Daniela no respondió.
Recogió lentamente un plato vacío.
Lo llevó a la cocina.
Respiró hondo.
Y miró el reloj.
Las 6:42 de la tarde.
Faltaban exactamente quince minutos.
Volvió a salir con una bandeja llena de bebidas.
Sonreía.
Incluso preguntó quién quería más carne.
Ofelia intercambió una mirada satisfecha con su hermana.
—Ya ves.
Al final entendió cuál es su lugar.
Daniela siguió sirviendo.
Recogió vasos.
Limpió una mesa.
Trajo más hielo.
Parecía la esposa obediente que todos esperaban.
Mauricio levantó su copa.
—¡Así me gusta!
Todos rieron.
Entonces Rogelio gritó desde el otro extremo de la terraza.
—¡Oye, Daniela! También limpia la parrilla cuando termines.
Las carcajadas aumentaron.
Ella simplemente asintió.
No discutió.
No tenía sentido.
Ya había tomado una decisión.
A las 6:56, Mauricio comenzó a repartir otra ronda de tequila.
Estaba eufórico.
—¡Hoy nadie me arruina el cumpleaños!
Ofelia señaló a Daniela.
—Entonces dile que deje de poner esa cara.
Mauricio caminó hasta ella.
Le arrebató el trapo con el que secaba una mesa.
—¿Qué parte no entiendes?
Aquí no eres mi esposa.
Eres la que sirve.
Así que atiende a mi familia o lárgate de aquí.
Daniela levantó lentamente la vista.
—Esta fiesta la pagué yo.
Él soltó una risa burlona.
—¿Y qué?
Con un movimiento brusco la empujó.
Ella perdió el equilibrio.
Cayó de espaldas dentro de la piscina.
El agua helada le robó el aire.
Su cabeza golpeó contra el borde de concreto.
Sintió un dolor agudo sobre la ceja.
Cuando salió a la superficie, el agua alrededor comenzaba a teñirse de rojo.
La sangre bajaba lentamente por su rostro.
Nadie corrió a ayudarla.
Al contrario.
Algunos comenzaron a reír.
Rogelio levantó el teléfono para grabar.
—¡Eso sí estuvo bueno!
Ofelia negó con la cabeza.
—Siempre exagerando.
Mauricio observaba desde la orilla.
—Si no sabes aguantar una broma, es tu problema.
Daniela salió sola de la piscina.
Empapada.
Con el vestido pegado al cuerpo.
La sangre cayendo sobre el piso.
Miró a todos durante unos segundos.
Después sacó el teléfono.
No llamó a nadie.
No escribió mensajes.
Solo bloqueó la pantalla.
Y esperó.
Exactamente quince minutos.
A las 7:12 sonó el teléfono de Mauricio.
Contestó sonriendo.
Pero esa sonrisa desapareció casi inmediatamente.
—¿Cómo que no arranca?
Silencio.
—¿Qué quieres decir con que desapareció?
Todos comenzaron a mirarlo.
Él caminó nervioso hacia el jardín.
—¡Revisa otra vez!
Colgó.
Intentó llamar él mismo.
Nadie respondió.
Volvió alterado.
—¿Qué hiciste?
Daniela seguía completamente tranquila.
—Nada.
—¡Mi camioneta no está!
Ella sonrió por primera vez.
—Claro que no.
La desactivé hace quince minutos.
Los invitados se miraron confundidos.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Qué demonios significa eso?
Daniela abrió lentamente una aplicación en su teléfono.
La giró para que todos pudieran verla.
En la pantalla aparecía el vehículo.
Ubicación.
Estado.
Propietario.
Debajo del número de serie solo figuraba un nombre.
Daniela Herrera.
El silencio fue absoluto.
—¿Cómo…?
Ella deslizó otro documento digital.
Factura.
Contrato de compra.
Comprobantes de transferencia.
Todo estaba a su nombre.
—La compré con las ganancias de mi pastelería.
Nunca fue tuya.
Ofelia comenzó a ponerse pálida.
—Pero Mauricio siempre la manejó.
—Sí.
Porque yo se la presté.
Mauricio dio un paso adelante.
—Entonces devuélvemela.
Daniela negó lentamente.
—No.
Acabas de pedirme que me largara.
Así que me voy.
Y me llevo todo lo que realmente me pertenece.
Sacó entonces una carpeta del bolso.

No era la factura del vehículo.
Era mucho más gruesa.
La dejó sobre la mesa frente a todos.
—Por cierto…
Mientras ustedes disfrutaban esta fiesta pagada con mi dinero…
también encontré algo mucho más interesante.
Las transferencias que durante dos años salieron de la cuenta de mi empresa…
y terminaron directamente en las cuentas personales de varios miembros de esta familia.