PARTE 2: NUNCA QUISO A ELENA

Alejandro no apartó los ojos de mi vientre.

—Julia.

Era la primera vez que escuchaba mi verdadero nombre en su voz.

Retrocedí.

—¿Cómo me encontraste?

—Te busqué durante seis meses.

—Te pedí que no lo hicieras.

—También me dijiste que eras Elena durante dos años. Ya aprendí a no obedecer todas tus palabras.

Antes habría sonreído.

Ahora solo sentía miedo.

Alejandro miró la bolsa de pañales en el suelo.

Después volvió a mi vientre.

—¿Cuánto tiempo?

No respondí.

Su rostro cambió.

Hizo el cálculo.

—¿Es mío?

—Alejandro…

—¿Es mío?

—Sí.

Cerró los ojos.

Pensé que estaba furioso.

Pero cuando volvió a abrirlos estaban húmedos.

—Te fuiste embarazada.

—Tenía miedo.

—¿De mí?

Asentí.

Aquello pareció dolerle más que cualquier confesión.

—Creí que cuando vieras mi cara comprenderías que todo había sido una estafa.

—Lo fue.

Mi corazón se hundió.

Alejandro continuó:

—Al principio.

Se acercó un paso.

—Víctor me contó todo. El contrato. La operación de tu padre. Cómo te encontraron.

—Entonces sabes que te engañé.

—También sé que devolviste cada regalo.

Sacó algo del bolsillo.

Mi antiguo anillo.

—Sé que durante dos años tu padre recibió exactamente la cantidad establecida en el contrato y que jamás tocaste un centavo adicional.

Guardé silencio.

—Y descubrí algo más —añadió.

—¿Qué?

—Elena regresó.

Sentí una punzada que odié sentir.

—Entonces deberías estar con ella.

Alejandro soltó una risa breve.

—Eso mismo pensó ella.

La verdadera Elena había aparecido tres semanas después de su operación.

Había descubierto que Alejandro recuperó la vista.

Llegó vestida como si los últimos años nunca hubieran ocurrido.

Según él, corrió a abrazarlo.

—Alejandro, he vuelto.

Él la detuvo.

Porque inmediatamente comprendió algo.

El perfume era correcto.

El rostro coincidía con sus recuerdos.

Pero la voz…

No.

Se parecía muchísimo a la mía.

Pero no era la voz que él había escuchado cada madrugada durante dos años.

Elena intentó tomar su mano.

Alejandro la retiró.

—Tú no eres ella.

Elena quedó desconcertada.

—Soy Elena.

—Precisamente.

Entonces comprendí.

Alejandro me miró.

—Yo creía estar enamorado de Elena cuando perdí la vista.

—Pero la mujer que me enseñó a vivir otra vez fuiste tú.

Tragué saliva.

—Porque fingía ser ella.

—¿También fingías quedarte despierta cuando tenía pesadillas?

No respondí.

—¿Fingías saber cuándo me dolía la cabeza antes de que lo dijera?

Silencio.

—¿Fingías llorar aquella noche cuando pensé que nunca volvería a ver?

—No.

—¿Fingiste amarme?

Ahí no pude mentir.

—No.

Alejandro respiró lentamente.

—Entonces deja de decidir por mí qué parte fue real.

Las lágrimas finalmente cayeron.

—Tú no entiendes. Cuando recuperaste la vista, yo no podía quedarme esperando a descubrir si me odiabas.

—Por eso huiste.

—Sí.

Sus ojos descendieron otra vez hacia mi vientre.

—¿Y pensabas criar a nuestro hijo sin decirme que existía?

—Pensaba contártelo algún día.

—¿Cuándo?

No tenía respuesta.

Alejandro se acercó.

Esta vez no intentó tocarme.

—No voy a obligarte a regresar conmigo.

Aquello me sorprendió.

—Tampoco voy a fingir que no estoy furioso.

Hizo una pausa.

—Pero el bebé no será una herramienta para recuperarte. Si no quieres volver conmigo, lo aceptaré. Solo quiero tener la oportunidad de ser su padre.

Por primera vez desde que lo vi en aquella farmacia, pude respirar.

Entonces Alejandro sonrió ligeramente.

—Aunque hay algo que necesito comprobar.

—¿Qué?

Me observó de arriba abajo.

Yo me tensé.

Él había pasado dos años imaginando mi rostro.

Ahora finalmente podía verme.

—¿Qué?

Alejandro inclinó la cabeza.

—Víctor dijo que te eligió porque tu voz era casi idéntica a la de Elena.

—Sí.

—Es un idiota.

Parpadeé.

—¿Por qué?

—Porque después de dos semanas contigo ya sabía que algo había cambiado.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué quieres decir?

—Elena odiaba que le leyera poesía. Tú te quedabas dormida escuchándola.

—Ella nunca recordaba cómo tomaba el café. Tú lo sabías desde el tercer día.

—Elena detestaba la lluvia.

Su expresión se suavizó.

—Tú abrías las ventanas para describírmela.

Lo miré, incapaz de hablar.

—¿Lo sabías?

—Sabía que no eras la misma mujer.

—¿Y nunca dijiste nada?

—Porque por primera vez desde el accidente quería levantarme de la cama.

Una lágrima cayó por mi mejilla.

Alejandro la observó.

Era extraño.

Durante años había tocado mis lágrimas sin poder verlas.

Ahora podía hacerlo.

Pero mantuvo las manos a los lados.

Esperando mi permiso.

Fui yo quien dio el último paso.

Tomé su mano.

La coloqué sobre mi vientre.

El bebé se movió.

Alejandro se quedó completamente inmóvil.

Después soltó una risa quebrada.

—Hola.

Aquella única palabra terminó de romperme.

Tres meses después nació nuestra hija.

No volvimos a casarnos inmediatamente.

Tampoco fingimos que dos años de mentiras podían desaparecer porque nos amábamos.

Empezamos desde cero.

Esta vez él sabía mi nombre.

Yo sabía que podía marcharme cuando quisiera.

Y cada elección tenía que ser real.

Meses después, Alejandro me llevó al mismo jardín donde alguna vez había planeado casarse con Elena.

Sacó un anillo.

—Julia Moreno.

Sonreí.

—¿Estás seguro de que esta vez sabes a quién se lo estás pidiendo?

Él también sonrió.

—Cerré los ojos durante dos años creyendo que necesitaba recuperar la vista para reconocer a la mujer que amaba.

Tomó mi mano.

—Resultó que eras la única persona a la que aprendí a ver antes de poder mirarla.

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