PARTE 2: EL SECRETO DE LA ÚLTIMA NOCHE

Durante varios segundos, el único sonido fue el de la lluvia golpeando las piedras del patio.

Sostenía el sobre entre mis dedos, incapaz de apartar los ojos de aquella frase.

«Bajo ninguna circunstancia confíes en el hombre que veas arrodillado ante tu puerta».

Mi padre había escrito esas palabras ocho años antes.

Ocho años antes de que Rodrigo me pidiera matrimonio.

Ocho años antes de que yo creyera que convertirme en su esposa sería el comienzo de una vida feliz.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Cómo llegó esto a tus manos?

Rodrigo permanecía arrodillado.

—Lucía, puedo explicarlo.

—Eso mismo dijiste anoche.

Doña Teresa avanzó hacia nosotros.

—Entrégame ese sobre inmediatamente.

Su voz ya no tenía la arrogancia de la noche anterior.

Tenía miedo.

Y fue entonces cuando comprendí que la carta no era simplemente una advertencia.

Era algo que mi suegra llevaba años intentando mantener oculto.

Me aparté de ambos.

—Nadie va a tocar este documento.

Rodrigo intentó levantarse, pero sus piernas apenas lo sostuvieron.

—Si no conseguimos el archivo antes de las seis, todo habrá terminado.

—¿Qué terminará?

—La empresa. La hacienda. Todo lo que mi familia posee.

Lo miré sin compasión.

—Entonces deberías haber pensado en eso antes de abandonarme en nuestra noche de bodas.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Bianca me llamó porque alguien la estaba amenazando.

Sentí una punzada de rabia.

—¿Y esperas que te crea?

—No tienes que creerme. Solo escucha la grabación.

El hombre que seguía al teléfono se presentó como Esteban Salazar, investigador privado contratado por Rodrigo.

—Señora Mendoza, anoche la señorita Herrera acudió al hotel boutique Las Magnolias para reunirse con una persona que llevaba meses presionándola.

—¿Quién?

Esteban vaciló.

—Tenemos imágenes de la entrada, pero necesitamos verificar su contenido antes de identificarlo definitivamente.

—Entonces envíemelas.

Rodrigo abrió los ojos.

—Lucía, espera…

—No vuelvas a decirme lo que tengo que hacer.

Cinco minutos después recibí un video.

La grabación mostraba el vestíbulo de un hotel elegante.

Eran las once y cuarenta y siete de la noche.

Bianca Herrera entraba con un vestido rojo y una carpeta negra.

Caminaba nerviosamente.

Miraba constantemente hacia atrás.

Después apareció una mujer.

Llevaba un abrigo color crema y un pañuelo de seda sobre el cabello.

Al principio no reconocí su rostro.

Pero cuando se volvió hacia la cámara, sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Era Doña Teresa.

Miré lentamente hacia mi suegra.

—¿Qué hacías anoche con Bianca?

Su rostro perdió todo color.

—No tienes derecho a interrogarme.

—Acabas de exigirme que entregue un documento de mi padre. Creo que tengo derecho a preguntar.

Rodrigo se llevó las manos a la cabeza.

—Mamá, me dijiste que no habías salido de casa.

Teresa lo miró con furia.

—¡Cállate!

Aquella orden hizo que todo encajara de una manera inquietante.

Rodrigo no sabía que su madre había estado allí.

O al menos eso parecía.

Regresé al interior de la hacienda y llamé a mi abogado, Gabriel Fuentes.

Había trabajado con mi padre durante más de veinte años.

Cuando contestó, su voz sonó sorprendida.

—Lucía, pensé que estarías disfrutando de tu luna de miel.

—Gabriel, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Mi padre dejó un archivo lacrado relacionado con la familia Mendoza?

Hubo un silencio tan largo que pensé que la llamada se había cortado.

Finalmente respondió:

—¿Quién te habló de ese archivo?

Sentí un escalofrío.

—Mi esposo.

Gabriel respiró profundamente.

—Entonces ha llegado el momento de contarte la verdad.

Una hora después, Gabriel llegó a la hacienda.

Traía una maleta de cuero antigua.

Lo recibí en la biblioteca.

Rodrigo y Teresa permanecieron fuera.

—Tu padre me entregó ciertos documentos poco antes de fallecer —explicó Gabriel—. Me pidió que los conservara hasta que se cumplieran determinadas condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Que tú contrajeras matrimonio con alguien de la familia Mendoza o que solicitaras personalmente revisar el expediente.

Lo miré incrédula.

—¿Por qué habría previsto algo así?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque conocía demasiado bien a esa familia.

