Adrian tardó varios segundos en responder.
Leo seguía sentado junto a mi cama, sosteniendo mi mano con cuidado.
Sebastian hablaba con la enfermera jefe, exigiendo que el equipo quirúrgico más experimentado revisara mis estudios.
Kai permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados y una mirada tan poco amable que dos residentes decidieron desaparecer sin hacer ruido.
Adrian volvió a mirarme.
—¿Quiénes son ellos?
—Te presentaría, pero pareces ocupado recordándome que ya no eres mi familia.
Leo levantó la vista.
—¿Este es tu exmarido?
—El mismísimo.
El cantante se quitó la mascarilla lentamente.
Su expresión cambió por completo.
—¿El médico que la dejó entrar sola a urgencias y después se burló de ella?
Adrian se tensó.
—No sabes de qué hablas.
—Sé lo suficiente —intervino Kai—. Elena nos mandó su ubicación a las tres de la mañana. Llegamos en el primer vuelo disponible.
Sebastian se acercó entonces a mi cama.
Su rostro, siempre controlado en las revistas de negocios, estaba pálido.
—¿Por qué no nos llamaste antes?
—Porque pensé que solo era gastritis.
—Y porque no quiere preocupar a nadie —añadió Leo con tristeza—. Siempre ha sido así.
Adrian observaba la escena como si acabara de descubrir que yo había vivido una vida entera a sus espaldas.
Y quizá era cierto.
Cuando tenía diecisiete años, mis padres murieron en un accidente de carretera.
Durante meses pasé de un hogar temporal a otro.
Hasta que la familia Bennett me acogió.
La madre de Leo me enseñó a cocinar.
El padre de Sebastian pagó mis estudios sin pedir nada a cambio.
Y Kai, el hijo problemático de los Morgan, me hacía reír cuando yo no quería hablar con nadie.
No compartíamos sangre.
Compartíamos cicatrices, cenas de Navidad, secretos y una promesa hecha frente a tres tumbas: nunca dejaríamos que ninguno volviera a sentirse solo.
Adrian nunca quiso escuchar esa historia.
En nuestro matrimonio, cada vez que hablaba de ellos, él sonreía con condescendencia.
“Amigos ricos”, los llamaba.
Como si el cariño necesitara apellidos para ser real.
—Son mis hermanos —le dije al fin—. No por sangre. Por elección.
Leo besó mi frente.
Sebastian firmó los documentos de ingreso.
Kai miró a Adrian con una calma peligrosa.
—Ahora que ya sabes que no está sola, puedes salir de la habitación.
Adrian no se movió.
Sus ojos bajaron hacia mi mano.
El anillo sencillo.
—¿Y ese anillo? —preguntó casi en un susurro—. ¿También es de uno de ellos?
Sonreí, cansada.
—No. Ese anillo me lo regalé yo misma. El día que entendí que no necesitaba que un hombre me eligiera para tener valor.
Entonces la puerta volvió a abrirse.
Sophia Lane entró con un ramo enorme de lirios blancos y se quedó inmóvil al ver a los tres hombres.
Después me miró a mí.
Y pronunció una frase que hizo que Adrian perdiera todo el color.
—Elena… ¿todavía no le has contado que el hijo que perdimos nunca murió?