A las seis de la mañana, Daniel seguía frente al registro civil.
Lo supe porque mi padre levantó la persiana del restaurante y lo encontró sentado en el bordillo de enfrente.
Uniforme arrugado.
Ojeras profundas.
El libro familiar todavía entre las manos.
—Clara —dijo mi padre—. Está aquí.
Seguí preparando café.
—Ya lo vi esperar una vez.
Mi padre me miró.
—¿Y?
—La diferencia es que aquella vez fui yo quien perdió el día.
Daniel entró diez minutos después.
Se quedó frente a mí.
—Esperé toda la noche.
—Nadie te lo pidió.
Su expresión se endureció.
—¿Quieres castigarme?
—No.
Dejé la taza.
—Quiero dejarte.
Aquello pareció asustarlo más.
Porque Daniel sabía enfrentarse a mis lágrimas.
A mis discusiones.
Incluso a mis amenazas de marcharme.
Lo que no sabía enfrentar era mi indiferencia.
—Fue una emergencia.
—Siempre lo es cuando se trata de Nora.
—Su madre desapareció.
—¿La encontraron?
Daniel dudó.
—Sí.
—¿A qué hora?
—A las diez y veinte.
Lo miré.
Nuestro turno había sido a las nueve.
—Entonces ¿por qué llegaste al registro casi al mediodía?
Silencio.
Finalmente respondió:
—Nora estaba alterada.
Sonreí.
Exactamente.
Incluso después de resolver la emergencia, había elegido quedarse con ella.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Puedo compensártelo.
En mi vida anterior había pronunciado esa frase decenas de veces.
Después de cada cumpleaños.
Cada cita cancelada.
Cada noche que me dejó esperando.
Y yo siempre aceptaba.
—No quiero compensación.
—Entonces dime qué quieres.
—Que cuando Nora vuelva a llamarte, puedas correr hacia ella sin tener una esposa esperando que regreses.
Su rostro cambió.
—No amo a Nora.
—Eso ya no importa.
Daniel quedó inmóvil.
Por primera vez entendió que no estaba compitiendo contra otro hombre.
Simplemente había llegado demasiado tarde a mi vida.
Durante las semanas siguientes intentó recuperarme.
Flores.
Mensajes.
Desayunos frente al restaurante.
Incluso devolvió la llave de repuesto del apartamento de Nora que ella le había dado “para emergencias”.
Pero yo sabía algo que Daniel todavía ignoraba.
En mi vida anterior también había intentado cambiar.
Cada vez que yo llegaba al límite.
Duraba una semana.
Quizá dos.
Hasta que Nora volvía a necesitarlo.
Por eso, cuando tres semanas después apareció frente al restaurante completamente empapado, no me sorprendió.
—Nora se marcha —dijo.
—Bien.
—Le dije que no volveré a ser responsable de sus problemas.
—Bien.
Daniel me miró incrédulo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—Pensé que eso era lo que necesitabas.
Negué con la cabeza.
—Eso era lo que necesitaba hace años.
Daniel tragó saliva.
—Clara, dame otra oportunidad.
Lo miré largamente.
Todavía era el hombre que había amado.
Ese era el problema.
Renacer no había borrado mis sentimientos.
Solo me había devuelto las consecuencias.
Recordaba perfectamente dónde terminaba aquella carretera.
—No.
Su rostro perdió color.
—¿Hay alguien más?
—Sí.
Daniel apretó la mandíbula.
—¿Quién?
Me señalé.
—Yo.
Por primera vez estoy eligiéndome a mí.
Pasaron dos meses.
Acepté un puesto administrativo que había rechazado en mi vida anterior porque Daniel decía que nuestros horarios serían incompatibles.
Ayudé a mis padres a renovar el restaurante.
Volví a viajar.
Volví a tener amigas.
Y descubrí algo extraño:
mi vida no se había quedado vacía sin Daniel.
Simplemente había recuperado todo el espacio que ocupaba esperándolo.
Una tarde Nora apareció en South Wind.
Se sentó frente a mí.
Parecía cansada.
—Daniel ya casi no responde mis llamadas.
—Eso es entre ustedes.
—Dice que te perdió por mi culpa.
La miré.
—No.
Nora pareció sorprendida.
—Daniel me perdió por sus decisiones.
No voy a convertirte en responsable para facilitarle las cosas.
Ella bajó los ojos.
—Nunca quise quitarte nada.
—Entonces aprende también a resolver tu vida sin pedirle constantemente al prometido de otra mujer que venga a salvarte.
No discutió.
Solo asintió.
Cuando salió, vi a Daniel al otro lado de la calle.
No entró.
Esta vez no corrió detrás de Nora.
Tampoco vino hacia mí.
Simplemente permaneció allí.
Quizá finalmente había entendido.
La noche anterior a la fecha en que nos habíamos casado en mi primera vida, recibí su último mensaje.
“Ahora entiendo por qué no volviste aquel día.”
Debajo había otra línea.
“Creí que esperar una noche podía compensar todos los años que tú me esperaste.”
Leí el mensaje.
No respondí.
Lo eliminé.
Después apagué el teléfono y regresé al comedor.
Mis padres estaban discutiendo sobre dónde colocar una nueva lámpara.
Había clientes riendo.
Platos chocando.
Música.
Vida.
En mi primera vida pensé que amar a alguien significaba esperar hasta que finalmente te eligiera.
Después de renacer comprendí algo mucho más sencillo:
El hombre correcto no necesitaba perderme para descubrir mi valor.

Y Daniel había esperado toda una noche frente al registro civil.
Yo había esperado años.
Esta vez, cuando llegó su turno de esperar…
no regresé.