PARTE 2: LO QUE VINCENT HABÍA ESCONDIDO BAJO SU PIEL

Gabriel volvió a pronunciar el nombre.

—Vincent.

Luca cerró la puerta del dormitorio.

—¿Qué hizo su primo?

Gabriel intentó incorporarse.

No pudo.

—Él organizó… la clínica.

—Eso ya lo sabemos —dije—. Necesito saber quién estuvo allí.

Sus ojos se cerraron.

—Vale.

Doctor Adrian Vale.

El cirujano que supuestamente había extraído el fragmento.

Toqué alrededor de la segunda incisión sin presionarla.

Estaba caliente.

Inflamada.

Pero aquello no explicaba por sí solo la pérdida progresiva de movilidad.

—Necesita un hospital.

Luca negó inmediatamente.

—El hospital de Moretti está comprometido.

—Entonces otro.

—No entiende cómo funciona esto.

Lo miré.

—Y tú no entiendes que puede morir aquí.

Gabriel abrió los ojos.

—Hazlo.

Luca se quedó inmóvil.

—Jefe…

—Hospital.

Veinticinco minutos después entrábamos por un acceso privado del Northwestern Memorial bajo nombres reservados.

Pedí imágenes de la columna.

Análisis.

Cultivos.

Y una evaluación neurológica inmediata.

El radiólogo me llamó antes de terminar la primera serie.

—Necesito que vea esto.

En la imagen aparecía un pequeño objeto rectangular junto a la región lumbar.

No era una bala.

No era instrumental olvidado accidentalmente.

Tenía bordes demasiado perfectos.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Luca.

El radiólogo negó con la cabeza.

—Hasta que lo extraigamos, no puedo asegurarlo.

Gabriel necesitó cirugía urgente.

Tres horas después, el neurocirujano salió con una bolsa de evidencia.

Dentro había un dispositivo metálico no mayor que una moneda.

—Estaba encapsulado cerca de estructuras nerviosas —explicó—. También encontramos signos de infección.

—¿Eso causó la parálisis?

—Puede explicar parte del deterioro, pero necesitamos observar la evolución.

No prometió milagros.

Eso hizo que confiara más en él.

Cuando Gabriel despertó, le pedí que moviera los dedos del pie derecho.

Nada.

Cinco minutos después, el dedo gordo tembló.

Luca soltó el aire.

Gabriel me miró.

—¿Qué sacaron?

Le mostré una fotografía.

Su rostro se endureció.

—He visto eso antes.

—¿Dónde?

—En una empresa que cerré hace nueve años.

—¿Qué empresa?

—Orpheus Biomedical.

Luca palideció.

—Jefe, eso pertenecía a su padre.

Gabriel asintió.

—Desarrollaban dispositivos neurológicos experimentales. Ordené destruir el proyecto después de su muerte.

—Pues alguien no obedeció.

Luca salió para investigar.

Regresó veinte minutos después.

—El dispositivo tiene número de serie.

—¿Y?

—Fue fabricado hace cinco meses.

Gabriel quedó completamente quieto.

Orpheus llevaba nueve años oficialmente cerrada.

Pero existía otra cosa.

La orden de fabricación había sido autorizada mediante una credencial interna.

VINCENT MORETTI.

—Encuéntralo —ordenó Gabriel.

Luca no respondió.

—¿Qué ocurre?

—Vincent desapareció esta mañana.

Entonces recordé algo.

—Quiero los registros de la clínica.

Luca consiguió una copia del sistema de seguridad.

La noche de la operación, Gabriel había llegado a las 22:41.

Adrian Vale entró a quirófano.

Vincent también.

Pero hubo una tercera persona.

Una mujer.

Gabriel vio su rostro y dejó de respirar.

—¿Quién es? —pregunté.

—Mi esposa.

Miré a Luca.

Él apartó los ojos.

—Pensé que no estaba casado.

—Ya no.

Gabriel no apartaba la vista.

—Elena murió hace seis años.

La grabación mostraba claramente a Elena Moretti entrando en la clínica.

Viva.

—¿Estás seguro?

—Enterré su cuerpo.

Luca amplió la imagen.

La mujer se volvió hacia la cámara.

Era imposible confundirla.

Entonces Gabriel hizo algo inesperado.

