PARTE 2: NO VOLVERÍA ATRÁS

Dormí hasta pasado el mediodía.

Cuando abrí los ojos, durante unos segundos no recordé dónde estaba.

El techo era blanco.

Las cortinas eran de un gris claro.

Sobre el escritorio había una lámpara, varios cuadernos nuevos y un vaso de agua.

Nada se parecía a mi antigua habitación.

Allí, el escritorio estaba cubierto por los pañales y la ropa de mi hermanito.

Mis libros habían acabado amontonados debajo de la cama.

Aquí, en cambio, todo estaba en orden.

Me incorporé lentamente.

En la puerta había una nota escrita con letra firme:

«La comida está en la nevera. Caliéntala tú misma.
A las tres iremos a ver la escuela.
—Su Min»

Miré la hora.

Las dos y veinte.

Me levanté de inmediato.


En la sala de estar, mi tío Fang Jinnian estaba sentado frente al ordenador.

Había varias tazas de café vacías sobre la mesa.

Al verme salir, levantó la cabeza.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

—Entonces come algo.

Abrió la nevera y sacó un recipiente.

Dentro había arroz, verduras y costillas estofadas.

—Tu tía lo preparó antes de irse a la oficina.

Me quedé inmóvil.

—¿Ella cocinó?

Mi tío soltó una risa.

—No pongas esa cara.

—Es estricta, pero no es de piedra.

Bajé la cabeza.

Durante muchos años, nadie había preparado una comida pensando específicamente en mí.

En casa, Zhao Lihua siempre cocinaba según los gustos de mi padre.

Después de que naciera mi hermanito, toda la comida giraba alrededor de lo que ella necesitaba para recuperarse.

Si quedaba algo, yo podía comerlo.

Si no quedaba…

Me preparaba fideos instantáneos.

Mi tío me observó durante unos segundos.

—Luoxi.

Levanté la vista.

—No tienes que sentir que nos debes algo por cada plato de comida.

Su tono era tranquilo.

—Solo necesitas recordar que estás aquí para estudiar.

—El resto lo hablaremos poco a poco.

Asentí.

Pero la comida se me quedó atrapada en la garganta.


A las tres en punto, Su Min regresó.

Se había cambiado los tacones por zapatos planos.

Llevaba una carpeta bajo el brazo.

—Vamos.

No preguntó si estaba preparada.

Parecía asumir que debía estarlo.

Subimos al coche.

Durante el trayecto me entregó varios documentos.

—Esta es la información de tres institutos.

—El primero tiene buenos profesores, pero la competencia es feroz.

—El segundo tiene una tasa de admisión universitaria alta, aunque está lejos de casa.

—El tercero es privado y más flexible, pero la matrícula es cara.

Pasé las páginas con cuidado.

—¿Cuál cree que debería elegir?

Su Min no respondió de inmediato.

—No importa cuál elegiría yo.

—Importa a cuál puedes entrar tú.

Sentí que me ardían las mejillas.

—Entiendo.

—No, todavía no.

Me lanzó una breve mirada.

—Hasta ahora, otros siempre han decidido por ti.

—Tu padre.

—Tu madrastra.

—Incluso tu madre, al desaparecer de tu vida.

Sus palabras eran duras, pero no crueles.

—A partir de ahora tendrás que aprender a elegir.

—Y también a asumir las consecuencias.

Apreté la carpeta contra mis rodillas.

—Quiero intentar entrar en el primero.

—¿Por qué?

—Porque tiene el mejor programa de ciencias.

—¿Quieres estudiar ciencias?

—Sí.

—¿Qué carrera?

Dudé.

En casa nunca me habían preguntado eso.

Mi padre solo decía que estudiar demasiado no servía para una mujer.

Zhao Lihua aseguraba que sería mejor aprender contabilidad básica y buscar trabajo pronto.

Tragué saliva.

—Quiero estudiar medicina.

Por primera vez, Su Min me miró durante varios segundos.

—¿Lo has pensado bien?

—Sí.

—Es una carrera larga.

—Lo sé.

—Difícil.

—También lo sé.

—Y muy cara.

Apreté los dedos.

—Puedo solicitar becas.

Ella volvió la vista hacia la carretera.

—Bien.

Solo dijo una palabra.

Pero para mí fue suficiente.

No se rió.

No dijo que era imposible.

No dijo que una chica como yo no tenía derecho a soñar con algo así.


El examen de admisión sería una semana después.

Durante esos siete días apenas salí de casa.

Me levantaba a las seis de la mañana.

Estudiaba matemáticas, chino, inglés y ciencias.

Por la tarde hacía simulacros.

Por la noche corregía errores.

Su Min nunca se sentaba a vigilarme.

Tampoco me preguntaba cada hora cuánto había avanzado.

