Liu Yan fue la primera en reaccionar.
Sus ojos se iluminaron.
—Hermana Wen Jing, sabía que eras una mujer razonable.
Extendió la mano para tomar la mía.
La retiré antes de que pudiera tocarme.
—No confundas mi silencio con cariño.
Su sonrisa se endureció.
Cao Ban respiró con dificultad desde la cama.
—Wen Jing…
Lo miré.
Durante diez años había pensado que conocía cada expresión de aquel hombre.
Ahora comprendía que no.
—¿Qué?
—Gracias.
Una palabra.
Solo una.
Después de diez años juntos, me daba las gracias por permitirle entregarle nuestro patrimonio a otra mujer.
Sentí ganas de reír.
—No tienes que agradecerme nada.
El abogado colocó delante de mí la declaración correspondiente.
—Señora Wen, necesitamos su firma.
Tomé el bolígrafo.
Zhao Lan me observaba con incredulidad.
Cao Bang entrecerró los ojos.
Era el único de aquella habitación que parecía desconfiar de mi tranquilidad.
—Cuñada —dijo—, ¿estás segura?
Lo miré.
—Completamente.
Firmé.
Wen Jing.
Dos palabras escritas con absoluta firmeza.
Liu Yan soltó discretamente el aire que había estado conteniendo.
Cao Ban cerró los ojos.
Parecía satisfecho.
Como si hubiera ganado.
Como si hubiera organizado perfectamente mi derrota antes de abandonar este mundo.
Media hora después, el monitor comenzó a emitir una alarma.
Los médicos entraron corriendo.
Las enfermeras hicieron salir a todos.
Yo permanecí junto a la puerta.
No lloré.
Veintisiete minutos más tarde, el médico salió.
—Lo sentimos.
Zhao Lan lanzó un grito desgarrador.
Liu Yan se cubrió el rostro.
Pero mientras lloraba, una de sus manos seguía aferrada al expediente donde estaba el acuerdo de donación.
Lo vi.
Y supe que había llegado el momento.
Tres días después enterramos a Cao Ban.
En cuanto terminó el funeral, Liu Yan se acercó a mí.
—Hermana Wen Jing.
Ya empezaba a odiar aquella forma de llamarme.
—¿Qué quieres?
Acarició su vientre.
—Como los niños nacerán pronto, quiero resolver cuanto antes lo de las propiedades.
—Entonces hazlo.
Pareció sorprendida.
—¿No vendrás conmigo?
—¿Quieres que vaya?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Después de todo, eres… eras su esposa. Me sentiría más tranquila si estuvieras presente.
Entendí perfectamente.
No quería mi compañía.
Quería verme contemplar cómo las quince propiedades pasaban oficialmente a su nombre.
—De acuerdo.
A la mañana siguiente fuimos juntas a la Oficina de Registro de la Propiedad.
Liu Yan llevaba gafas de sol, un vestido caro y un bolso que probablemente costaba más que el salario anual de muchos empleados de Cao Ban.
Mientras esperábamos nuestro turno, abrió una aplicación inmobiliaria.
—Estoy pensando vender cinco.
—¿Tan pronto?
—Criar tres hijos cuesta mucho.
Deslizó el dedo por la pantalla.
—Quizá venda las propiedades antiguas y conserve las que están en mejores zonas.
La miré.
—Parece que ya lo tienes todo pensado.
Sonrió.
—El director Cao quería que viviéramos bien.
Nuestro número apareció en la pantalla.
Nos acercamos al mostrador.
Liu Yan entregó los documentos.
—Quiero tramitar la transferencia de estas quince propiedades.
El empleado revisó el expediente.
Tecleó algo.
Su expresión cambió.
Volvió a comprobar.
Luego levantó la vista.
—Señorita, ¿estas son todas las propiedades?
—Sí.
—Hay un problema.
La sonrisa de Liu Yan desapareció.
—¿Qué problema?
El empleado giró ligeramente el monitor.
—Estas quince propiedades dejaron de estar registradas a nombre del señor Cao Ban hace tres meses.
Silencio.
Liu Yan no reaccionó.
Parecía no haber entendido las palabras.
—¿Qué acaba de decir?
—El señor Cao Ban ya no figuraba como titular cuando se firmó este documento.
—¡Imposible!
Sacó el acuerdo de donación.
