Daniel se levantó de golpe.
—Sofía, no puedes cancelar así como así.
Lo miré.
—¿Por qué no?
Clara intervino rápidamente.
—La reserva ya está hecha. El banco aprobó el préstamo. No puedes perjudicarnos solo porque estás enfadada.
Solté una pequeña risa.
—¿Perjudicarlos?
Abrí la carpeta nuevamente.
—Curioso. Hace diez minutos me dijeron que el departamento era exclusivamente mi problema.
Daniel tragó saliva.
—No quisimos decir eso.
—Sí lo quisieron decir.
Saqué mi teléfono y marqué al agente inmobiliario que había gestionado la operación.
—Señor Zhou, quiero confirmar una cosa. ¿La compra puede cancelarse dentro del plazo administrativo?
La respuesta llegó inmediatamente.
—Sí, señora Martínez. Como todavía no se ha completado el desembolso definitivo, podemos iniciar la cancelación. La penalización sería mucho menor que la cantidad que usted tendría que asumir si continúa con el préstamo.
Daniel se quedó inmóvil.
Clara lo miró.
—¿Entonces el departamento no es nuestro?
La pregunta salió casi en un susurro.
—Nunca fue suyo —respondí.
Daniel golpeó la mesa.
—¡Pero tú dijiste que sería nuestro hogar!
—Tú dijiste que era tu forma de darme seguridad.
Lo miré directamente.
—Y después intentaste dejarme una deuda de dieciocho años.
Su rostro cambió.
Por primera vez parecía comprender que su plan había fracasado.
Pero todavía intentó salvarse.
—Sofía, podemos hablar. Fue una decisión impulsiva. Yo estaba bajo mucha presión.
—No.
—Solo dame unos días.
—No.
—Tres años juntos no pueden terminar así.
Lo observé en silencio.
Tres años.
Tres años durante los cuales había pagado cenas familiares, viajes, regalos y gastos que él nunca devolvía.
Tres años escuchando promesas de matrimonio.
Tres años creyendo que estaba construyendo una vida.
Ahora entendía que él solo estaba construyendo una salida.
—Tienes razón —dije finalmente—. Tres años no deberían terminar así.
Daniel levantó la cabeza.
Pensó que iba a perdonarlo.
Entonces continué:
—Deberían terminar mucho antes.
Firmé el documento de cancelación.
El agente inmobiliario lo recibió.
La operación quedó detenida.
Clara se puso de pie.
—¿Y nosotros?
—Eso ya no es asunto mío.
Ella se quedó mirándome.
—Daniel no puede pagar un departamento así por su cuenta.
—Lo sé.
—¡Entonces vas a dejarnos sin casa!
La miré con calma.
—Exactamente como ustedes planeaban dejarme a mí con una deuda.
Daniel bajó la cabeza.
No dijo nada.
Salí de la oficina.
Pero no llegué muy lejos.
Mi teléfono vibró.
Era una notificación bancaria.
Una transferencia de 237.600 yuanes acababa de salir de la cuenta de Daniel.
El concepto decía:
“Devolución de préstamo personal”.
Me detuve.
No había pedido esa transferencia.
Abrí los detalles.
El dinero había sido enviado por Daniel voluntariamente.
Debajo había un mensaje:
“Te devolveré todo. Solo no presentes la denuncia.”
Fruncí el ceño.
Entonces comprendí.
No tenía miedo de perderme.
Tenía miedo de que yo mostrara los documentos.
Guardé la captura.
Y esa noche hice una llamada.
—Quiero consultar a un abogado sobre todo lo relacionado con mi relación anterior.
Al día siguiente, descubrí algo todavía más importante.
La inmobiliaria me llamó.
—Señora Martínez, hay un problema.
—¿Qué problema?
—Alguien intentó modificar la información de contacto del expediente después de que usted solicitó la cancelación.
Mi expresión se endureció.
—¿Quién?
El agente dudó.
—Su exnovio.
—¿Daniel?
—Sí.
—¿Para qué?
—Intentó presentar una autorización que supuestamente le permitía actuar en su nombre.
Sentí un escalofrío.
—¿Y de dónde salió esa autorización?
—Ahí está el problema.
Me enviaron una copia.
La firma parecía mía.
Pero no lo era.
Alguien había falsificado mi firma para intentar mantener activa la compra.
Miré el documento durante varios segundos.
Ya no se trataba de una ruptura.
Ya no se trataba de una hipoteca.
Alguien había intentado usar mi identidad para controlar una propiedad que estaba exclusivamente a mi nombre.
Guardé el documento.
Y llamé a mi abogado.
—Creo que ya tenemos suficiente.
Esa misma tarde, Daniel apareció frente a mi oficina.
No llevaba flores.
No llevaba regalos.
Llevaba una carpeta.
—Sofía, podemos resolver esto entre nosotros.
No lo invité a entrar.
—Ya no tenemos nada que resolver.
Abrió la carpeta.
—Mira.
Había una propuesta.
Daniel ofrecía pagarme cincuenta mil yuanes y quedarse con el departamento.
Lo miré.
—El departamento ya está cancelado.
Su rostro cambió.
—Entonces… ¿qué quieres?
—Nada.
Hice una pausa.
—Quiero que dejes de usar mi nombre.
Daniel quedó en silencio.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi abogado.
—Sofía, acabamos de recibir la confirmación del banco. La operación quedó cancelada.
Respiré lentamente.
—Perfecto.
Colgué.
Miré a Daniel.
—Ya no tienes una deuda de veintidós mil yuanes al mes.
Él pareció aliviado.
Hasta que añadí:
—Pero sí tienes una deuda conmigo.
Le mostré la carpeta de transferencias.
—Doscientos treinta y siete mil seiscientos yuanes.
Daniel bajó la mirada.
—Los pagaré.
—Eso espero.
Me di la vuelta.
Esta vez no sentí rabia.
Solo alivio.

Habían querido convertirme en la mujer que pagaría su futuro durante dieciocho años.
Pero olvidaron una cosa.
El contrato tenía mi nombre.
Y ahora también lo tenía la verdad.