PARTE 2: LOS CUATRO APELLIDOS

Noah fue quien rompió el silencio.

Miró a Marcus, luego a mí.

—Mamá… ¿ese señor es nuestro papá?

La pregunta cayó sobre la sala como una piedra.

Marcus abrió la boca.

Nada salió.

Ashley, la mujer del vestido rojo, retrocedió lentamente.

—Marcus… dime que esto no es lo que parece.

Él seguía mirando a los niños.

—Kesha… tú dijiste que estabas embarazada.

—Lo estaba.

—Dijiste “un bebé”.

—Cuando huiste todavía no sabía que eran cuatro.

Patricia se llevó una mano al pecho.

—¿Cuatro?

Sofía se acercó más a mí.

Marcus reaccionó por fin.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Aquello sí consiguió hacerme reír.

—¿A qué número debía llamar? ¿Al que cambiaste? ¿A qué dirección debía escribir? ¿A la casa que vendiste después del divorcio?

Su rostro se endureció.

—Podrías haberme encontrado.

—Lo intenté.

Saqué el teléfono y abrí una carpeta que conservaba desde hacía ocho años.

Correos devueltos.

Cartas certificadas rechazadas.

Mensajes enviados a su abogado.

Una notificación comunicando el nacimiento de los niños.

Todo.

—Tu abogado respondió que no querías ningún contacto conmigo relacionado con “el supuesto embarazo”.

Ashley miró a Marcus.

—¿Supuesto?

Él bajó la voz.

—Yo pensaba que ella estaba intentando impedir el divorcio.

—Así que decidiste no comprobarlo.

No respondió.

Entonces Ethan, que había permanecido callado, preguntó:

—¿No querías conocernos?

Vi cómo Marcus palidecía.

Me agaché inmediatamente junto a mi hijo.

—Cariño, nada de lo que ocurrió fue por ustedes.

Marcus dio un paso.

—Ethan…

Mi hijo retrocedió.

Aquello pareció golpearlo más fuerte que cualquier insulto.

Patricia comenzó a llorar.

—Tengo cuatro nietos…

Se acercó lentamente, pero se detuvo antes de tocarlos.

—¿Puedo… abrazarlos?

Miré a los niños.

Olivia fue la primera en asentir.

Patricia cayó de rodillas y abrió los brazos.

En segundos estaba llorando rodeada por cuatro niños a quienes había perdido ocho Navidades sin siquiera saberlo.

Marcus observaba desde unos metros.

Solo.

Entonces Ashley vio la pequeña caja en el suelo.

La recogió.

Dentro había un anillo.

Su expresión cambió.

—¿Ibas a pedirme matrimonio hoy?

Marcus cerró los ojos.

—Ashley, ahora no.

—No. Ahora precisamente.

Ella dejó la caja sobre la mesa.

—Me dijiste que tu exesposa inventó un embarazo para retenerte.

Silencio.

—También dijiste que jamás habías tenido hijos.

Ashley miró a los cuatro.

—No eras un hombre sin hijos, Marcus.

Lo miró con desprecio.

—Eras un padre que decidió no averiguar si los tenía.

Tomó su abrigo.

—No me llames.

Y salió.

Marcus ni siquiera intentó detenerla.

Su atención estaba clavada en nosotros.

—Kesha, necesito hablar contigo a solas.

—No.

—Son mis hijos.

—Biológicamente, sí.

Apretó la mandíbula.

—Tengo derechos.

Había esperado aquella frase.

Saqué un sobre de mi bolso.

—Por eso traje esto.

Marcus lo abrió.

Dentro había copias de cada intento documentado de localizarlo y los datos de mi abogado.

—Si quieres establecer legalmente la paternidad, hazlo correctamente.

—¿Quieres llevarme a juicio?

—No vine por tu dinero.

Miré alrededor de la enorme casa.

Luego señalé por la ventana el helicóptero que me había traído.

—Como puedes ver, tampoco lo necesito.

Por primera vez pareció preguntarse realmente quién era yo ahora.

—¿Qué haces?

—Construí una empresa de logística médica.

Patricia levantó la mirada.

Marcus frunció el ceño.

Reconoció el nombre cuando se lo dije.

Todo el mundo empresarial lo conocía.

La empresa que él había leído en revistas.

La fundadora cuya vida privada nunca aparecía en entrevistas.

Era yo.

—Mientras tú desaparecías —dije—, yo aprendí a criar cuatro bebés, dirigir una compañía y construirles una vida.

Noah me tomó la mano.

—¿Entonces vamos a vivir aquí ahora?

—No.

Marcus reaccionó.

—Kesha, espera. Podemos arreglar esto.

Lo miré.

—No vinimos a recuperar ocho años.

—Entonces ¿por qué viniste?

Observé a mis hijos.

Esa era la única pregunta importante.

—Porque ya tienen edad suficiente para conocer la verdad y decidir, con el tiempo, si quieren conocerte.

Marcus miró las cuatro caras que se parecían tanto a la suya.

Y finalmente entendió su castigo.

Yo no iba a impedirle ser padre.

Tampoco iba a regalarle ese título.

Tendría que ganárselo.

Navidad tras Navidad.

Cumpleaños tras cumpleaños.

Promesa tras promesa.

Ocho años después de abandonarlos, Marcus descubrió que compartir sangre con cuatro niños era automático.

Convertirse en su padre no.

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