Abrió la maleta.

Dentro había fotografías, contratos y una pequeña libreta.

En la primera página reconocí la firma de mi padre.

ALEJANDRO VALDÉS.

Debajo aparecía el nombre de una sociedad.

HACIENDAS DEL SUR, S.A.

Gabriel señaló una cláusula.

—Hace veinticinco años, tu padre y el abuelo de Rodrigo fundaron esta empresa.

Fruncí el ceño.

—Mi padre nunca mencionó haber sido socio de los Mendoza.

—Porque la sociedad terminó en una disputa.

—¿Por qué?

Gabriel respiró profundamente.

—Por la propiedad de esta hacienda.

Sentí que el corazón se aceleraba.

—¿Qué tiene que ver mi padre con la hacienda?

—El terreno original pertenecía a tu familia materna.

Me quedé inmóvil.

Mi madre había fallecido cuando yo tenía doce años.

Siempre me dijeron que sus propiedades se habían vendido para pagar deudas antiguas.

—¿Estás diciendo que esta casa perteneció a mi familia?

—Parte de los terrenos, sí. Pero necesitamos distinguir la propiedad original de las construcciones posteriores.

Gabriel me entregó una copia de una escritura.

Reconocí el apellido de mi madre.

ELENA MONTERO.

Durante años había escuchado a Teresa hablar de la hacienda como si su familia la hubiera construido desde la primera piedra.

Y ahora descubría que mi madre había tenido derechos sobre aquellas tierras.

—¿Por qué mi padre nunca me lo dijo?

Gabriel cerró lentamente la carpeta.

—Porque intentó resolver la disputa sin involucrarte.

—¿Lo consiguió?

Negó.

—No completamente.

Entonces abrió otro documento.

Era un contrato de préstamo firmado diecisiete años atrás.

La empresa de los Mendoza había recibido una cantidad considerable de dinero de una sociedad vinculada a mi padre.

Como garantía, se habían comprometido determinadas participaciones empresariales.

—¿De cuánto estamos hablando? —pregunté.

—La obligación original era importante. Con sus modificaciones posteriores, debemos calcular qué parte sigue vigente.

Sentí un escalofrío.

—¿Y Rodrigo lo sabe?

Gabriel negó.

—No puedo asegurarlo.

La puerta de la biblioteca se abrió violentamente.

Doña Teresa entró sin pedir permiso.

—¡Ese hombre no tiene derecho a traer documentos privados a mi casa!

Gabriel se levantó.

—Teresa, los documentos pertenecen al expediente de Alejandro Valdés.

Ella lo señaló con un dedo tembloroso.

—¡Alejandro prometió destruirlos!

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Mi padre prometió qué?

Teresa comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

Gabriel la miró fijamente.

—Alejandro nunca aceptó destruir pruebas de sus derechos.

Mi suegra retrocedió.

—Ustedes no entienden lo que pasó.

Me acerqué.

—Entonces explíquelo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tu padre quería arruinar a mi esposo.

Gabriel negó.

—Tu esposo había comprometido activos de la sociedad sin informar a todos los socios.

—¡Lo hizo para salvar la hacienda!

—Eso no le daba derecho a ocultar las operaciones.

Teresa se dejó caer en un sillón.

Por primera vez parecía una mujer anciana y agotada.

—Mi marido murió creyendo que Alejandro acabaría quitándonos todo.

La miré.

—Mi padre también murió sin contarme la verdad.

Teresa levantó la cabeza.

—Porque sabía lo que había hecho.

Gabriel frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Mi suegra apretó los labios.

—Pregúntale por la noche del incendio.

Sentí que un escalofrío recorría mi espalda.

—¿Qué incendio?

Gabriel palideció.

—Teresa…

—¡Díselo! —gritó ella—. ¡Dile lo que ocurrió en los antiguos almacenes!

Miré al abogado.

—Gabriel, ¿de qué está hablando?

Él respiró profundamente.

—Hace ocho años hubo un incendio en una propiedad vinculada a la sociedad.

Ocho años.

El mismo año en que murió mi padre.

—¿Mi padre estuvo allí?

Gabriel asintió lentamente.

—Sí.

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

—¿Y qué ocurrió?

—Alejandro había acudido para recuperar documentación. El incendio comenzó aquella noche.

—¿Fue un accidente?

Gabriel guardó silencio.

—La investigación oficial no estableció una causa intencional.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había fallecido semanas después de aquel incidente.

Siempre creí que había sido por una enfermedad repentina.

Nunca me contaron que había estado involucrado en un incendio.

Entonces Rodrigo apareció en la puerta.