Intentó levantarse de la cama.

—¿Dónde está Vincent?

—No puedes caminar todavía.

—Mi esposa está viva.

—O alguien quiere que creas eso.

Aquella frase lo detuvo.

Seguimos revisando.

La mujer permaneció en la clínica cuarenta y siete minutos.

Después salió.

Vincent permaneció dos horas más.

Pero Adrian Vale nunca salió.

—Busca otro acceso —dije.

Encontramos una cámara del estacionamiento.

A las 2:16 de la madrugada, dos hombres sacaron una camilla cubierta.

El registro decía:

RESIDUOS MÉDICOS.

Luca comenzó a hacer llamadas.

Adrian Vale llevaba tres semanas desaparecido.

Exactamente desde la operación de Gabriel.

Entonces recibí los resultados de laboratorio.

Había algo en su sangre que no pertenecía al tratamiento registrado.

Un sedante de acción prolongada.

En dosis pequeñas.

Repetidas.

—Alguien ha seguido medicándote después de la cirugía.

Gabriel miró las vías intravenosas.

—¿Quién ha tenido acceso?

Luca tardó demasiado en responder.

—Todos los enfermeros privados.

Cuatro habían huido aquella noche.

Una quinta había empezado a marcharse cuando yo llegué.

—Localízalos.

La investigación reveló algo todavía peor.

Las cinco enfermeras habían sido contratadas por la misma agencia.

La mía.

Sentí que se me helaba la sangre.

—Eso no significa que yo esté involucrada.

Gabriel me observó.

—No dije que lo estuvieras.

Mi teléfono vibró.

Mensaje desconocido.

Una fotografía mía entrando al ático esa tarde.

Debajo:

“LA QUINTA FALLÓ. OCÚPATE TÚ.”

Le enseñé la pantalla.

Luca maldijo.

Gabriel no.

Solo preguntó:

—¿Quién sabía que aceptarías este trabajo?

—Mi supervisora.

—¿Nombre?

—Elena Rossi.

El rostro de Gabriel cambió.

—Repite eso.

—Elena Rossi.

Luca sacó la fotografía de la clínica.

La colocó junto al perfil corporativo de mi supervisora.

Cabello diferente.

Quince años de diferencia aparente.

Pero los mismos ojos.

La misma pequeña cicatriz bajo la barbilla.

Mi jefa era la esposa supuestamente muerta de Gabriel.

—No puede ser.

Gabriel tomó mi teléfono.

—¿Cuánto llevas trabajando para ella?

—Tres años.

—¿Por qué te contrató?

—Me encontró después de que dejé urgencias.

—No.

Me devolvió el teléfono.

—¿Por qué a ti?

No tenía respuesta.

Hasta que Luca recibió otro archivo.

La agencia había pagado discretamente durante tres años parte de las facturas médicas de mi madre.

Nunca lo había sabido.

Después encontramos mi solicitud original.

En la sección “referencia personal” aparecía un nombre que yo jamás había escrito.

ADRIAN VALE.

—Yo no conocía a ese médico.

Gabriel cerró los ojos.

—Pero él te conocía.

Luca abrió el último documento recuperado del servidor de Orpheus.

PROYECTO LAZARUS.

SUJETO PRINCIPAL: GABRIEL MORETTI.

SUPERVISIÓN CLÍNICA: ADRIAN VALE.

COORDINACIÓN: ELENA MORETTI.

Y debajo había una tercera línea.

ENFERMERA DESIGNADA PARA EXTRACCIÓN: NIA CARTER.

Mi nombre.

Fechado hacía cuatro años.

Un año antes de conocer a Elena Rossi.

—¿Extracción de qué? —susurré.

Gabriel miró el dispositivo que habían sacado de su espalda.

Entonces su teléfono personal, apagado desde la cirugía, se encendió solo.

Apareció un único mensaje.

“QUITARON EL SEÑUELO.”

Debajo llegó una radiografía.

No era de su espalda.

Era de su cráneo.

Y mostraba un segundo dispositivo.

Gabriel levantó lentamente los ojos hacia mí.

El mensaje final apareció antes de que ninguno pudiera hablar.

“NIA SABE DÓNDE ESTÁ EL VERDADERO. SOLO QUE TODAVÍA NO RECUERDA POR QUÉ.”

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