PARTE 2: EL CAPITAL INICIAL

Gideon regresó aquella tarde con tres cajas de archivos.

No parecía enfadado.

Parecía preocupado.

—Necesito que recuerdes una cifra.

—¿Cuál?

—¿Cuánto recibiste exactamente por tu apartamento?

Cerré los ojos.

Habían pasado diecisiete años, pero recordaba aquel número porque durante meses representó todo lo que tenía.

—Cuatrocientos ochenta y seis mil dólares.

Gideon dejó de respirar.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Abrió una carpeta.

El primer depósito registrado en Palmer Sterling Technologies había sido exactamente de 486.000 dólares.

Pero no aparecía como préstamo familiar.

Figuraba como inversión de GPR Holdings.

—¿Qué significa GPR? —pregunté.

Gideon deslizó hacia mí el documento original.

Gwen Patricia Ramírez.

Sentí frío.

—Yo nunca creé esa empresa.

—Eso pensé.

Según los archivos, GPR Holdings había recibido el 30% de Palmer Sterling a cambio del capital inicial.

Tres meses después, esa participación había sido transferida.

La firma parecía mía.

No lo era.

—¿A quién se transfirió?

Gideon pasó la página.

Douglas Palmer.

Me quedé mirando su nombre.

Diecisiete años creyendo que simplemente había ayudado a mi esposo.

En realidad, mi dinero había comprado casi un tercio de la empresa.

Y alguien había borrado mi participación antes de que yo supiera que existía.

—¿Esto puede demostrarse?

—Voy a llamar a un abogado especializado. No quiero prometerte nada antes de revisar originales, registros y plazos legales.

Aquella respuesta me tranquilizó más que cualquier promesa grandiosa.

Entonces Gideon abrió otra carpeta.

—Pero tenemos un problema mayor.

Palmer Sterling ya no era aquella pequeña empresa.

Ahora controlaba varias subsidiarias y propiedades valoradas en cientos de millones.

Y durante años Douglas había utilizado como respaldo financiero acciones que quizá nunca habían sido completamente suyas.

—¿Cuánto?

Gideon me miró.

—Más de cuarenta millones en líneas de crédito.

Me senté.

Entonces sonó mi teléfono.

Douglas.

No contesté.

Llegó un mensaje.

“Tienes hasta mañana para firmar el acuerdo de divorcio. Después retiro mi oferta.”

Gideon leyó mi expresión.

—No firmes nada sin asesoría.

—No pensaba hacerlo.

A la mañana siguiente llegó la abogada Rachel Monroe.

Durante tres horas revisó escrituras, documentos societarios y comprobantes que yo todavía conservaba en una antigua cuenta de correo.

Finalmente encontró algo.

El dinero del apartamento no había ido directamente a Douglas.

Había pasado primero por una cuenta fiduciaria.

Y esa cuenta todavía existía.

Rachel giró su computadora.

—Gwen, necesito preguntarte algo. ¿Reconoces este número?

Lo miré.

Los últimos cuatro dígitos eran 7714.

Se me helaron las manos.

—Sí.

Era la cuenta que mis padres habían abierto para mí cuando cumplí dieciocho años.

La misma donde había recibido el dinero del apartamento.

Rachel asintió.

—Entonces tenemos trazabilidad.

Pero Gideon estaba mirando otra parte de la pantalla.

—Espera.

Amplió una columna.

Después de transferir los 486.000 dólares, la cuenta no había quedado vacía.

Había recibido pequeños depósitos durante años.

Dividendos.

—¿Dividendos de qué? —pregunté.

Rachel abrió el registro.

Palmer Sterling Technologies.

Casi me reí.

—Eso es imposible. Nunca recibí dinero de la empresa.

—Porque los dividendos no permanecían ahí.

Cada trimestre eran transferidos automáticamente a otra cuenta.

Titular:

Margaret Palmer.

La madre de Douglas.

La misma mujer cuyo nombre aparecía en la escritura de la casa de la que acababan de echarme.

Rachel siguió investigando.

Entonces encontró algo todavía peor.

La casa supuestamente perteneciente a Margaret había sido comprada doce años atrás.

La entrada procedía de aquellos dividendos.

—Entonces… —susurré— ¿mi propio dinero compró la casa de la que Douglas me expulsó?

—Parte de él —respondió Rachel.

Pero Gideon permanecía mirando la pantalla.

—No.

Señaló una línea.

—Miren la fecha.

El primer dividendo enviado a Margaret había ocurrido diecisiete años atrás.

Solo nueve días después de que GPR Holdings recibiera oficialmente aquel 30%.

Demasiado rápido.

Demasiado organizado.

Rachel abrió el documento de constitución original.

Al final aparecían tres firmas.

La de Gideon.

La de Douglas.

Y la de un testigo que supuestamente certificaba que yo había aceptado la estructura.

Gideon se puso pálido.

—Gwen… conozco esa firma.

—¿Quién es?

Me miró lentamente.

—Tu padre.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Mi padre murió seis meses antes de que yo vendiera aquel apartamento.

Rachel volvió a comprobar la fecha.

Nadie habló.

Entonces Gideon encontró una anotación manuscrita al margen del documento:

“Mantener a Gwen fuera del registro público hasta que los niños cumplan la condición.”

Miré hacia el pasillo.

Toby estaba ayudando a Maisie con un rompecabezas.

Volví a mirar a Rachel.

—¿Qué condición?

Ella pasó a la página siguiente.

Y allí aparecían por primera vez los nombres completos de mis dos hijos.

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