Me arrodillé para recoger el relicario.
Las manos me temblaban tanto que apenas conseguí cerrarlo.
Lucy seguía mirándome.
—Mariana, ¿qué ocurre?
Escuchar mi nombre en su voz provocó algo extraño dentro de mí.
Un recuerdo.
Una mujer peinándome frente a un espejo.
Una canción susurrada antes de dormir.
Y aquella misma voz diciéndome:
—Cuando tengas miedo, busca la luna.
Me quedé helada.
—¿Qué acabas de decir?
Lucy frunció el ceño.
—Solo pregunté qué ocurre.
Me acerqué lentamente.
—¿Alguna vez has visto esto?
Abrí el relicario.
Lucy observó la fotografía.
Su rostro cambió.
—No lo sé.
Pero levantó una mano hacia su pecho como si respirar le costara.
—Esa niña…
—Soy yo.
Se quedó inmóvil.
Señalé a la mujer de la fotografía.
—Y ella era mi madre.
Lucy cerró los ojos.
—No recuerdo.
—Desapareció cuando yo tenía dieciséis años.
Mi voz se quebró.
—Todos dijeron que probablemente había muerto.
Lucy comenzó a llorar sin entender por qué.
Entonces llamé a Alejandro.
Entró apenas un minuto después.
Al vernos, no pareció sorprendido.
Eso fue lo primero que noté.
—Tú lo sabías —dije.
Alejandro cerró la puerta.
—Lo sospechaba.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres días.
Sentí que la rabia reemplazaba al impacto.
—¿Y por eso la trajiste aquí?
Asintió.
—Encontré algo cuando investigué su identidad.
Sacó el teléfono.
Era una fotografía antigua de mi madre.
La misma sonrisa.
Los mismos ojos.
—¿Por qué no me dijiste nada?
—Porque necesitaba saber qué harías antes de conocer la verdad.
Lo miré sin comprender.
Alejandro señaló los guantes abandonados junto a la bañera.
Sentí vergüenza.
—¿Esto era una prueba?
—No exactamente.
Su expresión estaba seria.
—Pero alguien lleva veinte años asegurándose de que Lucy no recuerde quién es.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Qué quieres decir?
Alejandro explicó que había contratado a un investigador después de escuchar la historia de Lucy.
Habían encontrado registros de refugios, hospitales y centros comunitarios.
Durante casi dos décadas, Lucy había aparecido y desaparecido de diferentes instituciones.
Pero siempre ocurría lo mismo.
Cada vez que alguien intentaba identificarla, aparecía una persona asegurando que no tenía familiares.
—¿Quién?
Alejandro me entregó una hoja.
El nombre me resultaba conocido.
Thomas Keller.
—No puede ser.
Era el antiguo abogado de mi padre.
El hombre que había administrado todo después de la desaparición de mamá.
Lucy comenzó a respirar más rápido.
—Keller…
Todos la miramos.
—¿Lo recuerdas? —pregunté.
Ella presionó los dedos contra la sien.
—Una oficina.
Su voz apenas era audible.
—Había documentos.
Después me miró.
—Y una niña.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo?
Lucy negó lentamente.
—No.
Aquello me confundió.
—Entonces, ¿quién?
Antes de que pudiera responder, Alejandro recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Su rostro se endureció.
—Entiendo. No toquen nada.
Colgó.
—¿Qué pasó?
—Mi investigador encontró el expediente sucesorio de tu madre.
—¿Expediente sucesorio?
—Fue declarada legalmente fallecida siete años después de desaparecer.
Eso ya lo sabía.
Lo que no sabía era lo siguiente.
—Mariana, tu madre poseía acciones de una empresa inmobiliaria que hoy valdrían decenas de millones.
Lo miré fijamente.
—Nunca heredé acciones.
—Porque oficialmente las heredó tu padre.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi padre había muerto hacía seis años.
Durante toda mi adolescencia me dijo que mamá nos había abandonado.
Después afirmó que probablemente había sufrido un accidente.
Jamás mencionó una herencia.
Lucy comenzó a murmurar algo.
Me acerqué.
—¿Qué dijiste?
—No debía firmarlo.
—¿Firmar qué?
Sus ojos se llenaron de miedo.
—Él quería que firmara.
Alejandro se agachó frente a ella.
—¿Quién?
Lucy miró hacia la ventana.
—No recuerdo su cara.
Entonces sonó el timbre de la casa.
Una vez.
Dos.
Tres.
Alejandro consultó las cámaras desde su teléfono.
Y perdió el color.
—Mariana, lleva a Lucy al dormitorio y cierra la puerta.
—¿Quién está afuera?
No respondió.
Le quité el teléfono.
En la pantalla había un hombre de unos sesenta años esperando frente a nuestra entrada.
Lo reconocí inmediatamente.
Thomas Keller.
El abogado que supuestamente llevaba años retirado en Florida.
Lucy vio la pantalla por encima de mi hombro.
Soltó un pequeño grito.
Y entonces ocurrió algo todavía peor.
Pronunció un nombre.
No el de Keller.
—David.
Me quedé inmóvil.
David era el nombre de mi padre.
—Mamá —susurré—, papá murió hace seis años.
Lucy me miró con una claridad que no había tenido hasta ese momento.
—No.
Agarró mi muñeca.

—Ese no era tu padre.
Y desde abajo, Thomas Keller comenzó a golpear nuestra puerta.