Cuatro días después estaba en un avión rumbo a Múnich.
No discutí con Daniel.
No le pedí permiso.
Ni siquiera le avisé hasta la noche anterior.
Cuando llegué a casa, Margaret estaba sentada frente al televisor comiendo fruta.
Daniel jugaba con el teléfono.
Dejé sobre la mesa una copia del itinerario.
—Mañana viajo a Alemania.
Daniel levantó la cabeza.
—¿De vacaciones?
—Por trabajo. Seis meses.
El teléfono casi se le cayó.
—¿Seis meses?
Margaret apareció inmediatamente.
—¿Y quién va a encargarse de la casa?
La miré.
Aquella fue su primera preocupación.
No dónde viviría.
No si estaría segura.
No cuándo volvería.
Quién iba a servirlos.
—Ustedes.
Margaret abrió la boca.
Daniel se levantó.
—Recházalo.
—Ya acepté.
Su expresión cambió.
—Clara, estás casada. No puedes tomar una decisión así tú sola.
Lo miré.
—¿Y tú puedes entregar treinta mil yuanes cada mes sin preguntarme?
—¡Eso es diferente!
—Exactamente.
Tomé mi maleta.
—Para ti siempre es diferente cuando eres tú quien decide.
Cuando el avión despegó, dormí casi todo el viaje.
Al aterrizar encendí el teléfono.
Noventa y nueve llamadas perdidas.
Ciento treinta mensajes.
El primero era de Margaret:
“Nuera, en casa ya no queda comida. ¿Cuándo vuelves?”
El segundo:
“No encuentro el detergente.”
El tercero:
“Daniel dice que no sabe usar la lavadora.”
Después venían los mensajes de él.
“¿Por qué no contestas?”
“Mi madre está enfadada.”
“¿Dónde guardaste las tarjetas del supermercado?”
“Clara, esto ya no tiene gracia.”
Leí hasta llegar al último.
“Vuelve. Podemos hablar.”
Cerré el chat.
Por primera vez comprendí algo muy sencillo.
No me extrañaban.
Extrañaban el servicio que yo prestaba.
Las primeras semanas en Alemania fueron agotadoras.
Reuniones en otro idioma.
Horarios distintos.
Problemas técnicos.
Un apartamento pequeño donde nadie había dejado platos sucios esperando que yo los lavara.
Llegaba cansada.
Pero era un cansancio diferente.
El cansancio de construir algo para mí.
No el de desaparecer para facilitar la vida de otros.
Un mes después, mi director me llamó a su despacho.
—El cliente está satisfecho.
Dejó una carpeta frente a mí.
—Queremos ampliar tu responsabilidad sobre el proyecto.
También aumentaba mi salario.
Miré la cifra.
Y pensé en aquellos diez yuanes.
Casi me reí.
Daniel empezó a cambiar de estrategia.
Primero ordenó.
Luego culpó.
Finalmente intentó ser cariñoso.
“Mi madre pregunta por ti.”
“Te extraño.”
“Cuando vuelvas, podemos empezar de nuevo.”
No respondí.
Hasta que una noche escribió:
“¿Cuánto dinero estás ganando allí?”
Entonces sí contesté.
“Lo suficiente.”
Su llamada llegó inmediatamente.
—¿Por qué no me dijiste que te habían aumentado el sueldo?
—Porque es mi sueldo.
—Somos esposos.
—Curioso que recuerdes eso ahora.
Se quedó callado.
Después dijo:
—Mi madre piensa que cuando vuelvas deberíamos administrar juntos tus ingresos.
Me eché a reír.
—Daniel, tu madre ya administra treinta mil yuanes al mes.
—¿También necesita los míos?
—No hables así.
—Entonces dime cómo debo hablar.
Silencio.
—¿Como la mujer a la que dejabas diez yuanes?
Colgué.
Tres meses después, Margaret me llamó desde otro número.
Contesté sin saber que era ella.
—Clara, tienes que hablar con Daniel.
—¿Qué pasó?
—El dinero no alcanza.
Me quedé inmóvil.
—¿Treinta mil yuanes mensuales no alcanzan?
Margaret empezó a justificarse.