Ya se había cambiado de ropa.

Su rostro seguía pálido.

—Lucía, necesito enseñarte algo.

Lo miré con frialdad.

—Ya has tenido demasiadas oportunidades para mentirme.

—No te estoy pidiendo que confíes en mí.

Sacó una memoria USB.

—Solo que veas esto.

Gabriel conectó el dispositivo a su computadora.

Apareció otra grabación del hotel.

Esta vez mostraba un pasillo privado.

Bianca estaba frente a Teresa.

Discutían.

No había sonido.

Entonces una tercera persona apareció.

Un hombre alto, de cabello gris.

Llevaba un maletín negro.

Bianca retrocedió al verlo.

Teresa parecía aterrorizada.

El hombre se acercó y abrió el maletín.

Dentro había varios documentos.

Después señaló algo fuera de cámara.

Bianca comenzó a llorar.

—¿Quién es ese hombre? —pregunté.

Rodrigo negó.

—No lo sé.

Pero Gabriel había dejado de respirar.

Lo miré.

—Gabriel…

Su rostro estaba completamente blanco.

—No puede ser.

—¿Lo conoces?

Asintió lentamente.

—Se llama Ricardo Montero.

Sentí que el corazón se aceleraba.

Montero.

El apellido de mi madre.

—¿Es familiar mío?

Gabriel cerró los ojos.

—Era el hermano mayor de Elena.

Me quedé inmóvil.

—¿Mi tío?

—Sí.

—¿Por qué nunca me hablaste de él?

Gabriel tardó varios segundos en responder.

—Porque desapareció después del incendio.

Rodrigo se acercó.

—Ese hombre amenazó a Bianca.

—¿Con qué?

—Le dijo que tenía pruebas de que mi madre había ocultado documentos durante años.

Teresa comenzó a llorar.

—Ricardo prometió que nunca volvería.

La miré.

—¿Qué relación tienes con él?

No respondió.

Gabriel se inclinó hacia ella.

—Teresa, ¿qué le entregaste anoche?

Mi suegra bajó la cabeza.

—Una copia del acuerdo original.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué acuerdo?

Gabriel la observó.

—El documento que establecía cómo se repartirían las participaciones de Haciendas del Sur.

Entonces Rodrigo habló.

—Lucía, Bianca no me llamó porque quisiera verme.

Lo miré.

—¿Entonces?

—Me dijo que Ricardo había amenazado con publicar información sobre mi madre si no entregábamos el archivo de tu padre.

—¿Y por eso me abandonaste en nuestra noche de bodas?

Bajó la mirada.

—Pensé que podía resolverlo antes del amanecer.

Sentí una tristeza profunda.

—Podrías haberme dicho la verdad.

—Lo sé.

—Podrías haber elegido quedarte conmigo.

No respondió.

Aquello fue suficiente.

A las cuatro de la tarde, Gabriel recibió una llamada.

Escuchó durante varios segundos.

Su expresión cambió.

—¿Está seguro?

Colgó lentamente.

—Lucía, tenemos un problema.

—¿Qué ocurrió?

—Ricardo Montero presentó una solicitud judicial relacionada con la sociedad.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué solicita?

—Una revisión de los antiguos títulos de propiedad y de las transferencias de acciones.

Rodrigo se llevó una mano a la cabeza.

—Entonces vamos a perderlo todo.

Gabriel negó.

—No necesariamente. Pero hay algo que todos deben entender.

Nos miró uno por uno.

—La existencia de una disputa no significa que Ricardo tenga razón.

Doña Teresa se levantó.

—Necesitamos el archivo lacrado.

La miré.

—¿Por qué?

—Porque contiene la firma original de Alejandro.

Sentí que el corazón se aceleraba.

—¿Y qué demuestra esa firma?

Teresa cerró los ojos.

—Que tu padre aceptó un acuerdo antes de morir.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué acuerdo?

Mi suegra comenzó a temblar.

—Uno que jamás debió haberse firmado.

Entonces Gabriel abrió la última carpeta de su maleta.

Sacó una carta sellada.

—Lucía, tu padre me pidió que te entregara esto si alguna vez los Mendoza reclamaban el archivo.

Reconocí inmediatamente la letra.

«Mi querida hija: si estás leyendo estas palabras, significa que finalmente llegó el día que tanto temí».

Sentí que las lágrimas me nublaban la vista.

«Durante años intenté protegerte de una disputa que comenzó mucho antes de tu nacimiento».

Continué leyendo.

«Pero hay algo que nunca pude decirte sobre Elena, tu madre».

Me quedé inmóvil.

La siguiente página contenía una fotografía.

