PARTE 2: La decisión que Ethan descubrió demasiado tarde

Ethan dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué significa eso?

No respondí enseguida.

Después de volver del hospital, había tenido horas para pensar qué decir.

Al final comprendí que no necesitaba herirlo.

Solo necesitaba marcharme.

—El embarazo terminó, Ethan.

Su rostro quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Ya no estoy embarazada.

Durante varios segundos pareció no entender.

Después miró mi vientre.

Luego las maletas.

—Olivia…

—No quiero discutirlo ahora.

—¿Por qué no me llamaste?

Aquella pregunta casi me hizo reír.

—Te escribí por una sandía y me dijiste que estabas cansado de que te molestara.

—¡Eso era una sandía!

—Exactamente.

Lo miré.

—Era algo pequeño. Y aun así no tenías paciencia para mí.

Su expresión cambió.

—¿Esto es por Mia?

—Esto es por nosotros.

Tomé la maleta.

Ethan bloqueó la puerta.

—No puedes irte así.

—Apártate.

Quizá fue mi tono.

Quizá vio algo diferente en mi rostro.

Pero finalmente se movió.

Antes de salir dejé mi anillo sobre la mesa.

—Olivia, espera.

No lo hice.

Me instalé temporalmente con mi hermana mayor, Claire.

Durante los días siguientes, Ethan llamó decenas de veces.

No contesté.

Mia también dejó mensajes.

“Señora Wells, creo que existe un malentendido.”

Los eliminé sin responder.

Yo no necesitaba competir con ella.

Dos semanas después contraté a una abogada.

Fue entonces cuando apareció la primera sorpresa.

—Hay algo extraño en las cuentas familiares —dijo la licenciada Morgan.

Me mostró varios movimientos.

Durante casi un año, Ethan había realizado pagos periódicos a una clínica privada.

—¿Tratamiento médico?

—Eso pensé.

Morgan deslizó otra página.

Beneficiaria: Mia Hayes.

Me quedé mirando el nombre.

Los pagos habían comenzado tres meses antes de que Mia supuestamente entrara a trabajar en la empresa.

—Ethan me dijo que la conoció cuando la contrataron.

—Entonces mintió.

Aquella tarde acepté finalmente verlo.

Nos encontramos en el despacho de Morgan.

Ethan parecía no haber dormido.

—¿Conocías a Mia antes de contratarla?

Su silencio respondió.

—¿Cuánto tiempo?

—Dos años.

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

—¿Era tu amante?

—No.

—Entonces explícame los pagos.

Ethan miró a Morgan.

—Esto es privado.

—Estamos hablando de dinero de nuestro matrimonio —respondí—. Habla.

Finalmente se sentó.

—Mia tiene una enfermedad crónica. Su familia no podía pagar algunas consultas. Yo ayudé.

—¿Por qué?

Ethan apretó las manos.

—Porque se lo debía a su hermano.

Aquello no esperaba escucharlo.

—¿Qué hermano?

—Nathan Hayes.

El nombre me resultaba familiar.

Entonces recordé una fotografía antigua en el despacho de Ethan.

Dos jóvenes universitarios.

Uno era él.

—Nathan murió hace cinco años —continuó Ethan—. Antes de morir me pidió que cuidara de Mia.

—¿Y eso incluye llamarla “mi pequeña secretaria”?

Ethan cerró los ojos.

—No.

Por primera vez pareció avergonzado.

—Eso fue mío. Crucé límites que no debía cruzar, aunque no hubiera una relación física.

No discutí.

Ya no cambiaba nada.

—Quiero el divorcio.

Ethan levantó la cabeza.

—Liv…

—No.

Morgan colocó los documentos delante de él.

—Puede revisarlos con su abogado.

Me levanté.

Pero Ethan dijo algo antes de que llegara a la puerta.

—Hay algo que debes saber sobre tu tratamiento de fertilidad.

Me detuve.

—¿Qué?

—Encontré irregularidades hace tres días.

Me giré.

Ethan sacó un sobre.

—Después de que te marchaste llamé a tu antigua clínica porque quería entender qué había pasado.

—¿Y?

—Nuestro expediente decía que llevábamos casi dos años intentando concebir antes de iniciar tratamiento.

—Eso es correcto.

—No.

Sacó unos resultados.

—Mis análisis originales eran normales.

—Siempre lo fueron.

—Los tuyos también.

Fruncí el ceño.

—¿Qué intentas decir?

—Que, según el especialista que revisó el expediente, algunas de las dificultades que nos explicaron no coinciden con los resultados originales.

Morgan intervino inmediatamente.

—No saquemos conclusiones médicas sin una revisión independiente.

—Por eso traje copias —dijo Ethan.

Había solicitado una auditoría del expediente.

Y alguien había accedido repetidamente a mis registros.

Una misma cuenta administrativa.

M. Hayes.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Mia?

—Ella dice que no.

Ethan deslizó la última hoja.

La cuenta había sido creada mucho antes de que Mia trabajara para él.

El nombre completo asociado era:

Margaret Hayes.

La madre de Mia.

Y debajo aparecía una autorización para consultar mis registros médicos.

Supuestamente firmada por mí.

—Esa no es mi firma.

Morgan tomó inmediatamente el documento.

—Entonces no tocaremos los originales y pediremos que se preserve todo.

Pero yo apenas la escuchaba.

Había una fotografía adjunta al antiguo expediente.

Mostraba a Margaret Hayes entrando en la clínica junto a otra mujer.

Reconocí a esa mujer inmediatamente.

Era mi suegra.

La madre de Ethan.

La fecha era de tres años atrás.

Mucho antes de que Mia apareciera públicamente en nuestras vidas.

En el reverso de la copia había una anotación administrativa:

“Familia Wells solicita mantener a Olivia fuera de cualquier decisión relacionada con el expediente.”

Levanté la mirada hacia Ethan.

Él estaba tan pálido como yo.

De pronto, Mia dejó de parecer el comienzo de la destrucción de nuestro matrimonio.

Alguien llevaba años interviniendo en nuestra vida.

Y las dos madres parecían saber exactamente por qué.

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