Había cuotas.
Compras.
Regalos.
Préstamos a familiares.
Un viaje que había reservado.
Entonces comprendí.
Durante años, Daniel creyó que entregarle todo el sueldo a su madre era una demostración de amor filial.
Nunca le preguntó qué hacía ella con el dinero.
Porque siempre existía una segunda fuente para cubrir la vida diaria.
Yo.
Mi salario pagaba silenciosamente todo aquello que Daniel consideraba demasiado insignificante para contar.
La electricidad.
La comida.
Internet.
Productos de limpieza.
Reparaciones.
Transporte.
Buena parte de sus propios gastos cotidianos.
Cuando desaparecí, también desapareció el colchón que sostenía su generosidad.
—Hablen entre ustedes —respondí.
—¡Eres su esposa!
—Precisamente por eso dejé de financiar una casa donde mi opinión valía menos que diez yuanes.
Y colgué.
Al quinto mes, tomé una decisión.
Llamé a un abogado en China.
Cuando Daniel recibió los documentos, tardó nueve minutos en contactarme.
—¿Divorcio?
Su voz temblaba.
—Sí.
—¿Desde Alemania?
—La distancia no cambia lo que pasó.
—¡Solo fue dinero!
Cerré los ojos.
Después de todo, todavía no entendía.
—Nunca fueron los diez yuanes.
—Entonces ¿qué fue?
—Que los diez yuanes demostraban exactamente cuánto valor tenía yo dentro de nuestro matrimonio.
Daniel respiró con dificultad.
—Puedo dejar de darle todo a mi madre.
—No quiero controlar tu dinero.
—Entonces ¿qué quieres?
Miré por la ventana.
Múnich estaba cubierta por una lluvia fina.
—Quiero no volver a vivir en una casa donde para tener derechos tengo que discutir primero si los merezco.
Daniel no respondió.
Regresé a China al terminar los seis meses.
Margaret no vino al aeropuerto.
Daniel sí.
Estaba más delgado.
Me esperaba junto a la salida con flores.
—Clara.
Me detuve.
—Hola.
Sus ojos bajaron hacia mi maleta.
—¿Vuelves a casa?
—No.
La palabra salió sin esfuerzo.
—Ya alquilé un apartamento.
Daniel apretó las flores.
—Cambiaré.
—Espero que sí.
—No le transferiré todo a mi madre.
—Bien.
—Dividiremos los gastos.
—Bien.
—Puedes administrar tu propio sueldo.
Lo miré.
—Daniel, escucha lo que acabas de decir.
Frunció el ceño.
—“Puedes administrar tu propio sueldo.”
Hice una pausa.
—Todavía hablas como si necesitaras concederme permiso.
Su rostro se quedó completamente blanco.
Por fin lo entendió.
Demasiado tarde.

Firmamos el divorcio semanas después.
Antes de salir, Daniel me llamó.
Abrí el bolso.
Saqué una moneda y un billete pequeño que había guardado durante todo el viaje.
Diez yuanes.
Los puse frente a él.
Daniel los miró.
—¿Qué es esto?
—El último dinero para gastos de casa que me diste.
—Clara…
—Guárdalo.
Empujé los diez yuanes hacia él.
—Quizá ahora entiendas cuánto alcanzan.
Me levanté.
Esta vez no me siguió.
Meses después, mi empresa me ofreció regresar a Alemania para dirigir el proyecto de forma permanente.
Leí el contrato.
Sonreí.
Y firmé.
La primera vez había viajado para escapar de una casa donde me trataban como si mi trabajo, mi dinero y mi tiempo pertenecieran a otros.
La segunda vez no escapaba de nadie.
Iba hacia algo.
Mi carrera.
Mi independencia.
Mi propia vida.
Daniel ganaba treinta mil yuanes al mes y creía que entregar cada centavo a su madre lo convertía en un buen hijo.
Quizá lo era.
Pero olvidó que ser buen hijo nunca justificaba ser un mal esposo.
Y aquellos diez yuanes que me dejó para vivir terminaron comprándome algo que él jamás imaginó.
Dos bollos al vapor.
Y el valor suficiente para marcharme.