La madre de Derek tardó dos segundos en responder.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Exactamente lo que escuchó.
Colgué.
Después llamé a mi madre.
Le conté todo.
No me interrumpió ni una sola vez.
Cuando terminé, preguntó:
—¿Pagaste?
—No.
Escuché cómo soltaba el aire.
—Entonces el dinero cumplió su propósito.
Fruncí el ceño.
—Pero todavía no compré ningún coche.
—No estaba hablando del coche.
Aquella frase me dejó en silencio.
—Nina, te di esos ahorros para hacerte la vida más segura. Si gracias a ellos descubriste con quién pensabas casarte, no considero que haya perdido nada.
Me ardieron los ojos.
Esa noche Derek apareció en mi apartamento acompañado por su madre.
Ni siquiera les permití entrar.
—Tenemos que hablar como adultos —dijo Derek.
—Habla.
Su madre sacó unas hojas.
—Derek perderá veinte mil yuanes si cancela la compra. Como todo esto ocurrió por tu capricho, al menos deberías devolverle el depósito.
La miré incrédula.
—¿Mi capricho?
—Él eligió un coche pensando en vuestro futuro.
Derek intervino:
—Nina, pago yo una parte después. Tú cubres ahora los cuatrocientos mil restantes y listo.
—¿Cuándo me devolverías el dinero?
Se quedó callado.
—¿Un año?
Nada.
—¿Tres?
Su madre resopló.
—¿Qué clase de mujer lleva cuentas con su futuro marido?
Sonreí.
—La clase que acaba de descubrir que debería haberlas llevado desde el principio.
Entré en casa y regresé con una carpeta.
Durante el trayecto en taxi había revisado mis movimientos bancarios de los últimos tres años.
Ordenador de Derek.
12.000.
Reloj.
31.800.
Parte de su alquiler.
Viajes.
Muebles.
Una deuda de tarjeta que pagué porque supuestamente había tenido “un mal mes”.
La cifra total superaba los 260.000 yuanes.
Le enseñé la última página.
—Tienes razón. Entre una pareja no debería ser necesario contar cada centavo.
Derek pareció relajarse.
Entonces añadí:
—Pero nosotros ya no somos pareja.
Su madre abrió mucho los ojos.
—¿Vas a romper un compromiso por un coche?
—No.
Miré a Derek.
—Lo termino porque hoy me dijiste claramente cómo imaginas nuestro matrimonio.
Mi salario sería familiar.
Los ahorros de mi madre serían familiares.
Mis regalos serían familiares.
Pero los bienes importantes estarían a tu nombre.
Derek se acercó.
—Estás exagerando.
—Perfecto. Pon el coche a mi nombre y págalo tú.
Abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
—Eso pensé.
Cerré la puerta.
Al día siguiente hice dos cosas.
Primero, devolví 270.000 yuanes a mi madre.
Me quedé con 150.000.
Segundo, fui a otro concesionario.
Sola.
Probé cuatro coches.
Pregunté por consumo, seguridad, mantenimiento y seguro.
Elegí un sedán sencillo.
El contrato decía:
Compradora: Nina Lin.
Lo leí tres veces.
Después pagué.
Cuando recogí las llaves, envié una fotografía a mi madre.
Me llamó inmediatamente.
—¿Te gusta?
Miré mi coche.
—Muchísimo.
—¿Es seguro?
—Sí.
—Entonces ya está.
Creí que el asunto con Derek había terminado.
Me equivoqué.
Tres días después recibí un mensaje de Leo, el vendedor del primer concesionario.
Derek seguía intentando conseguir el SUV.
Pero había un problema.
No podía financiar el resto.
El motivo apareció poco después.
Durante nuestra relación, Derek me había hecho creer que ganaba casi lo mismo que yo.
No era cierto.
Su salario era bastante menor.
Y tenía deudas que jamás me había mencionado.
El reloj que yo le regalé había servido como garantía temporal para una de ellas.
Parte del dinero que decía ahorrar para nuestra boda había desaparecido meses atrás.
De repente entendí por qué un hombre que siempre decía que comprar coche era “tirar el dinero” había corrido al concesionario apenas vio los 420.000 yuanes.
No había visto mi oportunidad.
Había visto la suya.
Entonces llegó el golpe final.
Su madre llamó a la mía.
Fue un error.
—Señora Lin —empezó—, los jóvenes discuten. No deberíamos permitir que cuatrocientos veinte mil yuanes destruyan un matrimonio.
Mi madre respondió:
—No existe ningún matrimonio.
—Pero estaban comprometidos.
—Precisamente. El compromiso sirve para descubrir estas cosas antes de firmar.
La señora Shaw intentó explicarle que un hombre necesitaba patrimonio para sentirse respetado.
Mi madre hizo una sola pregunta:
—Entonces, ¿por qué no se lo compra usted?
La llamada terminó poco después.
Derek cambió de estrategia.
Flores.
Disculpas.
Promesas.
Finalmente apareció frente a mi trabajo.
—Vendí algunas cosas —dijo—. Puedo pagarte los veinte mil del depósito si eso demuestra que no estaba detrás de tu dinero.
Lo miré.
—El depósito era tuyo.
—Nunca te pedí que me lo devolvieras.
—Entonces dime qué tengo que hacer.
Ahí estaba otra vez.
Todavía pensaba que aquello era una negociación.
—Nada.
—Nina…
—No quiero un hombre que aprenda a respetarme solamente cuando descubre que puedo marcharme.
Pasé junto a él.
No volvió a seguirme.
Meses después, mi madre subió por primera vez a mi coche.
Se abrochó el cinturón y pasó la mano por el tablero.
—¿Solo costó ciento cincuenta mil?
—Sí.
—¿Y los otros doscientos setenta mil?
—Están otra vez en tu cuenta.
Me miró con falsa indignación.
—Te dije que eran tuyos.
Sonreí.
—Y yo decidí devolvértelos.
Conduje hasta su restaurante favorito.
Al estacionar, recordé algo.
En aquel primer concesionario, Derek me había empujado hacia el asiento del acompañante.
“Este lugar es perfecto para ti”, había dicho.
Como si ya hubiera decidido que mi papel sería pagar mientras él conducía.
Miré a mi madre.
—¿Lista?
—Cuando quieras.
Encendí el coche.
Yo estaba detrás del volante.
Mi nombre figuraba en el registro.
Mi dinero seguía siendo mío.
Y mi futuro también.
Derek perdió veinte mil yuanes de depósito intentando presumir de un coche que no podía pagar.
Yo casi perdí mucho más.
Por suerte, mi madre me había enviado exactamente 420.000 yuanes.
Creyendo que estaba comprándome seguridad.
Al final tuvo razón.
Solo que la cosa más peligrosa de la que aquel dinero me protegió no estaba en el metro a las diez de la noche.
Dormía a mi lado y ya estaba haciendo planes con mis ahorros.