—¡Mire esto! ¡Él me las regaló!
—Entiendo.
El empleado habló con paciencia.
—Pero este documento no cambia el hecho de que, según los registros disponibles, esas propiedades ya no estaban a su nombre.
Liu Yan palideció.
—¿A nombre de quién están?
El empleado negó con la cabeza.
—No puedo proporcionarle datos de terceros sin la autorización correspondiente.
Entonces ella giró lentamente la cabeza.
Me miró.
Yo seguía sentada a su lado.
Tranquila.
—Wen Jing…
—¿Sí?
—Tú sabías esto.
No era una pregunta.
Sonreí.
—Claro.
Su rostro se deformó.
—¿Qué hiciste?
—Nada aquí.
Me levanté.
—Vamos a casa y te lo explicaré.
Una hora después, Zhao Lan y Cao Bang estaban sentados frente a mí.
Liu Yan había llamado a ambos desde el coche.
Mi suegra golpeó la mesa.
—¡¿Dónde están las propiedades?!
Serví tranquilamente una taza de té.
—Qué pregunta tan interesante.
—¡No juegues conmigo!
—Hace tres meses descubrí la relación entre Cao Ban y Liu Yan.
La habitación quedó en silencio.
Miré a Liu Yan.
—También descubrí que mi esposo llevaba tiempo reorganizando sus finanzas.
Cao Bang frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que estaba preparando su salida.
Abrí una carpeta.
—Las inversiones habían salido mal. La empresa acumulaba deudas y, al mismo tiempo, él quería asegurarse de que los activos más valiosos terminaran donde él quería.
Zhao Lan señaló a Liu Yan.
—¿Con ella?
—Exactamente.
Liu Yan se defendió inmediatamente.
—¡El director Cao me amaba!
—Quizá.
La miré.
—Pero también subestimaba a su esposa.
Saqué varios documentos.
Durante diez años yo había participado en la construcción de aquel patrimonio.
Conocía los contratos.
Las adquisiciones.
Las hipotecas.
Las empresas.
Y, sobre todo, conocía el origen de muchas de aquellas propiedades.
Cuando descubrí lo que Cao Ban estaba preparando, dejé de actuar como esposa confiada.
Busqué asesoramiento profesional.
Revisé cada documento relacionado con nuestros bienes.
Y protegí legalmente aquello sobre lo que yo tenía derechos antes de que él pudiera disponer unilateralmente de todo.
Cao Bang tomó uno de los papeles.
Sus ojos recorrieron las páginas.
Luego levantó la cabeza.
—¿Mi hermano sabía esto?
—Sabía que estaba revisando nuestras finanzas.
—No pregunté eso.
Su voz se volvió grave.
—¿Sabía que las propiedades ya no podían entregarse de la manera que pretendía?
Sonreí.
—No.
Liu Yan se puso de pie.
—¡Lo engañaste!
La miré con frialdad.
—¿Yo?
Señalé su vientre.
—Estabas esperando hijos de mi esposo mientras entrabas en mi vida fingiendo ser únicamente su secretaria.
Luego señalé los documentos.
—Él intentó dejarme una empresa cargada de problemas mientras te entregaba los activos que creía más seguros.
Hice una pausa.
—Y ahora resulta que la engañadora soy yo.
Liu Yan apretó los labios.
Zhao Lan intervino:
—¡Pero firmaste! ¡Dijiste que te marcharías sin un centavo!
—Y cumpliré lo que firmé dentro de los límites legales que correspondan.
—Entonces entrega las casas.
Negué.
—No puedes renunciar a favor de alguien a algo que no forma parte de aquello que esa persona pretende recibir de esa manera.
El rostro de Zhao Lan perdió el color.
—Entonces… ¿el documento de Cao Ban…?
Miré el acuerdo de donación que Liu Yan todavía sujetaba.
—Respecto a esas quince propiedades, pueden llevárselo a los profesionales que quieran y revisar exactamente qué efectos tiene.
Liu Yan comenzó a temblar.
—Voy a demandarte.
—Hazlo.
—¡Voy a recuperar cada casa!
—Inténtalo.
Mi tranquilidad la enfureció todavía más.
Pero entonces Cao Bang hizo una pregunta diferente.
—¿Y las deudas?
Todos callaron.
Lo miré.
Por fin alguien había llegado al verdadero problema.
