PARTE 2: LA MUJER QUE LARKIN NO ESPERABA RECONOCER

Larkin se detuvo frente a mí.

Sus ojos recorrieron mi rostro, mi cabello y finalmente el vestido.

—Woods.

—Señor Steves.

Thomas apareció detrás de él.

Por primera vez desde que lo conocía, no estaba sonriendo.

—¿Penelope?

—Me alegra que me reconozcas.

Thomas soltó una carcajada.

—¿Dónde escondías todo esto?

Larkin no se rio.

Me ofreció el brazo.

—Ven conmigo.

—¿Es una orden?

—Sí.

No lo tomé.

Aquello pareció sorprenderlo todavía más que mi apariencia.

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—Penelope Woods.

Todo mi cuerpo se tensó.

Me giré.

Un hombre de cabello plateado avanzaba entre los invitados.

Sebastian Vale.

Yo conocía ese nombre.

Había visto sus empresas en docenas de cuentas que procesaba para Larkin.

Pero nunca lo había conocido personalmente.

Sebastian sonrió.

—Han pasado muchos años.

Larkin me miró.

—¿Lo conoces?

—No.

Sebastian inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso dolió.

—Me está confundiendo con otra persona.

—No.

Su mirada bajó hacia mi cuello.

—Aunque falta el collar.

Sentí frío.

Mi mano se movió involuntariamente hacia mi clavícula.

Error.

Larkin lo vio.

Sebastian también.

—Tu madre siempre decía que hacías eso cuando mentías.

Thomas dejó de sonreír.

—¿Qué demonios significa eso?

Sebastian levantó su copa.

—Significa que la secretaria de tu primo no siempre se llamó Penelope Woods.

Larkin dio un paso entre nosotros.

—Cuidado.

—¿Protegiéndola?

Sebastian parecía divertido.

—Qué interesante.

Entonces dijo un nombre que no había escuchado en doce años.

—Penelope Mercer.

La música siguió sonando.

Pero para mí el salón quedó en silencio.

Larkin me miró.

—¿Mercer?

—Tenemos que irnos.

—¿Quién eres?

—Aquí no.

Sebastian sonrió.

—Pregúntale quién era su padre.

Agarré el brazo de Larkin.

—Ahora.

Algo en mi expresión hizo que dejara de preguntar.

Me condujo hasta una sala privada.

Thomas nos siguió.

En cuanto cerró la puerta, Larkin se volvió.

—Habla.

Respiré profundamente.

—Mi padre se llamaba Jonathan Mercer.

Thomas palideció.

Larkin no.

Eso fue peor.

—Lo conocías.

—Todo el mundo lo conocía.

Jonathan Mercer había sido contador forense.

Pero no para bancos.

Trabajaba para familias criminales.

Encontraba dinero perdido.

Empresas ocultas.

Traiciones.

Hasta que desapareció cuando yo tenía dieciséis años.

La policía dijo que había huido.

Mi madre y yo cambiamos nuestros apellidos.

Dos años después, ella murió.

Yo me convertí en Penelope Woods.

—¿Y terminaste trabajando para mí por casualidad? —preguntó Larkin.

—Eso creía.

Thomas se rio.

—Nadie termina dentro de esta familia por casualidad.

Larkin lo ignoró.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

—Porque quería seguir viva.

Alguien llamó a la puerta.

Un camarero entró con una bandeja.

—Para la señorita Woods.

Había un pequeño sobre negro.

Mi nombre estaba escrito a mano.

Dentro encontré una llave y una nota.

“TRES AÑOS FUERON SUFICIENTES. AHORA ABRE LO QUE TU PADRE DEJÓ.”

Larkin tomó la llave.

—¿Reconoces esto?

Sí.

Era de una caja de seguridad.

Pero había algo grabado en ella.

S-42.

Thomas dejó escapar una maldición.

—¿Qué?

Larkin me miró.

—Tenemos una caja fuerte con esa numeración.

—¿Dónde?

—En mi oficina.

Mi estómago se hundió.

Regresamos inmediatamente a la torre.

La caja S-42 estaba detrás de un panel que yo había visto cientos de veces.

La llave encajó.

Dentro había una memoria USB.

Una fotografía.

Y un libro contable.

Abrí la primera página.

Reconocí la letra.

La de mi padre.

Thomas intentó tomarlo.

Larkin lo detuvo.

—Ella primero.

Empecé a leer.

Había nombres.

Fechas.

Empresas.

Millones movidos durante veinte años.

Entonces encontré un apellido.

STEVES.

Debajo:

“TRANSFERENCIA DE CONTROL — JONATHAN MERCER.”

Miré a Larkin.

—¿Qué significa?

Él pasó varias páginas.

Su expresión cambió.

—Mi padre construyó el sindicato.

—Eso dice la historia oficial.

—¿Historia oficial?

