PARTE 2: MI PADRE LO SABÍA

La carta temblaba entre mis dedos.

Volví a leer aquella primera frase bajo la sombra de los cipreses.

«Hijo, si estás leyendo esto, Reagan ya ha empezado a mentirte».

Sentí que el aire me faltaba.

—¿Cuándo te entregó esto mi padre? —pregunté al sepulturero.

El anciano miró alrededor antes de responder.

—Seis meses antes de que Reagan anunciara su muerte. Vino solo. Parecía asustado.

—¿Asustado de qué?

—No me lo dijo. Solo me hizo prometer que guardaría el sobre hasta que tú aparecieras.

Bajé la mirada hacia la llave.

ALMACÉN 108.

Seguí leyendo.

«No confíes en Reagan. No confíes en Carter. Y, sobre todo, no creas nada sobre mi muerte hasta que abras el almacén 108. Allí encontrarás lo que intenté descubrir demasiado tarde.»

Más abajo había una dirección.

Guardé la carta inmediatamente.

—¿Mi padre estaba enfermo?

El sepulturero tardó demasiado en contestar.

—La última vez que lo vi, caminaba perfectamente y no parecía un hombre al que le quedaran pocos meses de vida.

Aquello me golpeó con más fuerza que cualquier cosa que Reagan hubiera dicho.

Una hora después estaba frente a un viejo complejo de almacenes en las afueras de Silver Lake.

El número 108 se encontraba al final de un pasillo estrecho.

Introduje la llave.

Giró.

Dentro no había dinero.

Ni joyas.

Había cajas.

Documentos.

Fotografías.

Y una pequeña grabadora sobre una mesa.

Presioné el botón.

La voz de mi padre llenó la habitación.

—Finnley, si estás escuchando esto, significa que no conseguí sacarte de prisión a tiempo.

Tuve que apoyarme contra la pared.

Era él.

La voz que había esperado escuchar durante tres años.

—Descubrí quién transfirió el dinero de la empresa —continuó—. Utilizaron tus credenciales, pero tú no hiciste esas transferencias.

Cerré los ojos.

Por primera vez alguien decía en voz alta lo que llevaba años intentando demostrar.

Entonces escuché algo todavía peor.

—Carter tenía deudas enormes. Pero no actuó solo.

Silencio.

Después:

—Reagan lo ayudó.

Sentí cómo la rabia me quemaba el pecho.

Ellos me habían quitado tres años.

Mi reputación.

Y quizá también a mi padre.

La grabación continuó.

—Encontré documentos suficientes para demostrarlo. Pero cuando Reagan descubrió que estaba investigando, empezó a controlar mis cuentas, mis llamadas y hasta mis medicamentos. Por eso escondí todo aquí.

Miré las cajas.

Había estados bancarios, copias de correos electrónicos y fotografías de Carter reuniéndose con alguien que reconocí inmediatamente.

Era Malcolm Voss.

El antiguo contador de la empresa.

El hombre que había declarado contra mí durante el juicio.

Entonces la grabadora hizo un clic.

Pensé que había terminado.

Pero la voz de mi padre regresó.

Mucho más baja.

—Hay una última cosa que debes saber.

Contuve la respiración.

—Si Reagan te dice que estoy muerto… exige ver mi certificado de defunción original.

Fruncí el ceño.

—Porque cuando grabé esto, descubrí que alguien ya había solicitado documentos para declarar oficialmente mi muerte.

La grabación terminó.

Me quedé inmóvil.

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

La puerta del almacén estaba abierta.

Una silueta permanecía al otro lado del pasillo.

—Finnley Dennis —dijo una voz masculina—. Tu padre tenía razón. Tardaste demasiado en venir.

—¿Quién eres?

El desconocido dio un paso hacia la luz.

Lo reconocí.

Malcolm Voss.

El hombre cuyo testimonio me había enviado a prisión.

Pero ahora estaba pálido y nervioso.

—Yo mentí durante tu juicio —dijo.

Apreté los puños.

—Entonces dame una razón para no llamar a la policía ahora mismo.

Malcolm sacó lentamente un teléfono del bolsillo.

—Porque tengo algo mucho más importante que tu inocencia.

Me mostró una fotografía tomada apenas tres semanas atrás.

Sentí que el corazón se me detenía.

En ella aparecía un hombre entrando en una pequeña clínica privada.

Cabello gris.

Hombros ligeramente encorvados.

El mismo reloj antiguo en la muñeca izquierda.

Mi padre.

Miré a Malcolm sin poder pronunciar palabra.

Él bajó aún más la voz.

—Camden Dennis no está enterrado en Pinecrest, Finnley.

Hizo una pausa.

—Porque tu padre podría seguir vivo.

Y antes de que pudiera preguntarle dónde estaba, escuchamos el sonido de un automóvil frenando frente al edificio.

Malcolm miró hacia la entrada y perdió el color del rostro.

—Escóndete.

—¿Quién viene?

Me agarró del brazo.

—La persona que lleva tres años asegurándose de que nunca descubras la verdad.

Entonces escuché unos pasos acercándose al almacén 108.

Y una voz que conocía perfectamente dijo desde el pasillo:

—Finnley… sé que estás ahí.

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