PARTE 2: LOS 740,000 PESOS

El jueves serví la cena exactamente como Rodrigo había pedido.

Carne.

Una lata económica de carne procesada, acompañada de arroz y frijoles.

Rodrigo miró su plato horrorizado.

—¿Qué demonios es esto?

—La carne que permite tu presupuesto.

Teresa, mi suegra, dejó lentamente el tenedor.

—¿Presupuesto?

Rodrigo me lanzó una mirada de advertencia.

—Elisa está exagerando otra vez.

Saqué los 1,500 pesos restantes de aquel mes y los puse sobre la mesa junto con todos los tickets.

—Tu hijo decidió que esto debía cubrir treinta días de comida y artículos básicos. Además exige carne todas las noches.

Teresa miró a Rodrigo.

—¿Es verdad?

—Estoy enseñándole a administrar el dinero.

Teresa soltó una carcajada incrédula.

Entonces puse sobre la mesa el otro recibo.

El de 740,000 pesos.

Rodrigo perdió el color.

—¿Dónde encontraste eso?

Teresa tomó la factura.

Sus ojos recorrieron los rines, las llantas, las modificaciones…

Hasta llegar a la última línea.

Anticipo recibido: 800,000 pesos.
Teresa Luján de Cárdenas.

Mi suegra levantó la cabeza lentamente.

—Rodrigo.

Él tragó saliva.

—Mamá, puedo explicarlo.

—Espero que sí. Porque yo no te di ochocientos mil pesos para un automóvil.

Ahora fui yo quien se quedó inmóvil.

Teresa dejó el documento sobre la mesa.

—Hace tres meses me dijiste que Elisa necesitaba una operación urgente y que ustedes no podían pagarla.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Qué operación?

Silencio.

Rodrigo cerró los ojos.

Teresa comprendió todo.

—También dijiste que ella no quería que nadie lo supiera.

Lo miré.

Mi esposo me había hecho contar monedas para comprar huevos mientras utilizaba mi nombre para sacarle cientos de miles de pesos a su propia madre.

—¿Cuánto más le has pedido? —pregunté.

Rodrigo golpeó la mesa.

—¡Esto es asunto entre mi madre y yo!

Teresa se levantó.

—No. Usaste la salud de tu esposa para engañarme. Ahora también es asunto suyo.

Saqué mi teléfono.

—Perfecto. Entonces falta una última cosa.

Había llamado aquella mañana al taller.

El vehículo que Rodrigo estaba modificando tampoco estaba a su nombre.

Estaba registrado a nombre de una compañera de trabajo.

Camila Ortega.

Cuando pronuncié el nombre, Rodrigo dejó de discutir.

Teresa lo reconoció inmediatamente.

—¿La mujer de las fotografías de tu empresa?

Rodrigo no respondió.

No hacía falta.


Esa noche descubrimos que los 800,000 pesos eran solo una parte.

Teresa había entregado dinero otras veces creyendo que nos ayudaba con deudas médicas, reparaciones de la casa y problemas financieros que nunca existieron.

Yo jamás había visto un peso.

A la mañana siguiente separé mis finanzas, guardé copias de los documentos y contacté a un abogado.

Rodrigo se rio cuando vio mi maleta.

—¿Vas a destruir ocho años de matrimonio por dinero?

Lo miré.

—No.

Dejé los 1,500 pesos sobre la mesa.

—Tú destruiste el matrimonio cuando decidiste cuánto valía mi dignidad.

Teresa estaba detrás de mí.

Por primera vez, no defendió a su hijo.

Rodrigo señaló el dinero.

—Te vas a arrepentir.

Sonreí.

—Adminístralo bien.

Tomé mi maleta y salí.

Durante semanas me había repetido que una buena esposa podía alimentar una casa entera con 1,500 pesos.

Así que le concedí exactamente lo que quería.

La casa.

El presupuesto.

Y ninguna esposa que alimentar.

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