Graham permaneció inmóvil.
—¿Perdón?
El doctor Evan Mercer sostuvo el expediente con firmeza.
—Necesito hablar con mi paciente a solas.
—Soy su esposo.
—Y ella acaba de denunciar una agresión ocurrida dentro de su familia.
El tono del médico no admitía discusión.
—Ahora salga.
Por primera vez desde que llegaron al hospital, Graham obedeció sin decir una palabra.
La puerta se cerró.
El doctor esperó unos segundos antes de girar nuevamente hacia Nora.
—¿Él puede escuchar desde afuera?
Ella negó con la cabeza.
Entonces Mercer colocó las radiografías sobre la pantalla iluminada.
Nora levantó la vista.
Incluso sin ser médica comprendió que algo no estaba bien.
Varias líneas blancas atravesaban el costado izquierdo de su caja torácica.
—Tiene cuatro costillas fracturadas.
El aire abandonó lentamente sus pulmones.
—¿Cuatro?
—La sexta, séptima, octava y novena.
Señaló otra imagen.
—Además hay una pequeña contusión pulmonar. Por eso le cuesta respirar.
Nora cerró los ojos.
Había pensado que solo eran golpes.
No imaginó que cada respiración estuviera rozando huesos rotos.
Pero el doctor aún no había terminado.
Cambió la tomografía.
Su expresión se volvió todavía más seria.
—Hay otra cosa.
Nora sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué ocurre?
Mercer acercó la silla.
—Estas lesiones no coinciden completamente con una caída accidental.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El médico señaló una zona entre los omóplatos.
—¿Recuerda exactamente cómo cayó?
—Mi suegra me empujó.
—¿Con una mano?
—Sí.
—Eso explica esta marca.
Tocó la pantalla.
La huella rojiza que la enfermera había fotografiado aparecía perfectamente delimitada.
—Es una lesión por presión directa.
Después señaló las fracturas.
—Pero estas…
Hizo una pausa.
—No fueron causadas únicamente por los escalones.
Nora sintió que el corazón se aceleraba.
—No entiendo.
—Alguien la golpeó o la comprimió con mucha fuerza cuando ya estaba en el suelo.
El silencio inundó la habitación.
Las imágenes parecían borrosas.
Recordó el impacto.
El dolor.
Los gritos.
Y entonces…
Un recuerdo que hasta ese momento permanecía enterrado.
Mientras intentaba incorporarse al pie de las escaleras…
Alguien había bajado corriendo.
No para ayudarla.
Sintió una rodilla apoyarse brutalmente sobre su costado.
Una voz masculina muy cerca de su oído.
“Quédate quieta.”
Abrió los ojos de golpe.
—No…
El doctor la observó atentamente.
—¿Qué recordó?
Nora comenzó a temblar.
—Después de caer…
Alguien me presionó las costillas.
Mercer no dijo nada.
Esperó.
—Creí que era por el dolor.
Pero ahora…
Se llevó una mano a la boca.
—Fue Graham.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Él no intentaba ayudarla a levantarse.
La había inmovilizado.
El médico respiró hondo.
—Eso explicaría perfectamente este patrón de lesiones.
En ese instante llamaron a la puerta.
Una enfermera entró con expresión preocupada.
—Doctor…
Acaba de llegar la policía.
Dicen que la familia de la paciente también está aquí.
Mercer frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—Su esposo…
Y una mujer que insiste en verla inmediatamente.
Dice llamarse Judith.
Nora sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

La enfermera tragó saliva antes de añadir:
—Trajo flores…
Y un documento para que usted firme antes de presentar la denuncia.