PARTE 2: LLEGASTE TARDE

Dos horas después llegaron los trabajadores.

Retiraron los muebles que yo había comprado.

El sofá.

La mesa.

Las lámparas.

Hasta la cama del dormitorio principal.

Diana miraba cada objeto desaparecer.

—Adrian, haz algo.

Él me enfrentó.

—¡Esta es mi casa!

Mi padre entró en ese momento acompañado por un abogado.

—No —dijo—. Es de mi hija.

Adrian palideció.

El apartamento había sido comprado por mi familia como regalo de bodas, pero la escritura seguía exclusivamente a mi nombre.

—Claire, estás exagerando por un error.

—Entonces vive con las consecuencias de tu error.

Mi teléfono sonó.

Nathan.

—Esposo —contesté—, ¿qué ocurre?

Adrian quedó inmóvil.

—¿Qué acabas de decir?

Nathan apareció pocos minutos después con nuestro certificado matrimonial.

Adrian se lo arrancó de las manos.

Leyó nuestros nombres.

La fecha.

El sello oficial.

Su rostro perdió todo color.

—Te casaste con él…

—Ayer.

—¡Íbamos a casarnos nosotros!

—Tú ibas a casarte conmigo. Yo cambié de planes.

Diana comenzó a llorar.

Pero Nathan señaló la carpeta que yo había llevado.

—Antes de discutir matrimonios, quizá deberían mirar esto.

Dentro había un informe.

Mi padre había desconfiado de la historia del supuesto “accidente” y ordenado investigar discretamente.

La fecha estimada del embarazo de Diana no coincidía con la noche de nuestro compromiso.

Era anterior.

Mucho anterior.

Adrian miró a Diana.

—Me dijiste que ocurrió aquella noche.

Ella retrocedió.

—Los médicos pueden equivocarse.

—¿Cuánto?

—Adrian…

Él abrió la segunda página.

Entonces dejó de respirar.

Había fotografías de Diana entrando repetidamente en un hotel.

Siempre con el mismo hombre.

Adrian reconoció el rostro.

—No puede ser.

Era Thomas Whitmore.

Su primo.

Diana empezó a temblar.

—Déjame explicarlo.

Adrian levantó la mirada.

—¿El bebé es mío?

Silencio.

Esa fue la respuesta.

Durante días había destruido nuestro compromiso para “hacerse responsable” de un hijo que probablemente ni siquiera era suyo.

Me miró desesperado.

—Claire…

Nathan tomó mi mano.

Adrian entendió finalmente.

Ya no existía ningún mañana en el Registro Civil.

Ninguna segunda oportunidad.

Ninguna novia esperándolo.

—Anula el matrimonio —dijo—. Podemos arreglarlo.

Sonreí.

—¿Recuerdas lo que me dijiste?

Él permaneció callado.

—“Si no puedes aceptar esto, quizá nuestro matrimonio no deba continuar.”

Abrí la puerta.

—Tenías razón.

Adrian quedó en medio de un apartamento casi vacío, junto a una mujer cuyo hijo quizá no era suyo.

Yo salí con Nathan.

Y por primera vez desde que acepté aquel anillo comprendí algo muy sencillo:

Adrian creyó que podía elegirme después de elegir a todos los demás.

Solo olvidó que yo también podía elegir.

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