PARTE 2: LO QUE NIKO NO ESPERABA

Niko me observó durante unos segundos.

—Primera regla: no interfieras en mis negocios. Segunda: frente a nuestras familias mantendremos las apariencias. Tercera…

Se detuvo al notar que yo retrocedía cuando se acercaba.

Su expresión cambió.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—No parece nada.

Intenté mantener la voz firme.

—Este matrimonio fue un acuerdo entre tú y mi padre. No significa que tengas derecho a exigirme nada más.

Niko soltó una risa breve.

—Tranquila, princesa. No tengo interés en obligarte a compartir mi cama.

Princesa.

El desprecio detrás de aquella palabra me irritó más que cualquier amenaza.

—Perfecto.

Tomé una almohada.

—Entonces dormiré en otra habitación.

Pasé junto a él.

Niko me sujetó suavemente de la muñeca.

Mi reacción fue instantánea.

Me aparté con tanta fuerza que choqué contra una mesa.

Él me soltó inmediatamente.

—¿Quién te hizo daño?

La pregunta me desconcertó.

—Nadie.

—Entonces ¿por qué reaccionas así?

Guardé silencio.

Niko me estudió.

Por primera vez, aquella mirada no parecía arrogante.

Parecía estar intentando resolver un problema.

—He leído cosas sobre ti —dijo finalmente.

—Estoy segura.

—Fiestas. Clubes. Escándalos.

—¿Y decidiste que eso te daba derecho a imaginar el resto?

Niko no respondió.

—Nunca he estado con nadie —dije.

El silencio cayó de golpe.

Él parpadeó.

—¿Qué?

Sentí calor en las mejillas.

Odiaba tener que explicarlo.

—Las fotografías eran reales. Las fiestas también. Pero los rumores sobre mi vida privada no.

Niko se quedó completamente inmóvil.

Entonces comprendió algo todavía más importante.

—¿Tu padre sabía que tenías miedo de este matrimonio?

—Mi padre sabía que no quería casarme contigo.

Su mandíbula se endureció.

Se alejó de mí.

—Duerme aquí. Yo usaré el estudio.

Lo miré sorprendida.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

No contesté.

Niko tomó su saco.

Antes de salir, se detuvo.

—No volveré a tocarte sin preguntarte.

La puerta se cerró.

Aquella fue la primera grieta en la imagen que yo tenía de Niko Santoro.

La segunda apareció a la mañana siguiente.

Encontré a mi padre en el salón.

Estaba pálido.

—Tenemos que hablar.

Niko permanecía junto a la ventana.

—Díselo todo, Arthur.

Mi padre cerró los ojos.

Entonces confesó.

Meses antes había descubierto pruebas de corrupción relacionadas con varios funcionarios y empresarios. Uno de los hombres implicados había comenzado a amenazarlo.

Después llegaron fotografías mías.

De mi universidad.

De mi edificio.

De Stella y yo caminando por Manhattan.

—Querían que retirara las pruebas —dijo papá—. Y dejaron claro que podían llegar hasta ti.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Así que me vendiste?

—No.

Niko respondió por él.

—Me pidió protección.

Lo miré.

—¿Y necesitábamos casarnos para eso?

—No.

Mi padre bajó la cabeza.

—Esa parte fue idea mía.

Niko lo miró con evidente irritación.

—Arthur creyó que convertirte públicamente en una Santoro haría que nadie se atreviera a acercarse.

—¿Y tú aceptaste?

Niko tardó demasiado en responder.

—Porque también necesitaba algo de tu padre.

Ahí estaba.

El trato.

La protección nunca había sido gratuita.

Pero entonces Niko puso una carpeta sobre la mesa.

—Ya no.

Dentro estaba el acuerdo original.

Lo había firmado mi padre.

Había condiciones financieras, políticas y obligaciones entre ambas familias.

Niko tomó las hojas y las rompió.

Mi padre palideció.

—¿Qué estás haciendo?

—Terminando el acuerdo.

Me miró.

—Ella decidirá qué ocurre con el matrimonio.

Por primera vez desde el jueves, alguien me estaba devolviendo una elección.

Durante las semanas siguientes permanecí en el penthouse mientras se investigaban las amenazas.

Niko cumplió su palabra.

Nunca entraba en mi habitación sin llamar.

Nunca preguntaba dónde había estado.

Nunca volvió a llamarme princesa.

Y lentamente descubrí que el hombre del que todos parecían tener miedo tenía reglas mucho más estrictas consigo mismo que con los demás.

También él descubrió quién era yo realmente.

No una heredera inútil.

No una chica de fiestas.

Estudiaba Derecho porque quería construir una vida fuera del apellido Shaw.

La noche en que finalmente arrestaron a uno de los hombres implicados en las amenazas, encontré a Niko en el balcón.

—Ya estás a salvo —dijo—. Mañana puedo iniciar la anulación.

Me quedé mirándolo.

—¿Quieres hacerlo?

Niko sonrió ligeramente.

—Esta vez no importa lo que quiera tu padre.

Se volvió hacia mí.

—Ni lo que quiera yo.

—¿Entonces?

—Importa lo que quieras tú.

Pensé en el hombre que había conocido frente al altar.

Después pensé en el que había dormido durante semanas en un estudio para mantener una promesa.

—Quiero terminar Derecho.

—Bien.

—Quiero mi propia carrera.

—Bien.

—Y si seguimos casados, no volverás a decidir quién soy basándote en rumores.

Niko extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Puedo?

Miré su mano.

Después puse la mía sobre ella.

—Puedes.

Nuestra boda había comenzado como un acuerdo entre dos hombres que creyeron decidir mi futuro.

Si aquel matrimonio iba a continuar, sería por una razón completamente diferente.

Porque esta vez la decisión sería mía.

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