Mi madre aparecía frente a la hacienda.

A su lado estaba Ricardo Montero.

Y detrás de ambos había un hombre joven.

Reconocí inmediatamente su rostro.

Era el padre de Rodrigo.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa esto?

Gabriel bajó la mirada.

—Tu madre conocía a la familia Mendoza mucho antes de casarse con Alejandro.

—Eso ya lo entiendo.

—Pero no sabes por qué se rompió aquella relación.

Doña Teresa avanzó hacia mí.

—Lucía, no leas más.

La miré.

—¿Por qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque hay verdades que destruyen familias.

Apreté la carta.

—Mi familia ya está destruida.

Continué leyendo.

«Elena descubrió que alguien estaba utilizando la sociedad para ocultar transferencias que no correspondían a negocios reales».

Sentí que el corazón se aceleraba.

«Cuando intentó denunciarlo, recibió amenazas. Yo prometí protegerla».

La última frase estaba subrayada.

«Si alguna vez te casas con un Mendoza, recuerda que el verdadero peligro no está necesariamente en el hombre que lleva ese apellido, sino en la persona que decidió ocultarte lo ocurrido aquella noche».

Levanté lentamente la mirada.

Gabriel estaba inmóvil.

Teresa lloraba.

Rodrigo parecía no comprender.

Entonces sonó el teléfono de mi abogado.

Era un número desconocido.

Gabriel contestó.

—¿Diga?

Una voz masculina respondió:

—Dígale a Lucía que deje de buscar el archivo.

Gabriel palideció.

—¿Ricardo?

La voz soltó una risa seca.

—Veo que todavía recuerdas mi voz.

Sentí que el corazón se detenía.

Gabriel activó el altavoz.

—¿Qué quieres?

—Lo mismo que quise hace ocho años. Que se conozca la verdad.

Me acerqué.

—Soy Lucía Valdés.

Hubo un silencio.

Después la voz cambió.

—Lucía…

—Si eres mi tío, quiero saber qué ocurrió con mis padres.

Ricardo respiró profundamente.

—Entonces pregúntale a Teresa por qué estaba en los almacenes la noche del incendio.

Mi suegra se llevó una mano a la boca.

—¿Qué hiciste aquella noche? —le pregunté.

Teresa comenzó a negar.

—No fue como él dice.

Ricardo continuó:

—Pregúntale también por qué Alejandro salió del edificio con un maletín que no le pertenecía.

Gabriel se puso de pie.

—Ricardo, basta.

La voz se volvió fría.

—No, Gabriel. Ya guardamos silencio demasiado tiempo.

Entonces pronunció unas palabras que hicieron que mi abogado dejara caer el teléfono sobre la mesa.

—LUCÍA, EL ARCHIVO QUE TODOS BUSCAN NO CONTIENE SOLAMENTE DOCUMENTOS SOBRE LA HACIENDA. CONTIENE UNA CONFESIÓN GRABADA DE LA PERSONA QUE PROVOCÓ EL INCENDIO.

Me quedé inmóvil.

—¿Quién?

Ricardo guardó silencio.

Después respondió:

—Tu padre descubrió su identidad antes de morir.

Sentí que las manos me temblaban.

—Entonces dime quién fue.

La voz bajó hasta convertirse en un susurro.

—NO PUEDO DECÍRTELO POR TELÉFONO. PERO PUEDO DECIRTE ALGO: LA PERSONA QUE TU PADRE INTENTÓ PROTEGER AQUELLA NOCHE ESTÁ AHORA MISMO EN ESA HABITACIÓN.

Miré lentamente a Gabriel.

Después a Teresa.

Finalmente a Rodrigo.

Tres personas.

Tres rostros llenos de miedo.

Y una verdad que llevaba ocho años esperando salir a la luz.

Entonces Ricardo añadió una última frase.

—Y SI QUIERES SABER POR QUÉ RODRIGO TE PIDIÓ MATRIMONIO PRECISAMENTE ESTE AÑO, REVISA LA FECHA DE VENCIMIENTO DEL FIDEICOMISO DE TU MADRE.

La llamada terminó.

Gabriel abrió apresuradamente el expediente.

Buscó entre las páginas hasta encontrar una cláusula.

Cuando la leyó, su expresión cambió.

—Lucía…

—¿Qué sucede?

Me mostró la fecha.

El fideicomiso vencía al día siguiente de mi boda.

Sentí que el mundo se detenía.

Porque acababa de comprender que mi matrimonio podía no haber sido una casualidad.

Y que Rodrigo quizá había tenido una razón muy distinta para querer casarse conmigo.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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