Pero todos los días, al volver del trabajo, dejaba sobre mi escritorio alguna cosa.

Un libro de ejercicios.

Una lámpara mejor.

Una caja de bolígrafos.

Una vez incluso dejó una pequeña nota:

«Tu método para resolver el problema 17 es demasiado lento. Busca otra forma.»

Me sorprendió que hubiera revisado mis ejercicios.

Cuando fui a preguntarle, estaba preparando café en la cocina.

—Tía, ¿usted entiende matemáticas?

—Estudié auditoría.

—Claro que entiendo matemáticas.

—Pero ese problema era de física.

Ella tomó un sorbo de café.

—Tu tío me lo explicó.

Desde el salón, Fang Jinnian gritó:

—¡Solo después de verlo durante media hora!

Su Min cerró la puerta de la cocina.

—No le hagas caso.

Por primera vez desde que salí de casa, me reí.


Mi padre comenzó a llamar cada día.

Al principio gritaba.

—¡Vuelve inmediatamente!

Después amenazó.

—¡Si no regresas, borraré tu nombre del registro familiar!

Más tarde cambió de tono.

—Luoxi, tu hermanito todavía es pequeño. En casa necesitamos ayuda.

No respondí a ninguna llamada.

Hasta la víspera del examen.

Aquella noche, me envió una fotografía.

Era mi escritorio antiguo.

Mis cuadernos estaban tirados en el suelo.

Encima había una frase:

«Si mañana no vuelves, lo quemaré todo.»

Sentí que me faltaba el aire.

Entre aquellos materiales había apuntes que había preparado durante años.

Cuadernos llenos de correcciones.

Premios escolares.

Cartas de profesores.

Era prácticamente toda mi juventud.

Me puse de pie de golpe.

Su Min levantó la vista desde el sofá.

—¿Qué ocurre?

Le mostré la pantalla.

Leyó el mensaje sin cambiar de expresión.

—¿Quieres volver?

Me quedé en silencio.

Una parte de mí quería correr hasta aquella casa.

Recoger cada cuaderno.

Salvar cada recuerdo.

Pero si volvía…

Mi padre no me dejaría salir una segunda vez.

Su Min dejó el ordenador a un lado.

—Respóndeme.

—¿Quieres volver?

Negué lentamente con la cabeza.

—No.

—Entonces no vuelvas.

—Pero mis apuntes…

—Puedes rehacerlos.

—Mis certificados…

—Se pueden solicitar copias.

—Mis recuerdos…

Su Min me miró directamente.

—Los recuerdos no desaparecen porque alguien queme papel.

Se levantó y tomó mi teléfono.

—Y si destruye tus documentos personales, tendrá que responder por ello.

Marcó el número de mi padre.

La llamada fue contestada enseguida.

—¡Luoxi! ¿Por fin sabes contestar?

Su Min habló con una calma helada.

—Soy Su Min.

Al otro lado hubo un breve silencio.

—¿Dónde está mi hija?

—Preparándose para un examen.

—¡Es asunto de nuestra familia! ¡No se meta!

—Desde el momento en que intentó obligar a una menor a abandonar los estudios para trabajar, dejó de ser únicamente un asunto familiar.

Mi padre soltó una risa burlona.

—¿Y usted quién se cree que es?

—La persona que ha guardado todas sus amenazas.

Su Min abrió en su ordenador una carpeta llena de capturas de pantalla y grabaciones.

—Mensajes.

—Audios.

—Fotografías.

—Y el billete que compró para enviarla a trabajar sin su consentimiento.

Su voz no subió ni un solo tono.

—Si toca sus documentos o intenta llevársela por la fuerza, mañana mismo presentaré una denuncia.

Mi padre guardó silencio.

Su Min continuó:

—Además, ya he consultado con la escuela y con un abogado especializado en protección de menores.

—Luoxi seguirá estudiando.

—Esto no está abierto a discusión.

Después colgó.

Me quedé mirándola.

—¿De verdad habló con un abogado?

—Sí.

—¿Cuándo?

—El día que te recogí.

Me quedé sin palabras.

Ella devolvió el teléfono a mis manos.

—Te dije que yo me ocuparía de tu padre.

—Tú solo debes estudiar.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

No de dolor.

Sino de alivio.

Durante tantos años había tenido que defenderme sola.

Cada vez que intentaba decir que algo era injusto, todos me acusaban de ser desobediente.

Aquella era la primera vez que un adulto se colocaba delante de mí y decía:

“Yo me encargo.”

Bajé la cabeza rápidamente.

No quería que viera mis lágrimas.

Su Min ya se había vuelto hacia el sofá.

—Ve a dormir.

—Mañana tienes un examen.

—Tía…

Se detuvo.

—Gracias.

No se giró.

Solo respondió:

—Aprueba primero.


