Mauricio dio dos pasos dentro de mi oficina y se detuvo en seco.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Sus ojos pasaron de mí a Mateo, luego a Nico, y finalmente al sobre abierto sobre mi escritorio.
Durante apenas un segundo vi algo que jamás le había visto.
Miedo.
—Adrián… —dijo con una calma demasiado ensayada—. ¿Qué hacen esos niños aquí?
Mateo se escondió detrás de mi silla.
Nico sujetó con fuerza mi mano.
—Es él —susurró casi sin voz—. Mamá decía que no habláramos con él.
Aquellas palabras cayeron como un martillo.
Mauricio intentó sonreírles.
—Hola, campeones. No tengan miedo. Soy…
—No des un paso más.
Mi voz hizo que incluso Clara levantara la vista.
Nunca le había hablado así a mi propio hermano.
Mauricio soltó una risa nerviosa.
—¿Qué demonios está pasando?
Le lancé la carta de Valeria.
Cayó abierta frente a sus zapatos.
Él apenas leyó las primeras líneas.
No necesitó más.
Su expresión confirmó todo.
—¿Cuánto tiempo pensabas seguir mintiéndome? —pregunté.
—No sé de qué hablas.
Julia Navarro intervino.
—Le recomiendo responder con cuidado. Esta conversación está siendo grabada.
Mauricio giró lentamente hacia la abogada.
—¿Una abogada? ¿En serio?
Después me miró otra vez.
—Adrián, estás dejando que una mujer desaparecida manipule tu cabeza.
Saqué del cajón los brazaletes del hospital.
Luego las fotografías.
Después el expediente judicial.
Finalmente coloqué sobre el escritorio el convenio con mi firma falsificada.
Uno detrás de otro.
Como piezas de un rompecabezas imposible de negar.
—Explícalo.
Mauricio respiró hondo.
—Puedo hacerlo.
—Empieza.
Permaneció en silencio varios segundos.
Después levantó la cabeza.
—Nunca fue mi idea.
Aquella frase bastó para que el aire desapareciera de la habitación.
—¿Qué acabas de decir?
—Fue Octavio.
Nadie habló.
—Él decía que una familia arruinaría la empresa. Que los inversionistas dejarían de confiar en ti. Que empezarías a tomar decisiones emocionales.
Cada palabra era un golpe.
—Cuando Valeria apareció embarazada… todo se complicó.
Sentí que los nudillos se me ponían blancos.
—¿Sabías que esperaba hijos míos?
Bajó la mirada.
—Sí.
Mateo comenzó a llorar en silencio.
Nico lo abrazó exactamente igual que aquella mañana.
Yo no podía apartar los ojos de Mauricio.
—Cuatro años.
Mi voz apenas era un susurro.
—Cuatro años viendo cómo yo seguía buscándola…
Él tragó saliva.
—Octavio ya había preparado todo.
—¿Todo qué?
—Los documentos.
—¿También la firma falsa?
Asintió lentamente.
—Verónica consiguió muestras de tu firma de contratos antiguos.
Clara cerró los ojos con indignación.
Julia no dejó de escribir una sola palabra.
—¿Y tú?
Mauricio respiró profundamente.
—Yo sólo…
Golpeé el escritorio con tanta fuerza que todos dieron un pequeño salto.
—¡No vuelvas a decir “yo sólo”!
El cristal vibró.
Los niños me miraron asustados.
Respiré varias veces antes de volver a hablar.
—Perdón.
Me agaché frente a ellos.
—Nunca voy a gritarles a ustedes.
Mateo levantó la vista.
—¿No estás enojado con nosotros?
Aquella pregunta me rompió por dentro.
¿Cómo podían creer que yo podía enfadarme con ellos?
Les acaricié el cabello.
—Con ustedes jamás.
Con dificultad conseguí volver a ponerme de pie.
Miré otra vez a Mauricio.
—¿Dónde está Valeria?
Negó con la cabeza.
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
Su voz empezó a quebrarse.
—Hace tres semanas discutió con Octavio.
Quería entregarte a los niños.
Decía que ya no podía seguir escondiéndose.
Yo le dije que era una locura.
—¿Y después?
—Octavio dijo que hablaría con ella.
—¿Dónde?
—En una finca cerca de Valle de Bravo.
Clara levantó inmediatamente la vista.
—Tenemos una ubicación.
Julia tomó el teléfono.
—Voy a solicitar una orden urgente.
Pero antes de que pudiera marcar, el teléfono fijo de mi oficina sonó.
Nadie utilizaba aquella línea.
Contesté.
No hubo saludo.
Solo una respiración débil.
Después escuché una voz que llevaba cuatro años intentando volver a oír.
—Adrián…
Era Valeria.
Sonaba agotada.
Como si apenas pudiera mantenerse despierta.
—Estoy aquí.
—No… no envíes a la policía todavía.
Miré a Julia.
Ella negó discretamente con la cabeza, indicándome que mantuviera la conversación.
—¿Dónde estás?
Hubo un largo silencio.
Luego escuché una puerta cerrarse con violencia.
Y una voz masculina al fondo.
—Se acabó el tiempo.
Valeria habló deprisa.
—Escúchame bien… Octavio no actuó solo.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién más?
Respiró con dificultad.
—El verdadero responsable…
La llamada se cortó.
En ese mismo instante, Clara recibió una alerta de seguridad en su computadora.

Alguien acababa de acceder de forma remota al servidor principal de Grupo Cortés Capital.
Y utilizaba exactamente las mismas credenciales que, según los registros oficiales…
…pertenecían a mi padre, muerto hacía doce años.