?

—No.

Me acerqué un paso.

—El problema era que me pediste que aceptara ser menos importante en mi propia vida para que tú pudieras sentirte como un héroe en la de otra persona.

Sus dedos se cerraron alrededor del reloj.

—Le debía la vida.

—Y yo te di ocho años de la mía.

Silencio.

—Gastaste nuestros ahorros sin preguntarme. La instalaste en nuestra casa. Permitiste que me llamara “la mujer del señor Jiang” mientras ella llevaba legalmente tu apellido.

Marcus bajó la mirada.

—Lo sé.

—Ahora lo sabes.

Él respiró profundamente.

—Dime qué tengo que hacer.

Aquella pregunta me habría destruido ocho años atrás.

Ahora solo me entristeció.

—Nada.

Marcus levantó la cabeza.

—¿Nada?

—No quiero castigarte. Tampoco quiero que sigas esperándome.

Por primera vez vi desaparecer completamente la seguridad de su rostro.

—¿Hay alguien más?

Sonreí ligeramente.

—Todavía piensas que para dejar de elegirte tuve que elegir a otro hombre.

No respondió.

—Me elegí a mí, Marcus.

Guardó silencio durante mucho tiempo.

Finalmente dejó el reloj sobre la mesa entre nosotros.

—Entonces supongo que esto tampoco te pertenece ya.

Lo miré.

—No.

Me di la vuelta.

—Valeria.

Me detuve.

—¿Alguna vez me amaste de verdad?

Cerré los ojos un instante.

—Ese nunca fue el problema.

Lo miré por última vez.

—Te amé tanto que esperé ocho años.

Una pausa.

—El problema fue que tú lo sabías.

Y aun así me pediste que esperara más.

Regresé al salón.

Marcus no me siguió.


A la mañana siguiente abandoné Harbour City.

Esta vez nadie intentó detenerme.

Antes de embarcar recibí un mensaje de un número desconocido.

Solo decía:

“Buen viaje, Valeria.”

Supe que era él.

No respondí.

Miré por la ventanilla cuando el avión comenzó a moverse.

Durante años imaginé que el final feliz sería Marcus corriendo detrás de mí, divorciándose de Elena y ofreciéndome finalmente aquel matrimonio que yo había pedido tres veces.

Pero algunas promesas pierden su valor cuando llegan demasiado tarde.

Marcus había pasado ocho años esperándome.

Yo había pasado ocho años esperándolo antes.

La diferencia era sencilla:

Cuando él finalmente estuvo preparado para elegirme…

yo ya había aprendido que no necesitaba seguir esperando.

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