Adrián leyó el mensaje una sola vez.
No respondió.
Regresó al hospital y encontró a Valeria exactamente como aparecía en la fotografía.
Eso significaba que quien había enviado la amenaza estaba dentro.
Llamó a Robles.
—Han comprometido el hospital.
—¿Quiere extracción?
—Primero encuentre al fotógrafo.
Doce minutos después, Robles llamó.
—La imagen salió del teléfono de un guardia de seguridad. Pero hay algo peor. Recibió quinientos mil pesos esta tarde.
—¿De Montalvo?
—No.
Adrián guardó silencio.
—El dinero salió de una empresa vinculada al Instituto Metropolitano.
Aquello cambiaba todo.
Antes del amanecer, Valeria fue trasladada discretamente a una clínica militar bajo otro nombre.
Solo entonces Adrián revisó su mochila.
Encontró la memoria escondida dentro del forro.
El dispositivo contenía archivos del profesor Luna: análisis químicos, fotografías y pagos relacionados con un proyecto universitario financiado por las familias Montalvo, Barragán y Villaseñor.
Pero había un video.
Joaquín Luna aparecía frente a una cámara.
—Si alguien está viendo esto, probablemente ya estoy muerto.
Adrián se inclinó hacia la pantalla.
—Descubrí que están utilizando mi laboratorio para falsificar resultados de seguridad de materiales empleados en obras públicas.
Mostró varios documentos.
—Valeria encontró las inconsistencias. Le pedí que guardara una copia porque confiaba en ella.
El profesor respiró profundamente.
—Los tres muchachos no dirigen nada. Solo son hijos arrogantes utilizados para intimidar.
Entonces pronunció un nombre.
Adrián quedó inmóvil.
Ramiro Casas.
El investigador que había visitado el hospital.
A las ocho de la mañana, Mauricio Montalvo llegó a su oficina.
Encontró a Sebastián esperándolo.
—Papá, ¿ya solucionaste lo de esa chica?
Mauricio cerró la puerta.
—¿Dónde está la memoria?
—No la encontramos.
—¿Entonces para qué demonios la golpearon?
Sebastián palideció.
—Ramiro dijo que solo debíamos asustarla.
La puerta se abrió.
Ramiro entró furioso.
—Valeria desapareció del hospital.
Mauricio lo miró.
—¿Qué?
—Y el padre tampoco está.
Por primera vez, Ramiro parecía realmente preocupado.
—Investigamos a Adrián Salgado.
—¿Y?
Ramiro dejó una carpeta vacía sobre la mesa.
—Ese es el problema.
—¿Una carpeta vacía?
—Diecinueve años de su vida militar están clasificados.
Sebastián soltó una risa nerviosa.
—¿Y qué? Es un viejo soldado.
Ramiro lo miró.
—Anoche intenté acceder a su expediente.
—¿Qué encontraste?
—Cinco minutos después recibí una llamada de Ciudad de México ordenándome dejar de buscar.
Nadie volvió a reír.
Mientras tanto, Adrián estaba sentado frente a Robles.
Sobre la mesa había fotografías, transferencias y registros recuperados de las cámaras que supuestamente habían “fallado”.
Una grabación mostraba claramente a Sebastián, Rodrigo e Iker siguiendo a Valeria hacia el laboratorio.
Otra mostraba a Ramiro entrando al cuarto de seguridad minutos después.
—Tenemos suficiente para hundirlos —dijo Robles.
Adrián negó.
—A los muchachos, sí.
Señaló el video de Luna.
—Pero quiero al hombre que ordenó matar al profesor.
Robles colocó entonces una última fotografía frente a él.
—Creo que ya lo encontramos.
Adrián la observó.
Mauricio Montalvo aparecía reuniéndose con Ramiro.
Pero había una tercera persona.
Una mujer.
Adrián reconoció inmediatamente su rostro.
La senadora Barragán.
Madre de Rodrigo.
Robles bajó la voz.
—Ella utilizó sus contactos para bloquear la investigación sobre Luna.
Adrián tomó la memoria.
—Entonces no querían proteger a tres hijos ricos.
—No.
Robles señaló los documentos.
—Querían proteger una red que lleva años robando dinero público.
El teléfono de Adrián vibró.
Un mensaje de número desconocido.
Sabemos dónde escondió a Valeria.
Segundos después llegó otro.
Esta vez no enviaremos estudiantes.
Adrián levantó la mirada hacia Robles.
—Ahora sí.

—¿Ahora sí qué?
La expresión del antiguo coronel se volvió de piedra.
—Active Niebla.
Pero no para vengarse.
Para entregar cada prueba antes de que alguien pudiera volver a borrarla.