PARTE 2: LAS CICATRICES QUE NADIE PUDO NEGAR

El silencio cayó sobre la sala como una losa.

Rodrigo dejó de sonreír.

Su abogado giró lentamente hacia él.

—¿Qué investigación? —preguntó la jueza Salinas.

Mariana respiró despacio.

Con manos firmes comenzó a desabrochar el abrigo negro que había llevado puesto desde que entró al juzgado.

Lo dejó sobre la silla.

Luego se arremangó lentamente la manga izquierda.

Un murmullo recorrió la sala.

Sobre su antebrazo podían verse varias cicatrices antiguas.

No eran recientes.

Pero tampoco eran accidentales.

—Estas lesiones fueron documentadas por médicos forenses hace dieciocho meses —dijo con serenidad—. Forman parte de una carpeta de investigación que permanece abierta.

Rodrigo golpeó la mesa.

—¡Eso no demuestra nada!

Mariana lo miró sin alterarse.

—No.

Por sí solas, no.

Sacó otra carpeta con sellos oficiales.

—Pero esto sí.

La jueza revisó la portada.

Era documentación emitida por la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México.

El abogado de Rodrigo comenzó a inquietarse.

—Su Señoría, desconocemos ese expediente…

—Lo sé —respondió Mariana—. Porque durante más de un año la investigación fue reservada.

Todos dirigieron la mirada hacia el hombre de camisa blanca sentado al fondo.

Él se levantó lentamente.

Mostró su identificación.

—Fiscalía General de Justicia.

Agente investigador Javier Medina.

La tensión se volvió insoportable.

Doña Rebeca llevó una mano al pecho.

—Esto es un abuso…

El agente respondió con calma.

—No, señora.

Es una investigación judicial.

Mariana continuó.

—Durante años me llamaron exagerada.

Loca.

Manipuladora.

Incluso dijeron que yo misma me provocaba las lesiones.

Miró directamente a Rodrigo.

—Por eso dejé de discutir.

Y empecé a documentarlo todo.

Sacó una memoria USB.

—Durante dieciocho meses entregué evidencia de manera periódica.

Fotografías.

Informes médicos.

Mensajes.

Registros financieros.

Y copias de conversaciones.

El abogado de Rodrigo se levantó de inmediato.

—Objeción. Todo eso debe ventilarse en la vía correspondiente.

La jueza asintió.

—Así será.

Pero también debo valorar la credibilidad de quienes declaran en este procedimiento.

Y hasta este momento, el señor Aranda ya ha incurrido en contradicciones relevantes.

Rodrigo tragó saliva.

Era la primera vez que su seguridad desaparecía.

Mariana abrió la última carpeta.

—Señor Aranda…

¿Reconoce esta empresa?

Rodrigo apenas miró el documento.

Su rostro cambió de inmediato.

Era una sociedad mercantil.

Constituida tres años antes.

A nombre de un prestanombres.

—No sé de qué habla.

Mariana sonrió por primera vez.

—Curioso.

Porque usted aparece autorizando pagos desde esa cuenta.

Doña Rebeca intervino apresuradamente.

—Eso no tiene nada que ver con este divorcio.

Mariana giró hacia ella.

—Tiene mucho que ver.

Porque desde esa empresa salían los pagos que ustedes hacían pasar por donaciones familiares.

El agente Medina tomó la palabra.

—Esa sociedad forma parte de otra línea de investigación por posibles operaciones con recursos de procedencia ilícita.

La sala quedó completamente inmóvil.

El abogado de Rodrigo cerró lentamente su carpeta.

Ya no formuló ninguna objeción.

Mariana volvió a mirar a la jueza.

—Durante años pensé que solo quería destruirme.

Pero cuando empecé a revisar documentos descubrí que el silencio que intentaban comprar no era únicamente sobre lo que ocurría dentro de mi casa.

Era sobre el dinero.

Sobre las empresas.

Y sobre las personas que aparecían firmando operaciones que jamás habían autorizado.

Rodrigo se levantó bruscamente.

—¡No voy a seguir escuchando esta locura!

El agente Medina dio un paso al frente.

—Le recomiendo permanecer sentado.

Rodrigo se quedó inmóvil.

La jueza golpeó suavemente con el mazo.

—Orden en la sala.

Mariana tomó el vaso de agua por primera vez.

Bebió un pequeño sorbo.

Luego habló con una tranquilidad que resultaba mucho más inquietante que cualquier grito.

—Señoría…

Yo no vine hoy esperando que este juzgado resolviera una investigación penal.

Vine únicamente para divorciarme.

Pero el señor Aranda decidió volver a mentir bajo protesta de decir verdad.

Y esas mentiras obligaban a mostrar una parte de la evidencia.

Miró fijamente a Rodrigo.

—Solo una parte.

Rodrigo sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir?

Mariana sostuvo su mirada durante varios segundos.

—Que la carpeta que traje hoy no es la completa.

El agente Medina confirmó con un leve movimiento de cabeza.

—El resto permanece bajo resguardo de la Fiscalía.

Y contiene información que aún no ha sido presentada públicamente.

Doña Rebeca perdió el color.

—¿Qué información?

Mariana cerró lentamente la carpeta roja.

—La suficiente para explicar por qué, hace seis meses, varias cuentas vinculadas a la familia Aranda fueron congeladas de manera confidencial…

Hizo una pausa.

Y añadió la frase que dejó a Rodrigo completamente inmóvil:

—…y por qué el próximo nombre citado por la Fiscalía ya no será el mío, sino el de la persona que durante años creyó que nunca tendría que responder ante un juez.

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