Tres días después, entré en la Oficina Provincial de Investigación con el baúl de mi padre convertido en una carpeta de pruebas.
No fui sola.
Mi madre caminaba a mi lado.
Cuando el investigador vio el recibo firmado por George Gu, dejó de tomar notas.
—¿Está segura de que este documento permaneció guardado durante veinte años?
—Mi padre lo guardó hasta su muerte.
El hombre colocó el recibo dentro de una funda transparente.
—Entonces ya no investigamos únicamente una irregularidad académica.
Me mostró varios documentos recuperados de los archivos antiguos.
Mi número de inscripción.
Mi fecha de nacimiento.
Mis calificaciones originales.
Luego apareció otro expediente.
Grace Gu.
Los mismos 707 puntos.
Pero había algo más.
Una modificación administrativa realizada dos días antes de publicarse los resultados.
Autorizada desde la oficina donde trabajaba George Gu.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Y mis 326?
El investigador deslizó otra hoja.
—Pertenecían a Grace.
Me quedé mirándolo.
No solo le habían entregado mi puntuación.
Habían intercambiado nuestras vidas.
Grace obtuvo mis 707.
Yo recibí sus 326.
Mi madre comenzó a llorar.
—Entonces su padre tenía razón.
Cerré los ojos.
Sí.
Mi padre había tenido razón desde el primer día.
La investigación permaneció confidencial hasta que citaron a Grace.
Casualmente, aquella misma semana David llegó a casa emocionado.
—Grace superó la primera fase para el puesto provincial.
Dejó el teléfono sobre la mesa.
—¿Ves lo que consigue alguien que estudió de verdad?
Lo miré durante varios segundos.
Ocho años escuchándolo compararme con ella.
Ocho años soportando que su madre pronunciara el nombre de Grace como si fuera la demostración viviente de todo lo que yo nunca podría ser.
—David.
—¿Qué?
—¿Alguna vez te preguntaste cómo entró Grace a esa universidad?
Soltó una carcajada.
—Sacó 707 puntos. Todo el mundo lo sabe.
Asentí.
—Yo también.
Su sonrisa desapareció.
—¿Qué quieres decir?
Antes de responder sonó su teléfono.
Grace.
David contestó inmediatamente.
—¿Grace?
No escuché lo que dijo ella.
Pero vi cambiar su rostro.
—¿Una investigación?
Silencio.
—¿Sobre tu examen de ingreso?
Entonces David me miró.
Yo puse sobre la mesa una copia de mi expediente.
Debajo estaba mi nombre.
ELENA SHEN.
David dejó caer lentamente el teléfono.
—¿Qué es esto?
—Mi vida.
Señalé la cifra.
—La que tu amiga utilizó durante veinte años.
Grace llegó a nuestra casa cuarenta minutos después.
No parecía la mujer elegante que todos admiraban.
Entró pálida.
—Elena, tenemos que hablar.
—Habla.
Miró a David.
—A solas.
—No.
Apreté la carta de mi padre.
—Durante veinte años mi familia sufrió las consecuencias públicamente. No veo por qué ahora necesitas privacidad.
Grace respiró profundamente.
—Yo tenía dieciocho años.
—Yo también.
—Mi padre se encargó de todo.
—¿Lo sabías?
No respondió.
Volví a preguntar.
—¿Sabías que esos 707 puntos no eran tuyos?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Y entonces comprendí la respuesta.
—Me enteré después de empezar la universidad —susurró.
David retrocedió.
—Grace…
Ella se volvió hacia él.
—No podía hacer nada.
Me reí.
—Podías decir la verdad.
—¿Y destruir mi futuro?
Aquella frase hizo desaparecer cualquier compasión.
Abrí la carta de mi padre.
—Mi padre fue cinco veces a reclamar.
Grace bajó la mirada.
—No sabía eso.
—Lo amenazaron.
Silencio.
—Murió creyendo que había fracasado en protegerme.
Grace empezó a llorar.
—Elena, puedo compensarte.
Negué.
—Eso mismo hicieron todos hace veinte años.
—Decidir cuánto valía mi silencio.
La investigación continuó.
La solicitud de Grace para el puesto provincial quedó suspendida.
Su expediente universitario entró en revisión.
George Gu fue llamado a declarar sobre la modificación de los registros y las amenazas denunciadas por mi padre.
Por primera vez, el apellido Gu dejó de abrir puertas.
Empezó a cerrarlas.
Pero el golpe que menos esperaba ocurrió en mi propia casa.
Mi suegra llegó furiosa.
—¡Estás destruyendo la vida de Grace por algo ocurrido hace veinte años!
La miré.
—¿Recuerda todas las veces que me dijo que debía parecerme a ella?
Se quedó callada.
—Ahora sabemos por qué nunca pude hacerlo.
Tomé mi abrigo.
—Porque ella ya estaba viviendo con lo que me pertenecía.
David me siguió hasta la puerta.
—Elena, espera.
—¿Qué?
—Yo no sabía.
—Ese nunca fue nuestro problema.
Lo miré.
—Nuestro problema fue que durante ocho años necesitaste creer que yo era inferior para sentirte superior.
—Puedo cambiar.
—Tal vez.
Abrí la puerta.
—Pero yo también.
Meses después recibí una resolución oficial.
La institución reconocía que mis resultados originales habían sido sustituidos irregularmente.
707 puntos.
Primera de la ciudad.
Veinte años tarde.
No podía devolverme los dieciocho años.
Ni la universidad.
Ni los trabajos que nunca pude solicitar.
Mucho menos a mi padre.
Pero aquella tarde llevé el documento hasta su tumba.
Mi madre permaneció unos metros detrás.
Me arrodillé y coloqué una copia frente a la lápida.
—Papá.
Durante unos segundos no pude continuar.
—No eras inútil.
Pasé los dedos sobre su nombre.
—Yo tampoco reprobé.
Y por primera vez en veinte años, el número 326 dejó de perseguirme.
No regresé al supermercado.
Empecé a estudiar nuevamente mientras se resolvían las vías de reparación disponibles para mi caso.
No intenté recuperar la vida de Grace.
Aquella vida nunca había sido realmente mía.
Lo único que quería recuperar era mi nombre.
Porque durante veinte años todos dijeron que Elena Shen había fracasado.
Mi padre murió sabiendo que era mentira.
Grace construyó su prestigio esperando que nadie descubriera la verdad.
Y yo pasé media vida avergonzándome de una derrota que jamás había sufrido.

Hasta que una carpeta olvidada demostró algo que nadie pudo volver a quitarme:
Yo no había obtenido 326.
Había obtenido 707.
Y veinte años después, finalmente eran míos otra vez.