—También las estoy revisando.
—Mi hermano te dejó las acciones de la empresa.
—Sí.
—Entonces las deudas…
—No voy a asumir ciegamente nada solo porque Cao Ban decidió escribir mi nombre en un papel.
Los ojos de Cao Bang se abrieron.
De repente lo entendió.
Mientras todos peleaban por las quince propiedades, yo llevaba tres meses estudiando la estructura completa del patrimonio.
Cao Ban había pensado que podía entregarme lo malo y reservar lo bueno para Liu Yan.
Pero yo ya había dejado de jugar según el guion que él había escrito.
Zhao Lan se desplomó sobre el sofá.
—Mi hijo murió y tú todavía calculas estas cosas…
La miré.
—Su hijo comenzó a calcularlas antes de morir.
No tuvo respuesta.
Liu Yan salió dando un portazo.
Durante las semanas siguientes cumplió su amenaza.
Buscó abogados.
Presentó reclamaciones.
Exigió documentos.
Intentó demostrar que Cao Ban podía disponer de aquellas propiedades.
Todo tuvo que revisarse mediante los procedimientos correspondientes.
Pero su fantasía de entrar en una oficina con quince casas y salir convertida en propietaria se desmoronó aquella primera mañana.
Entonces apareció un segundo problema.
Los trillizos.
Zhao Lan, que inicialmente los había llamado “la sangre de la familia Cao”, comenzó a exigir certezas antes de discutir cualquier otra cuestión patrimonial.
Liu Yan se enfureció.
Hubo discusiones.
Acusaciones.
Amenazas.
Yo me mantuve fuera.
Aquella ya no era mi guerra.
Meses después, volví a ver a Liu Yan.
Estaba esperando frente al edificio donde trabajaban mis abogados.
Parecía agotada.
—Wen Jing.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
—¿Sabías desde el hospital que las casas no serían mías?
—Sí.
—Entonces cuando firmaste…
—Ya sabía lo que estaba firmando.
Sus ojos se llenaron de odio.
—Te burlaste de mí.
Negué.
—No.
Me acerqué un poco.
—Simplemente dejé que celebraras demasiado pronto.
Ella apretó los dientes.
—Cao Ban me amaba.
La observé durante unos segundos.
—Puede ser.
Aquella respuesta la sorprendió.

—¿No vas a negarlo?
—No necesito hacerlo.
Miré el edificio detrás de ella.
—Si eso es lo que necesitas creer para seguir adelante, créelo.
Di un paso para marcharme.
Pero ella volvió a hablar.
—Entonces ¿por qué hiciste todo esto?
Me detuve.
Pensé en diez años.
En nuestra primera oficina diminuta.
En las noches trabajando juntos.
En la primera propiedad que compramos.
En las promesas.
En los sacrificios.
Y finalmente, en aquella habitación de hospital.
—Porque Cao Ban cometió un error.
—¿Cuál?
Me giré.
—Pensó que porque yo lo amaba, también era estúpida.
No dije nada más.
Me marché.
Tiempo después fui sola al cementerio.
Me detuve frente a la lápida de Cao Ban.
No llevé flores.
Durante varios minutos permanecí en silencio.
—Al final sí me fui con las manos vacías —murmuré.
El viento movió suavemente las ramas.
Sonreí.
Porque ahora comprendía lo que aquellas palabras significaban realmente.
No necesitaba llevarme nada de aquella habitación.
Ni su aprobación.
Ni sus disculpas.
Ni las migajas que había decidido dejarme después de diez años.
Él había muerto convencido de haberme derrotado.
Liu Yan había salido del hospital creyendo que poseía quince propiedades.
Su familia había pensado que yo era una esposa humillada demasiado débil para defenderse.
Todos cometieron el mismo error.
Confundieron mi silencio con rendición.
Miré por última vez el nombre de Cao Ban.
—Descansa.
Me di la vuelta.
—Yo ya no tengo nada que hacer aquí.
Caminé hacia la salida sin mirar atrás.
Y por primera vez en diez años sentí que mi vida volvía a pertenecerme.
Porque las quince casas nunca fueron mi verdadera victoria.
Mi victoria había ocurrido tres meses antes.
El día en que descubrí la traición, dejé de preguntarme cómo salvar mi matrimonio…
y empecé a salvarme a mí misma.