PARTE 2: LOS RECUERDOS QUE SU MEMORIA NO PODÍA BORRAR

No respondí de inmediato.

Miré la fotografía otra vez.

Era yo.

Dormida.

Con el cabello desordenado sobre la almohada.

Y Adrian, sentado a mi lado, observándome como si el mundo entero estuviera contenido en aquel instante.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo la tomó?

Noah negó con la cabeza.

—No lo sabemos.

—Él ya había perdido la memoria.

Guardé silencio.

Eso era imposible.

Después del accidente, Adrian despertó sin reconocerme.

Los médicos dijeron que los recuerdos de los últimos años habían desaparecido por completo.

Entonces…

¿Cómo podía existir una fotografía tomada la noche anterior?

—Llévate el teléfono —dije finalmente.

—No quiero volver a verlo.

Noah no se movió.

—Señorita Claire…

—El divorcio ya está firmado.

—Sí.

—Entonces lo que haga Adrian ya no es asunto mío.

Me di la vuelta y entré al ascensor.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

En el último instante vi la expresión de Noah.

No era de insistencia.

Era de preocupación.


Aquella noche cené con mi mejor amiga, Olivia.

Brindamos.

Reímos.

Hablamos de viajes, de restaurantes y de todas las cosas que durante años había dejado de hacer porque Adrian siempre encontraba una razón para acompañarme.

—¿Y ahora qué harás? —preguntó Olivia.

Sonreí.

—Lo primero… viajar sola.

Levantó la copa.

—Eso me gusta.

En ese momento sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Lo ignoré.

Cinco segundos después volvió a sonar.

Y otra vez.

Olivia arqueó una ceja.

—Parece urgente.

Contesté con evidente fastidio.

—¿Sí?

Al otro lado solo escuché una respiración acelerada.

Después una voz conocida.

—¿Claire?

Era Adrian.

—¿Cómo consiguió este número?

Hubo un largo silencio.

—No lo sé.

Fruncí el ceño.

—¿Entonces por qué llama?

Su respuesta me dejó completamente desconcertada.

—Porque llevo toda la tarde sintiendo que olvidé algo importante.

Apreté lentamente el teléfono.

—Eso ya no es mi problema.

—Lo sé.

Otra pausa.

—Pero… cuando cierro los ojos solo recuerdo tu nombre.

Colgué sin decir una palabra.


A la mañana siguiente recibí una llamada del hospital.

La doctora Evans pidió verme con urgencia.

Acepté únicamente porque pensé que habría algún trámite pendiente.

Al llegar, Adrian estaba sentado frente a una mesa llena de fotografías.

No me miró.

Tenía ambas manos apoyadas sobre la cabeza.

Como si intentara sostener algo que se rompía por dentro.

La doctora habló en voz baja.

—Desde ayer presenta recuerdos fragmentados.

—¿Recuerdos?

Ella asintió.

—No completos.

Solo emociones muy intensas.

Observé las fotografías.

En una aparecíamos cocinando.

En otra estábamos en la playa.

En otra celebrábamos un cumpleaños.

Adrian no reconocía ninguna escena.

Pero cada vez que veía una imagen conmigo…

Le empezaban a temblar las manos.

—¿Qué siente? —preguntó la doctora.

Él tardó varios segundos en responder.

—Miedo.

La palabra me sorprendió.

—¿Miedo?

Adrian levantó lentamente la vista.

Sus ojos estaban completamente perdidos.

—Siento un miedo horrible…

Se llevó una mano al pecho.

—Como si esta mujer hubiera desaparecido una vez…

Y yo hubiera hecho cualquier cosa para recuperarla.

La doctora tomó algunas notas.

—Es un recuerdo emocional.

Puede aparecer antes que la memoria consciente.

Yo permanecía completamente inmóvil.

Porque durante nuestro matrimonio solo conocía una versión de Adrian.

La del hombre controlador.

La del hombre obsesivo.

Jamás imaginé que debajo de todo aquello existiera un miedo tan profundo.

Entonces la doctora colocó un pequeño dispositivo sobre la mesa.

—Hay algo más.

Presionó un botón.

Comenzó a reproducirse una grabación de la cámara instalada dentro del vehículo donde Adrian sufrió el accidente.

La imagen era borrosa.

Se escuchaban los frenos.

Después la voz de Adrian.

No era fría.

No era autoritaria.

Sonaba desesperada.

—¡No!

Un segundo después gritó una frase que hizo que toda la habitación quedara en silencio.

—¡Si tengo que elegir… prefiero perder todos mis recuerdos antes que volver a perder a Claire!

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