El día del examen llovía.

Su Min me llevó personalmente a la escuela.

Antes de bajar del coche, me entregó un paraguas.

—No voy a decirte que no te pongas nerviosa.

—Es normal estar nerviosa.

—Solo recuerda que una prueba no decide toda tu vida.

Asentí.

—Pero sí puede abrir una puerta.

Ella arqueó ligeramente una ceja.

—Entonces ábrela.

Entré al edificio con el corazón latiendo con fuerza.

Durante las siguientes tres horas, no pensé en mi padre.

Ni en Zhao Lihua.

Ni en el billete de trabajo.

Solo pensé en cada pregunta frente a mí.

Cuando terminé, salí bajo la lluvia.

Su Min seguía esperando en el coche.

No preguntó cómo me había ido.

Me entregó una bebida caliente.

—Vamos a casa.

Tres días después llegaron los resultados.

Primer lugar entre todos los aspirantes.

No solo había aprobado.

También había obtenido una beca completa.

Me quedé mirando la pantalla sin poder respirar.

Mi tío soltó un grito desde el salón.

—¡Lo sabía!

Me abrazó con tanta fuerza que casi me levantó del suelo.

Su Min estaba junto a la mesa.

No gritó.

No sonrió demasiado.

Solo tomó el documento de admisión, lo leyó y dijo:

—Bien.

Pero cuando se dio la vuelta, vi claramente cómo se limpiaba una lágrima de la comisura del ojo.


Aquella misma tarde, mi padre apareció en la puerta.

Golpeó con tanta fuerza que todo el pasillo resonó.

—¡Fang Jinnian! ¡Abre!

Mi tío salió del despacho con el rostro tenso.

Su Min fue más rápida.

Abrió la puerta, pero no le permitió entrar.

Mi padre estaba rojo de ira.

Zhao Lihua esperaba detrás de él con mi hermanito en brazos.

—Luoxi, recoge tus cosas.

—Vuelves a casa conmigo.

Me quedé inmóvil al fondo del pasillo.

Mi padre me señaló.

—Ya has causado suficientes problemas.

—Tu madrastra no puede cuidar sola al bebé.

—En la fábrica ya te han reservado el puesto.

—Empiezas el lunes.

Sentí que el miedo antiguo regresaba.

Pero antes de que pudiera responder, Su Min colocó una hoja frente a él.

—Su hija acaba de ser admitida en uno de los mejores institutos de la ciudad.

—Tiene una beca completa.

Mi padre ni siquiera miró el documento.

—No me importa.

—Soy su padre.

—Yo decido.

Su Min sonrió con frialdad.

—No.

—Usted decidió abandonarla.

El rostro de mi padre se deformó.

—¡¿Qué tontería está diciendo?!

—La obligó a dejar los estudios.

—La amenazó.

—Intentó enviarla a trabajar siendo menor.

—Y ahora ha venido para convertirla en niñera gratuita de su hijo.

Cada frase golpeó con precisión.

Zhao Lihua intervino apresuradamente.

—No lo diga de una forma tan desagradable. Somos una familia.

Su Min la miró.

—Entonces cuide usted misma a su hijo.

Zhao Lihua palideció.

Mi padre intentó avanzar, pero mi tío se colocó frente a él.

—Hermano.

Su voz ya no era amable.

—Luoxi no volverá contigo.

—¿También vas a desafiarme?

—No.

Fang Jinnian negó con la cabeza.

—Voy a proteger a mi sobrina.

El pasillo quedó en silencio.

Mi padre me miró fijamente.

—Luoxi.

—Te daré una última oportunidad.

—Si hoy no vuelves, no vuelvas nunca más.

Aquellas mismas palabras ya me las había dicho por teléfono.

Entonces me hicieron llorar.

Ahora, en cambio, solo sentí una calma extraña.

Caminé hasta la puerta.

Lo miré directamente.

—Está bien.

Mi padre se quedó paralizado.

—¿Qué?

—No volveré.

Mi voz no tembló.

—Voy a estudiar.

—Voy a entrar en la universidad.

—Y voy a vivir una vida que usted nunca pudo decidir por mí.

Su rostro perdió el color.

Quizá esperaba que suplicara.

Que me arrodillara.

Que tuviera miedo de perder a mi familia.

Pero aquella noche, mirando a mi tío y a Su Min de pie a mi lado, comprendí algo.

Una familia no era el lugar donde te obligaban a renunciar a tu futuro.

Era el lugar donde alguien protegía la puerta para que pudieras atravesarla.

Mi padre abrió la boca, pero no encontró palabras.

Su Min cerró lentamente la puerta frente a él.

El sonido de la cerradura resonó en el pasillo.

Esta vez…

No fue el sonido de una prisión.

Fue el sonido de mi libertad.

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