Dieciocho días después, Lucas recibió la notificación.
Entró en casa con el documento apretado entre los dedos.
—¿Qué significa esto?
Yo estaba cerrando mi última maleta.
—Exactamente lo que dice.
—¿Divorcio?
Soltó una risa incrédula.
—Isabel, aquel papel lo escribí borracho hace tres años.
—Pero lo firmaste.
—¡Porque estaba enfadado!
Lo miré con calma.
—Entonces deberías haber pensado mejor qué firmabas.
Lucas observó las cajas.
Por primera vez comprendió que no estaba intentando asustarlo.
Realmente me iba.
—¿Es por Clara?
—No.
Aquella respuesta pareció dolerle más.
—Entonces ¿por quién?
Sus ojos descendieron hacia mi mano.
Hacia el anillo de plata.
—¿Por el hombre que te dio eso?
No respondí.
Lucas avanzó.
—¿Quién es?
—El hombre que volvió por mí.
Se quedó inmóvil.
La frase cayó entre nosotros como una piedra.
—Cuando ocurrió la avalancha —continué—, tú decidiste que yo podía esperar.
Mi voz no tembló.
—Él decidió que no.
Lucas palideció.
—Regresé por ti.
—Dos horas después.
—¡Porque Clara estaba atrapada!
—Y yo también.
Silencio.
Entonces sonó el timbre.
Abrí la puerta.
Un hombre vestido con traje oscuro esperaba en el pasillo.
No era Adrian Blackwood.
—Señora Salazar, soy Marcus Hale, abogado de Blackwood Holdings.
Lucas frunció el ceño.
—¿Blackwood?
Marcus me entregó una carpeta.
—El señor Blackwood pidió que le entregara esto personalmente.
Dentro había informes sobre la operación de rescate.
Fotografías.
Registros de radio.
Y una declaración que hizo que mis manos se detuvieran.
—¿Qué es? —preguntó Lucas.
Levanté la vista.
—La avalancha no fue la primera vez que Adrian estuvo allí.
Marcus asintió.
—El señor Blackwood había llegado a la zona dos días antes para revisar un proyecto de infraestructura.
Luego sacó una fotografía.
En ella aparecía Adrian hablando con varios oficiales.
Uno era Lucas.
—Yo no recuerdo esto —dijo Lucas.
—Debería —respondió Marcus—. El señor Blackwood advirtió que aquella ladera presentaba señales de inestabilidad y recomendó restringir el acceso civil hasta una evaluación adicional.
Lucas tomó la fotografía.
—Eso nunca llegó a mi despacho.
—Precisamente.
Marcus abrió otro documento.
La advertencia había sido recibida oficialmente.
Después alguien la archivó como “riesgo no urgente”.
La autorización electrónica pertenecía a la oficina de Lucas.
Su rostro cambió.
—Yo jamás aprobé esto.
Entonces vimos el nombre del funcionario que había abierto el informe antes de archivarlo.
Clara Medina.
Lucas dejó de respirar.
—Eso es imposible. Clara no tiene autoridad para…
—Pero tenía acceso a su oficina —dije.
Recordé todas aquellas veces que Lucas le permitía entrar libremente.
Recoger documentos.
Esperarlo.
Usar su teléfono.
Porque era “familia”.
Marcus me entregó un segundo sobre.
—Hay algo más que el señor Blackwood cree que usted debe saber.
Dentro había una fotografía tomada minutos antes del desastre.
Clara aparecía cerca del acceso restringido.
Y no estaba sola.
Hablaba con un hombre que yo reconocí inmediatamente.
El coronel Esteban Romero.
El padre de Lucas.
En el reverso había una hora escrita.
Lucas la leyó tres veces.
—Mi padre dijo que aquel día estaba en Haven City.
Marcus negó.
—No.
Luego me miró.
—Y el señor Blackwood tampoco la encontró por casualidad, señora Salazar.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Qué significa eso?
Una voz respondió desde el pasillo.
—Significa que llevaba horas buscándote.
Adrian Blackwood estaba allí.
Sus ojos bajaron hasta el anillo de mi dedo.
Después miró a Lucas.
—Porque cuando descubrí que habían ignorado mi advertencia, supe exactamente quién había quedado atrapada en aquella montaña.
Lo miré fijamente.
—¿Cómo sabías quién era yo?
Adrian guardó silencio unos segundos.
Luego sacó de su abrigo una fotografía vieja.
En ella aparecíamos dos niños frente a una casa de Haven City.
Uno era él.
La otra era yo.
Y en el reverso, con la letra de mi madre, había una frase:

“Adrian e Isabel. Promesa entre las familias.”
Entonces comprendí que el hombre que me había sacado del lodo no era realmente un desconocido.
Era alguien que llevaba muchos más años buscándome de los que yo podía recordar.