Lydia no repitió la pregunta.
Reconoció mi silencio antes que mis palabras.
—Quédate donde estás —dijo con calma—. No vuelvas a casa hasta que hablemos.
Miré el volante durante unos segundos.
—Ya estuve allí.
—¿Tocaste algo?
—Solo fotografié documentos.
—Perfecto. No vuelvas a hacerlo. Desde este momento, todo lo que encuentres debe conservarse exactamente como está.
Conduje hasta su despacho.
Dos horas después, las fotografías del aeropuerto, los registros VIP y las imágenes de las tarjetas del hotel estaban organizadas sobre la mesa de reuniones.
Lydia pasó una hoja tras otra.
—Diecisiete accesos VIP en seis meses.
Levantó la vista.
—¿Cuántos viajes de negocios conocías?
—Cuatro.
—Entonces hay trece desplazamientos que nunca te contó.
Sacó una libreta.
—Necesito saber una cosa.
—¿Cuál?
—¿Las acciones de la empresa hotelera siguen a nombre de tu familia?
Asentí.
—Mi padre conserva el control.
Ella respiró despacio.
—Eso explica muchas cosas.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Giró la pantalla de su computadora.
Vanesa Reed no era solo consultora de marketing.
Durante el último año había firmado contratos de imagen con tres cadenas hoteleras competidoras de la nuestra.
Y todas las reuniones coincidían exactamente con las fechas en que Daniel decía estar en Singapur, Londres o Dubái.
—Esto ya no parece únicamente una infidelidad —dijo Lydia—. Parece un conflicto empresarial.
Sentí un escalofrío.
Mi teléfono vibró.
Era Daniel.
Videollamada desde un supuesto hotel en Singapur.
Respiré hondo y contesté.
La cámara mostraba una habitación elegante.
Él sonrió.
—Acabo de terminar las reuniones.
Detrás de él sonaba una sirena.
Lydia levantó discretamente el volumen de la computadora.
Abrió una transmisión en directo del centro de Chicago.
La misma sirena.
El mismo sonido.
A la misma hora.
Daniel seguía hablando.
—Mañana vuelo a Kuala Lumpur.
Yo solo respondí:
—Qué bueno.
Colgó satisfecho.
Lydia guardó el video.
—Acaba de mentir sobre su ubicación mientras estaba dentro de la misma ciudad.
Antes de que pudiera responder, recibí otro mensaje.
No tenía nombre.
Solo un número desconocido.
“Deja de revisar los registros del aeropuerto.”
Mi respiración se detuvo.
Había una segunda línea.
“Vanesa no es el mayor problema.”
Lydia leyó el mensaje conmigo.
—No respondas.
Un minuto después llegó otro.
Esta vez incluía una fotografía.
Era Daniel.
Pero no estaba con Vanesa.
Estaba sentado frente a mi padre.
Los dos estrechaban la mano sobre una carpeta con el logotipo de nuestra empresa familiar.
La imagen llevaba fecha de ocho meses atrás.
Mucho antes de que yo sospechara de la primera mentira.
Debajo solo aparecía una frase.
“Empieza por preguntarle a tu padre por qué permitió diecisiete viajes.”
Me quedé inmóvil.
Porque mi padre me había jurado que apenas veía a Daniel fuera de las reuniones familiares.
Y, sin embargo…
Aquella fotografía demostraba que ambos llevaban meses reuniéndose a mis espaldas.
Mientras intentaba comprender qué significaba todo aquello, Lydia recibió una notificación en su computadora.

Alguien acababa de acceder al sistema interno de la empresa hotelera utilizando la cuenta de mi padre.
Y la primera información que había consultado no eran contratos.
Ni cuentas bancarias.
Era el registro completo de todos mis movimientos de los últimos seis meses.