Cynthia intentó una segunda vez.
Giró la llave con más fuerza.
Nada.
Volvió a intentarlo.
El cerrojo no se movió.
—¿Qué demonios…?
Golpeó la puerta con la palma de la mano.
—¡Douglas!
Segundos después, mi esposo apareció por el camino de entrada.
Traía la misma maleta de cuero que usaba para ir a la oficina.
Se acercó, tomó su propia llave y trató de abrir.
Tampoco funcionó.
Su expresión cambió de inmediato.
—Cora…
Abrí la puerta desde dentro.
No los invité a pasar.
Me limité a sostener el marco con una mano.
—Sus llaves dejaron de funcionar esta mañana.
Douglas respiró hondo.
—No puedes hacer esto.
—Claro que puedo.
—Esta también es mi casa.
Negué lentamente.
—No.
Saqué una carpeta transparente.
Dentro estaba la escritura original.
La abrí exactamente en la página donde aparecía el propietario.
Solo un nombre.
Cora Mitchell.
—Compré esta casa dos años antes de conocerte.
Cynthia soltó una risa burlona.
—Eso no importa. Están casados.
—Importa mucho.
Mi abogado ya presentó la solicitud de uso exclusivo de la vivienda mientras resolvemos el divorcio.
Douglas abrió mucho los ojos.
—¿Divorcio?
—¿Pensabas que después de ayer seguiríamos fingiendo que todo estaba bien?
El silencio cayó entre los tres.
Un camión apareció al final de la calle.
Llevaba el logotipo de Arrowhead Distribution.
Dos empleados descendieron con carpetas en las manos.
Douglas los reconoció enseguida.
—¿Kevin? ¿Laura?
Kevin evitó mirarlo.
—Buenos días, señora Mitchell.
Le entregó una caja.
Dentro estaban:
La computadora portátil de Douglas.
Su teléfono corporativo.
Las llaves del vehículo de la empresa.
Y una carta.
Douglas tomó el sobre con manos temblorosas.
Leyó apenas las primeras líneas.
Su acceso a todos los sistemas corporativos había sido cancelado.
También quedaba suspendido de sus funciones hasta nueva orden del consejo administrativo.
—¿El consejo aprobó esto?
Lo miré fijamente.
—Yo soy la presidenta del consejo.
Parecía haberlo olvidado.
Cynthia dio un paso hacia mí.
—¡Estás destruyendo la carrera de mi hijo!
—No.
Señalé la caja.
—Estoy recuperando mi empresa.
Ella apretó los puños.
—Él trabajó ahí durante años.
—Con un salario que yo pagaba.
Nadie respondió.
Cuando ambos se marcharon, cerré la puerta.
Pensé que por fin podría respirar.
Pero mi teléfono sonó.
Era mi contador.
Contesté de inmediato.
—¿Encontraste algo?
Su voz era mucho más seria de lo habitual.
—Sí.
—¿Qué pasó?
Hubo unos segundos de silencio.
—Mientras revisábamos los gastos corporativos relacionados con Douglas…
Hizo una pausa.
—Encontramos pagos que no cuadran.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿De cuánto dinero hablamos?
—Todavía no tenemos la cifra exacta.
Pero no parece un error administrativo.
Abrí lentamente mi computadora.
—Explícame.
—Durante los últimos dieciocho meses hubo transferencias periódicas a una empresa llamada Desert Horizon Consulting.
Fruncí el ceño.
Nunca había escuchado ese nombre.
—¿Quién es el propietario?
—Eso es lo extraño.
No aparece públicamente.
Pero el domicilio fiscal coincide con un apartamento en Tempe.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Cuánto dinero recibió?
Escuché cómo revisaba otro documento.
Después respondió.
—Más de cuatrocientos ochenta mil dólares.
Sentí que el aire desaparecía.
Aquello ya no tenía nada que ver con mi vestido.
Ni con las cerraduras.
Ni siquiera con el matrimonio.
Alguien había estado sacando dinero de mi empresa durante más de un año.
Y, unos minutos después, mi contador volvió a hablar.
—Cora…
—Sí.
—También encontramos quién firmó la autorización de todos esos pagos.
Miré la pantalla sin atreverme a respirar.
—¿Quién?
—Douglas.
Hizo una breve pausa.
—Pero hay algo aún peor…

La última transferencia fue realizada apenas dos días antes.
Y el dinero no terminó en esa empresa.
Terminó en una cuenta bancaria compartida con otra persona.