—No puede ser mío.
Eso fue lo que Aaron susurró.
La enfermera se acercó inmediatamente.
—Señor, entrégueme al bebé.
Pero Aaron no reaccionó.
Seguía observando a nuestro hijo como si hubiera encontrado algo aterrador en aquel rostro diminuto.
—Aaron —dije—. ¿Qué estás diciendo?
Finalmente entregó al bebé.
Después retrocedió.
—Necesito una prueba de ADN.
Sentí que acababa de golpearme.
—¿Después de cinco embarazos conmigo, me estás acusando de engañarte?
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Aaron miró a la enfermera.
—Quiero hablar con mi esposa a solas.
—No —respondí—. Lo dijiste delante de ella. Ahora dilo delante de ella.
Se pasó ambas manos por el cabello.
—Hace siete años me hice una prueba de fertilidad.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Después de nuestra primera hija. Mi padre insistió porque en mi familia existían antecedentes de problemas de fertilidad.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Los resultados dijeron que probablemente nunca podría tener hijos biológicos.
Durante unos segundos no comprendí.
Después miré hacia nuestro bebé.
Luego pensé en nuestras cuatro niñas.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé.
—Tenemos cinco hijos.
Aaron cerró los ojos.
—Eso es precisamente lo que no entiendo.
La enfermera dejó de moverse.
Mi cansancio desapareció.
—¿Estás diciendo que llevas siete años creyendo que nuestras hijas tampoco son tuyas?
Aaron abrió los ojos.
La respuesta estaba escrita en ellos.
Sentí náuseas.
—¿Por eso querías tanto un niño?
No respondió.
Entonces comprendí.
Nunca había sido simplemente el deseo de tener un hijo varón.
Aaron llevaba años buscando una prueba.
Algo que demostrara que aquel diagnóstico había sido incorrecto.
—Haz la prueba —dije.
—¿Qué?
—A los cinco niños.
Aaron palideció.
—No necesitamos—
—Sí. La necesitamos.
Dos días después, las muestras fueron tomadas.
La semana siguiente recibimos los resultados.
Aaron estaba sentado frente a mí cuando abrí el sobre.
Primera hija:
Paternidad compatible.
Segunda:
Compatible.
Tercera.
Cuarta.
Todas eran hijas biológicas de Aaron.
Sus manos comenzaron a temblar.
Abrí el último resultado.
Nuestro hijo también era suyo.
Aaron dejó caer la cabeza.
—Entonces el análisis de hace siete años estaba equivocado.
—Quizá.
Pero algo me molestaba.
—¿Dónde te hiciste aquella prueba?
Aaron mencionó una clínica privada perteneciente a su familia.
Entonces recordé algo.
Su padre había muerto seis meses antes.
Y pocos días antes de morir me había entregado una caja cerrada.
“Ábrela cuando Aaron finalmente tenga el hijo que tanto desea.”
Había creído que se trataba de alguna reliquia familiar.
La abrí aquella misma noche.
Dentro encontré informes médicos.
Y una carta.
Aaron leyó las primeras líneas y perdió el color.
Su padre había ordenado falsificar aquella prueba.
No porque Aaron fuera infértil.
Sino porque quería destruir nuestro matrimonio.
Había considerado que yo, una maestra sin apellido importante, nunca había sido adecuada para su hijo.
El plan era sencillo: hacer creer a Aaron que no podía tener hijos y esperar hasta que empezara a sospechar de mí.
Pero había algo peor.
Al final de la carta, su padre había escrito:
“Si estás leyendo esto, significa que fracasé. Tus cinco hijos siempre fueron tuyos. El problema nunca fue tu esposa, Aaron. Fuiste tú por permitir que una mentira te hiciera dudar de la mujer que te dio una familia.”
Aaron comenzó a llorar.
Intentó tomar mi mano.
La retiré.
—Durante siete años miraste a nuestras hijas preguntándote si eran tuyas.
—Nunca dejé de amarlas.
—Pero dudaste de mí.
No pudo negarlo.
Miré hacia la habitación donde dormían nuestros cinco hijos.

Aaron finalmente había conseguido el hijo que llevaba años deseando.
Pero aquel niño no había completado nuestra familia.
Solo había sacado a la luz la mentira que llevaba siete años destruyéndola.