Richard apareció en mi apartamento aquella misma tarde.
Matthew venía detrás.
—¡No puedes echarnos! —gritó mi suegro—. Esa casa pertenece a nuestra familia.
Le mostré una copia de la escritura.
—No. Me pertenece a mí.
Matthew tomó el documento.
Su rostro cambió.
Mi nombre era el único que aparecía como propietaria.
—Anna, podemos arreglar esto.
—Ya lo estoy arreglando.
Richard golpeó la mesa.
—¡Después de cinco años viviendo juntos ahora vienes a cobrarnos hasta el techo!
Lo miré tranquilamente.
—Hace veintitrés días ese techo dejó de ser suficientemente importante para considerarme familia.
Matthew se sentó frente a mí.
—Retira el divorcio.
—No.
—Entonces al menos dame tiempo con los 240.000.
—Tu empresa ya tuvo cinco años.
Su expresión se endureció.
—Si exiges ese dinero ahora, Collins Tech podría quebrar.
—Debiste pensarlo antes de permitir que tu padre echara de casa a la persona que financió tu empresa.
Por primera vez, Richard miró a su hijo.
—¿Qué significa “financió”?
Matthew guardó silencio.
Saqué el contrato.
—Significa que gran parte del dinero que permitió arrancar Collins Tech salió de mi herencia.
Richard palideció.
Toda aquella familia llevaba años presumiendo del “éxito de Matthew”.
Nunca habían preguntado quién había pagado el comienzo.
—Anna —murmuró Matthew—. Yo te quiero.
Casi me dio pena.
—No.
Negué lentamente.
—Me necesitabas.
Era diferente.
Una semana después, Emily tuvo que abandonar la casa con su marido.
Mis suegros también encontraron otro lugar.
No regresé.
Puse la propiedad en venta.
Pero el verdadero golpe llegó durante el divorcio.
Mi abogado descubrió que Matthew había solicitado varios créditos empresariales.
Y en uno de ellos aparecía una garantía que yo jamás había autorizado.
Mi firma.
Falsificada.
Cuando lo enfrentamos, Matthew dejó de pedir reconciliación.
Empezó a pedir silencio.
—Anna, si denuncias esto, puedo perder la empresa.
—Lo sé.
—Mi padre también firmó algunos documentos.
Me quedé inmóvil.
—¿Richard lo sabía?
Matthew bajó los ojos.
Entonces comprendí que echarme de aquella casa no había sido simplemente una decisión familiar.
Querían tenerme fuera.
Querían acceso libre al despacho, la caja fuerte y mis documentos.
—¿Qué estaban buscando?
Matthew no respondió.
Mi abogado colocó una copia bancaria sobre la mesa.
Había una transferencia realizada pocos días antes de que Richard ordenara que me marchara.
180.000 dólares.
Destino: una cuenta vinculada a Emily.
Miré a Matthew.
—¿Le diste dinero de la empresa a tu hermana?
Silencio.
—¿Para qué?
Finalmente habló.
—Para comprar una casa.
Sentí una risa amarga subir por mi garganta.
Me habían expulsado de mi propiedad para que Emily pudiera instalarse allí…
mientras utilizaban dinero de una empresa financiada por mí para comprarle otra vivienda.
Me levanté.
—Se acabó.
Matthew también se puso de pie.
—Anna, espera.
—Tienes razón en una cosa.
Lo miré por última vez.
—Collins Tech puede quebrar.
Abrí la puerta.
—Pero esta vez yo no voy a salvarla.
Y cuando Matthew salió, mi abogado me entregó otra carpeta.
—Anna, todavía falta algo.
—¿Qué?
—Revisamos el origen de esos 180.000 dólares.
Su expresión era seria.
—No salieron realmente de Collins Tech.
—Entonces ¿de dónde?
Deslizó el documento hacia mí.
Reconocí inmediatamente el número de cuenta.
Era una de las libretas de ahorro que había encontrado en la caja fuerte.
Pero nunca había abierto esa cuenta.
Mi abogado señaló el nombre del titular original.

Margaret Reed.
Mi madre.
La mujer que llevaba seis años muerta.
Y de repente comprendí que los Collins quizá llevaban mucho más tiempo robándome de lo que yo imaginaba.