PARTE 2: El dinero sí había salido de la cuenta

—Señora Kowalska, esta es la última vez que la llamo —dijo una voz masculina por el altavoz—. Si mañana no paga los dos meses atrasados, iniciaré el procedimiento para recuperar el apartamento.

Teresa cerró los ojos.

—Señor Nowak, por favor. Me deben tres meses de sueldo. Hoy me prometieron…

—Eso mismo me dijo la semana pasada.

Marysia apretó la mano de su madre.

Aleksander tomó el teléfono.

—Soy Aleksander Milewski. Teresa recibirá hoy todo lo que se le debe. Envíeme la cantidad pendiente.

El hombre guardó silencio.

—¿El señor Milewski?

—Sí.

Después de terminar la llamada, Aleksander miró a Teresa.

—¿Hay más empleados sin cobrar?

Ella dudó.

Desde la cocina apareció una mujer mayor.

—Seis, señor.

Después salió un jardinero.

—Ocho, contando al personal exterior.

Aleksander sacó su teléfono.

—Llamen a Piotr Zieliński. Ahora.

Piotr era el contador que gestionaba los gastos domésticos desde hacía siete años.

Llegó cuarenta minutos después con una laptop y el rostro confundido.

Aleksander no le ofreció asiento.

—Quiero saber por qué ocho personas llevan tres meses sin cobrar.

Piotr frunció el ceño.

—Eso es imposible.

—Compruébelo.

Abrió el sistema financiero.

Tecleó durante unos segundos.

Después dejó de hacerlo.

—Señor Milewski…

—Hable.

—Los salarios fueron transferidos.

Teresa levantó la cabeza.

—Yo no recibí nada.

Piotr giró la pantalla.

Cada mes aparecía registrado como pagado.

Teresa Kowalska.

Pagado.

Jadwiga Lewandowska.

Pagado.

Marek Pawlak.

Pagado.

Todos.

—¿A qué cuentas? —preguntó Aleksander.

Piotr abrió el detalle.

Su rostro perdió el color.

Los ocho pagos habían sido redirigidos a solamente dos cuentas bancarias.

—¿Quién puede modificar las cuentas de los empleados?

—Yo. Usted. Y el administrador de la casa.

—Ernest.

—Sí.

Aleksander llamó inmediatamente.

Ernest no contestó.

Una segunda llamada.

Nada.

A la tercera, su teléfono ya estaba apagado.

Marysia observaba desde junto a su madre.

—Entonces mi mamá decía la verdad.

Aleksander la miró.

Aquella frase le dolió más de lo esperado.

—Sí.

—¿Y usted no sabía nada?

—No.

Marysia pensó unos segundos.

—Entonces alguien también le estaba mintiendo a usted.

Antes de que Aleksander pudiera responder, se abrió la puerta principal.

Katarzyna, su esposa, entró acompañada de su asistente.

Llevaba un abrigo claro y varias bolsas de una boutique.

Al ver tanta gente reunida, se detuvo.

—¿Qué ocurre?

Aleksander señaló la pantalla.

—Han desaparecido los salarios del personal.

Durante apenas un instante, Katarzyna miró a Piotr.

Fue un gesto mínimo.

Pero Aleksander lo vio.

—¿Dónde está Ernest? —preguntó ella.

—Eso mismo quiero saber.

Katarzyna dejó las bolsas.

—Seguramente habrá cometido algún error.

Piotr intervino.

—No parece un error.

Mostró las cuentas receptoras.

—Las modificaciones fueron autorizadas con credenciales administrativas.

Aleksander miró a su esposa.

—¿Tú tienes esas credenciales?

—Por supuesto que no.

Piotr bajó lentamente la vista.

—Señora Milewska… usted solicitó acceso hace cinco meses.

El vestíbulo quedó en silencio.

—Para revisar gastos de la casa —respondió ella inmediatamente.

—Entonces revisaremos también su actividad.

Katarzyna se tensó.

—Aleksander, ¿vas a interrogarme delante del servicio?

Aquella palabra hizo que Teresa bajara la mirada.

Aleksander cerró la laptop.

—No. Voy a contratar una auditoría independiente.

Por primera vez, Katarzyna pareció asustada.

Aquella misma tarde, Aleksander pagó directamente los salarios atrasados.

Teresa recibió también dinero suficiente para regularizar el alquiler.

Pero Marysia no sonrió.

Antes de marcharse, se acercó a Aleksander.

—Señor…

Sacó de su mochila un sobre doblado.

—Encontré esto hace dos semanas debajo del asiento del coche de la señora Katarzyna. Mamá me dijo que no tocara las cosas de los demás, así que iba a devolverlo.

Aleksander abrió el sobre.

Dentro había extractos bancarios.

No eran de las cuentas domésticas.

Eran de una sociedad llamada Vistula Heritage Foundation.

Reconoció inmediatamente el nombre.

Él había creado aquella fundación para financiar tratamientos médicos y becas infantiles.

Pasó a la última página.

Había transferencias por cantidades enormes hacia empresas que no reconocía.

Todas autorizadas electrónicamente desde su propia cuenta.

—Piotr.

El contador se acercó.

—¿Has visto esto?

Piotr leyó una línea y palideció.

—Señor Milewski… estas transferencias llevan casi dos años realizándose.

Aleksander sintió un frío repentino.

—Yo nunca las autoricé.

Piotr levantó la vista.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor que ocho salarios.

Katarzyna apareció al final del pasillo.

Ya no llevaba el abrigo.

Tampoco parecía sorprendida.

Solo miraba el sobre en las manos de su marido.

Aleksander comprendió demasiado tarde que ella sabía exactamente qué contenía.

—Katarzyna —dijo—. ¿Qué has hecho?

Su esposa no respondió.

Marysia tiró suavemente de la manga de Aleksander.

—Señor…

Él bajó la mirada.

La niña señaló uno de los documentos.

—Ese hombre estuvo aquí ayer.

Aleksander observó el nombre del beneficiario principal.

Y dejó de respirar.

Porque aquel hombre llevaba oficialmente muerto más de diez años.

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