Señalé una anotación.

Según el libro, Jonathan Mercer había sido propietario secreto del cuarenta y uno por ciento de las empresas que financiaron el imperio Steves.

Thomas soltó una carcajada nerviosa.

—Esto puede ser falso.

Encontré una escritura.

No lo era.

Las participaciones habían sido colocadas en un fideicomiso.

Beneficiaria:

PENELOPE MERCER.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Soy propietaria de parte de tu organización?

—Legalmente —dijo Larkin—, quizá de mucho más que una parte.

Entonces abrió la memoria USB.

Apareció mi padre.

Más viejo de lo que yo recordaba.

—Penny.

Me tapé la boca.

—Si estás viendo esto, significa que finalmente entraste en el edificio Steves.

Mi corazón se detuvo.

—No llegaste allí por accidente.

Miré a Larkin.

Él estaba igual de sorprendido.

—Hace años descubrí que alguien dentro de esa familia estaba robando dinero y utilizando mis empresas para financiar operaciones que ni siquiera Larkin conoce.

Thomas dio un paso atrás.

—¿Por qué dice su nombre?

El video continuó.

—Larkin no es el hombre del que debes tener miedo.

Larkin levantó lentamente los ojos hacia su primo.

Thomas dejó de respirar.

—No me mires así.

Mi padre siguió hablando.

—Tampoco Thomas.

Ahora ninguno entendíamos.

—La persona que controla realmente el dinero nunca aparece en reuniones.

En la pantalla, mi padre colocó una fotografía frente a la cámara.

Una mujer.

Elegante.

Rubia.

Unos cincuenta años.

Larkin se quedó blanco.

—No.

—¿Quién es?

No respondió.

Thomas sí.

—Evelyn Steves.

La madre de Larkin.

Según todo lo que sabía, había muerto cinco años atrás.

Mi padre continuó:

—Evelyn descubrió quién eras antes de que tu madre pudiera esconderte.

Sentí frío.

—¿Qué?

—Por eso tu madre murió.

Larkin cerró el portátil.

—Basta.

—Ábrelo.

—Penelope…

—Ábrelo.

Lo hizo.

La grabación continuó.

—Si Evelyn sigue viva, no dejes que descubra que encontraste este libro.

Entonces sonó el teléfono de Larkin.

Número privado.

Contestó.

Una voz femenina habló.

—Hijo.

Larkin perdió todo el color del rostro.

—Mi madre está muerta.

La mujer rio suavemente.

—Y Jonathan Mercer también, según recuerdo.

Miré la pantalla.

Mi padre seguía allí.

Grabado años atrás.

La voz del teléfono preguntó:

—¿Penelope está contigo?

Nadie respondió.

—Claro que sí.

Entonces habló directamente conmigo.

—Bonito vestido, Penny.

Miré hacia las cámaras del despacho.

Una luz roja parpadeaba.

Nos estaba observando.

—¿Qué quieres?

—Lo mismo que quería tu padre.

—¿Qué?

—Que ocuparas el lugar que te corresponde.

Thomas se acercó al ventanal.

—Larkin.

Abajo, varios vehículos negros estaban bloqueando las salidas.

La mujer continuó:

—Tu padre no desapareció para protegerte de nosotros, Penelope.

Mi mano apretó el teléfono.

—Entonces ¿por qué?

—Porque descubrió que tú eras la única persona capaz de abrir la cuenta que contiene el verdadero dinero del sindicato.

Miré el libro contable.

—No sé nada de ninguna cuenta.

—Todavía.

Se oyó una puerta abrirse al otro lado de la llamada.

Después una voz masculina dijo:

—Dámela.

Dejé de respirar.

No por las palabras.

Por la voz.

Habían pasado doce años.

Pero la reconocí.

—¿Papá?

Larkin me miró.

La voz de Jonathan Mercer respondió:

—Penny, escucha con atención.

Se oyó un golpe.

Luego habló rápidamente.

—No confíes en la llave. No confíes en el libro. Y hagas lo que hagas, no permitas que Larkin descubra por qué trabajaste exactamente tres años para él.

La llamada terminó.

Miré a Larkin.

Él ya no parecía confundido.

Miraba la fecha de mi contrato laboral.

Después abrió el último archivo de la memoria USB.

Era una solicitud de empleo.

La mía.

Pero yo jamás la había enviado.

Había sido creada seis meses antes de que solicitara el puesto.

En la parte inferior aparecía una autorización:

“COLOCAR A PENELOPE MERCER CERCA DE LARKIN STEVES. NO REVELAR IDENTIDAD HASTA LA GALA.”

Y debajo estaba la firma de la persona que había organizado mi vida durante tres años.

JONATHAN MERCER.

Mi padre no solo estaba vivo.

Él había sido quien me había puesto al lado de Larkin desde el principio.

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