El mariachi seguía tocando cuando el primer actuario levantó la carpeta.
—¿Diego Alvarado?
Él dio un paso al frente.
—Sí.
—Traemos una orden de aseguramiento de bienes y preservación de documentación contable.
La sonrisa de doña Socorro desapareció.
—¿Qué significa eso?
El segundo funcionario mostró el sello del juzgado.
—Por una investigación por fraude, desvío de recursos, administración fraudulenta y falsificación documental.
Marisol soltó una carcajada nerviosa.
—Se equivocaron de casa.
—Aquí solo estamos celebrando un divorcio.
El actuario no respondió.
Dos policías comenzaron a colocar cintas de restricción sobre el portón.
Después pegaron un enorme sello rojo.
BIENES BAJO ASEGURAMIENTO JUDICIAL.
Los invitados dejaron de comer.
Las cámaras de los teléfonos cambiaron de dirección.
Ahora todos grababan a la familia Alvarado.
Doña Socorro corrió hasta la puerta.
—¡No pueden hacer esto!
—¡Esta casa es mía!
El funcionario revisó unos documentos.
—La propiedad fue adquirida con recursos provenientes de la inmobiliaria Alvarado Desarrollos.
—Forma parte de la investigación.
Diego sintió que las piernas le fallaban.
—Tiene que haber un error.
El abogado que acompañaba a los actuarios abrió otra carpeta.
—No lo hay.
—Durante siete años salieron de la empresa ciento ochenta y cuatro transferencias hacia cuentas relacionadas con usted, su madre y su hermana.
Marisol palideció.
—Eso… eso eran préstamos.
—¿Firmados por quién?
Silencio.
El abogado levantó una hoja.
—Aquí aparece la firma de la señora Renata Morales.
Diego tragó saliva.
Conocía perfectamente aquel documento.
Nunca había sido firmado por Renata.
Había mandado copiar su firma.
El abogado continuó.
—También encontramos facturas por materiales que jamás llegaron a las obras.
—Empresas fantasma.
—Pagos duplicados.
—Y la compra del departamento en Puerto Vallarta a nombre de la señora Marisol Alvarado.
Toda la sala quedó muda.
Los invitados comenzaron a levantarse lentamente.
Nadie quería aparecer en aquella transmisión.
Pero Marisol seguía grabando sin darse cuenta de que el teléfono apuntaba ahora hacia ellos.
Miles de personas estaban viendo el directo.
Los comentarios comenzaron a aparecer.
“¿No era la exesposa la interesada?”
“Pues parece que la familia robaba.”
“Qué vergüenza.”
Doña Socorro arrancó el celular de las manos de su hija.
—¡Apágalo!
Demasiado tarde.
Más de cincuenta mil personas ya estaban conectadas.
Diego sacó el teléfono desesperado.
Marcó el número de Renata.
Ella contestó después del segundo tono.
—¿Sí?
—Renata… tenemos que hablar.
Su voz sonaba completamente distinta.
Ya no quedaba arrogancia.
Solo miedo.
Ella permaneció en silencio.
—Por favor.
—Retira la denuncia.
—Podemos arreglarlo.
Renata miró por la ventana de su departamento.
Sobre la mesa descansaban siete cajas perfectamente organizadas.
Cada una contenía un año de pruebas.
—¿Recuerdas lo que me dijiste esta mañana?
Diego cerró los ojos.
—Renata…
—”Ya se acabó.”
Ella repitió exactamente sus palabras.
—Tenías razón.
—Se acabó.
La llamada terminó.
Diego quedó inmóvil con el teléfono en la mano.
En ese momento otro vehículo oficial se detuvo frente a la casa.
Esta vez descendieron dos agentes de la fiscalía especializada en delitos financieros.
Uno de ellos caminó directamente hacia Diego.
—Señor Alvarado.
—Necesitamos que nos acompañe para rendir su primera declaración.
Doña Socorro comenzó a llorar.
—¡Mi hijo no es un delincuente!
El fiscal la miró con serenidad.
—Eso lo decidirá el juez.
Luego abrió una carpeta más pequeña.
—Aunque antes necesitamos hacerle una pregunta a usted, señora Socorro.
Ella dejó de llorar.

—¿A mí?
El fiscal levantó una copia de un estado de cuenta bancario.
—Explíquenos por qué durante siete años recibió dinero de empresas que jamás existieron… y por qué todos esos depósitos terminaban retirándose en efectivo menos de veinticuatro horas después.
Por primera vez aquella noche, doña Socorro comprendió que los cohetes con los que había celebrado el divorcio… habían anunciado, en realidad, el comienzo de la caída de toda su familia.