PARTE 2: OCHO AÑOS DEMASIADO TARDE

Noah Sterling llegó a mi casa a las nueve de la mañana.

No trajo flores.

No hizo un discurso romántico.

Solo dejó una pequeña caja sobre la mesa y me preguntó:

—Amelia, ¿estás segura?

Lo miré sorprendida.

Ethan jamás me había preguntado qué quería yo.

Noah sí.

—Sí.

Entonces abrió la caja.

Dentro había un anillo sencillo y elegante.

—He esperado ocho años —dijo—. Puedo esperar más. No tienes que casarte conmigo para demostrarle nada a Ethan.

Aquellas palabras me hicieron comprender por qué nuestras familias llevaban años intentando acercarnos.

Noah no quería aprovechar mi corazón roto.

Quería que lo eligiera conscientemente.

—No necesito demostrarle nada —respondí—. Quiero empezar de nuevo.

Noah sonrió.

—Entonces empecemos despacio.

Tres semanas después, nuestras familias anunciaron oficialmente el compromiso.

Esa misma noche Ethan apareció frente a mi casa.

Solo.

Sin Sophia.

Tenía mi nueva invitación en la mano.

—¿Qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

—¿Vas a casarte con Noah Sterling?

—Sí.

Ethan soltó una risa incrédula.

—Amelia, deja de hacer esto para provocarme.

Lo miré durante varios segundos.

Todavía pensaba que todo giraba alrededor de él.

—¿Dónde está Sophia?

Su expresión cambió.

—Terminamos.

Casi sonreí.

—Qué rápido desapareció “la única de tu vida”.

—Cometí un error.

Dio un paso hacia mí.

—Pero tú también estás cometiendo uno. No amas a Noah.

—Tampoco necesito seguir amándote a ti.

Ethan quedó en silencio.

Entonces pronunció la frase que probablemente había imaginado que yo esperaría toda mi vida:

—Elige cancelar esto y me casaré contigo.

Ocho años atrás habría llorado de felicidad.

Aquella noche no sentí absolutamente nada.

—No, Ethan.

Su rostro perdió color.

—¿No?

—Durante ocho años esperé que me eligieras.

Miré la invitación arrugada entre sus dedos.

—El día que finalmente aprendí a elegirme a mí misma, dejaste de ser una opción.

La puerta se abrió detrás de mí.

Noah había llegado.

Ethan lo miró con rabia.

—¿Cuánto tiempo llevabas esperando esto?

Noah respondió tranquilamente:

—Ocho años.

Ethan se quedó inmóvil.

Noah añadió:

—La diferencia es que yo nunca necesité humillarla para comprobar si regresaría.

Ethan bajó la mirada.

Por primera vez comprendió que mientras él disfrutaba teniendo a una mujer esperando eternamente, alguien más había pasado esos mismos ocho años queriéndome sin exigirme nada.

Tomé la mano de Noah.

Ethan observó nuestros dedos entrelazados.

Exactamente como yo había observado aquella fotografía de él y Sophia.

Solo que esta vez no había una publicación diseñada para herir a nadie.

No necesitábamos público.

—Adiós, Ethan.

Cerré la puerta.

Meses después, el día de mi boda, recibí un único mensaje.

Era suyo.

“Si aquella noche te hubiera pedido que esperaras, ¿habrías vuelto?”

Lo leí.

Después bloqueé el número.

Noah me esperaba al final del pasillo.

Y mientras caminaba hacia él comprendí algo que me había costado ocho años aprender:

El hombre correcto no era aquel al que debía perseguir para que finalmente me eligiera.

Era aquel que, incluso después de esperar años, todavía me preguntó primero:

“¿Estás segura?”

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